Cristiano y discípulo

Pablo Garrido Sánchezjunio 26, 202261 min

Un cristiano es alguien que sigue a JESUCRISTO. Los evangelios de forma especial, y todos los escritos del Nuevo Testamento forman la fuente principal del conocimiento de la persona de JESÚS y su enseñanza. JESÚS de Nazaret es un MAESTRO muy especial pues no sólo revela cosas sobre la Sabiduría, los planes de DIOS o los mejores principios éticos y morales; sino que nos da razón de nuestra propia identidad originaria y sobre el destino eterno pensado por DIOS para cada uno de nosotros en particular y de la humanidad en su conjunto. JESÚS de Nazaret puede dar razón cumplida a las dos cuestiones últimas, porque ÉL es DIOS. Sigue escandalizando que el hombre JESÚS de Nazaret es el HIJO de DIOS, o la Segunda Persona de la Santísima TRINIDAD, pero los cristianos no podemos callar esta verdad fundante ni por un momento. La Palabra de JESÚS está cargada de “poder y autoridad” para moldear lo que somos según el diseño previsto por DIOS singularizado a cada uno de sus hijos. La vida humana debe ser crecimiento y transformación bajo la presencia incesante de la Gracia. Recordamos de nuevo un texto de la liturgia de hace quince días: “la tribulación genera paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza; y la esperanza no defrauda porque el Amor de DIOS ha sido derramado en nuestros corazones por el ESPÍRITU SANTO, que nos ha sido dado” (Cf. Rm 5,3-5). Desgraciadamente no es posible el acceso a las cosas de DIOS en un estado de permanente confort, como se pretende en muchos casos. La tribulación está presente, la barca en la que navegamos lo hace por un mar que parece no conocer los tiempos de bonanza; y sin embargo a nosotros se nos pide calma y sosiego para cultivar la paciencia. La paciencia convierte a la persona en vigilante activo, que realiza sus tareas en medio de dificultades necesarias para la superación personal. La Gracia va acompañando al discípulo en cada instante formándolo desde dentro. La “virtud probada” se acredita a sí misma, porque aparece como resultado del ejercicio realizado con la ayuda de la Gracia. No se priva al discípulo de la colaboración personal, aunque las carencias sean permanentes. A lo largo de la vida el discípulo de JESÚS vive distintas efusiones del Amor de DIOS, que lo impulsan hacia delante y esclarecen el propio origen: imagen y semejanza de DIOS, o hijo de DIOS en el único HIJO, JESUCRISTO. Este conocimiento y verdad es infinitamente más que una lección de sabiduría. Nada puede comparase a la conciencia de pertenencia a la estirpe de DIOS en JESUCRISTO. La Escritura lo afirma y la Gracia o don del ESPÍRITU SANTO lo confirma interiormente como el eco cierto  de la experiencia fundante tenida cuando DIOS mismo nos llamó a la existencia para nacer en este  mundo. La Esperanza que se fundamenta en ese acto de Amor de DIOS no defrauda, pues vive en la certeza de la verdad de DIOS mismo. La Esperanza que no defrauda nos mantiene vigilantes y dinámicos hacia la casa del PADRE mientras completamos la propia estatura de CRISTO en nosotros (Cf. Ef 4,13).

 

¿Quién soy?

Cuando JESUCRISTO desaparece del horizonte de la vida del hombre, la respuesta a la pregunta por la propia identidad se devalúa de forma inevitable. Si respondemos mal a la cuestión fundamental de “quién es JESUCRISTO”, no daremos una respuesta adecuada al interrogante personal sobre “¿quién soy?”. En nuestra vida civil es suficiente con la corrección de los datos exigidos por el pasaporte o el carné de identidad. Pero cuando llegan los momentos que nos afectan al porqué de la existencia, la cosa cambia del todo. No basta con identificarse con una buena opción profesional: médico, ingeniero, arquitecto, agricultor o deportista. Cualquier tarea humana para la que figure nuestra formación no satisface la pregunta existencial: ¿quién soy? DIOS nos pesó en su HIJO JESUCRISTO: ÉL es el hombre y el HIJO en el que todos los hombres somos hijos de DIOS. Esto es lo que os revela la Escritura y consigue darnos la paz interior, porque es la verdad existencial que en el fondo busca cada ser humano que viene a “este mundo”.

 

El hombre es un elegido

Judíos y gentiles fuimos elegidos por DIOS antes de la Creación para ser santos e inmaculados en su presencia por el Amor (Cf. Ef 1,3-4). El Amor por el que somos santificados –justificados- y renovados en la santidad original nos viene dado por JESUCRISTO el HIJO único del PADRE. El Evangelio que recibimos, la Buena Noticia que llegó hasta nosotros desvela el plan eterno de DIOS para con los hombres. El hombre sabe quién es, para qué ha sido creado y entra en el misterio de su destino eterno al mirar a JESUCRISTO. Por los relatos de la Creación recogidos en el Génesis (Cf. Gen 1 u 2) sabíamos que toda la Creación estaba en función del hombre y encaminada a su realización. Por JESUCRISTO sabemos que DIOS se vuelca con el hombre de forma inaudita haciéndose ÉL mismo hombre, en la Segunda Persona de la TRINIDAD, que es el HIJO. DIOS no sólo nos da la Creación para desenvolver nuestras posibilidades humanas, sino que nos concede toda clase de bienes espirituales y celestiales en CRISTO (Cf. Ef 1,3). El Evangelio nos da la revelación de quién es JESUCRISTO, y quiénes somos los hombres: ¿quién soy yo? Valorarse adecuadamente, cada uno de nosotros, como hijos de DIOS no es caer en ningún tipo de narcisismo o falsa complacencia. DIOS en JESUCRISTO se ha hecho hombre y no se tornó Ángel, ni encarnó en ninguna criatura del reino animal. Estas cosas tan elementales es necesario evidenciarlas en estos tiempos en los que se pretende igualar la dignidad de los animales a la del hombre, bien elevando aquella o rebajando la del propio hombre para dejarla al nivel del caballo, el perro, el chimpancé o el gorila. La pérdida del fundamento cristiano en la religiosidad del hombre de hoy lleva a disposiciones disparatadas dentro de las normativas y legislaciones, que rigen la convivencia social. El hombre ha sido pensado y creado por DIOS con unos atributos de un nivel superior a cualquier otra criatura en este mundo, porque está llamado a perfeccionarse mirando en todo tiempo a JESUCRISTO, que es su modelo primigenio y el punto final de su realización. El hombre en JESUCRISTO sabe quién es, cómo desenvolverse en esta vida, para qué vive en comunidad y cuál es su destino final. Ningún otro ser en el mundo material se pregunta por el sentido de su vida, porque todo les viene dado y responden a su programa instintivo, impreso en su naturaleza. Sólo el hombre es capaz de luchar por grandes ideales y aspirar por las manifestaciones de la belleza estética y ética. Sólo el hombre entre las criaturas de este mundo puede llegar a reclamar a DIOS como PADRE. Sólo el hombre entre todas las criaturas existentes elige entre distintas posibilidades que lo afectan personalmente y repercuten en otras personas. El HIJO se hizo hombre una vez y dio muestras suficientes dónde y cuándo realizó esta acción divina. El Cristianismo recoge la herencia de la revelación del HIJO de DIOS a los hombres. En ninguna otra religión se ha encarnado DIOS, por lo que las diferencias son esenciales en cuanto a la concepción de DIOS y la mirada que la propia religión tiene sobre el hombre. El destino eterno que ofrece cada una de las religiones no es el mismo, porque no miran al hombre de la misma forma que el Cristianismo. La salvación que ofrece JESUCRISTO no se parece en casi nada a las ofertas de las otras religiones. Este horizonte es necesario contemplarlo a la hora de seguir a un maestro espiritual, pues se trata de discernir con acierto al verdadero MAESTRO. JESÚS nos confirma como hijos de DIOS amados desde siempre por el PADRE y destinados a una comunión eterna con la TRINIDAD; para eso JESÚS ofrece un “yugo llevadero y una carga ligera” (Cf. Mt 11,30). EL está dispuesto a concedernos su ayuda para seguir su Palabra –el yugo- y actuar de Cirineo en nuestras cruces o cargas; porque nos advierte, “el camino por donde iremos es angosto, y la puerta a franquear es un tanto estrecha” (Cf. Mt 7,13-14). El objetivo desde el principio es hacernos cristianos y tatuar en nuestra naturaleza la misma de CRISTO. El camino está dispuesto en múltiples etapas del todo desconocidas. Lo único seguro es la asistencia del MAESTRO en todo momento para darnos fuerzas. Es un camino de Fe y libertad. Las experiencias pueden ser duras hasta el punto donde parece que la vida en un momento se extingue, pero de nuevo amanece un nuevo día en el que es necesario tomar decisiones. Por delante se ofrecen distintas opciones y es preciso elegir. Parece que el SEÑOR espera la decisión: ¿también vosotros os queréis marchar? Responde Pedro, ¿a dónde iremos, SEÑOR, sólo TÚ tienes palabras de vida Eterna? (Cf. Jn 6,67-68).

 

Eliseo discípulo de Elías

Elías huye de las amenazas de Jezabel la reina fenicia consorte de Ajaz, rey del Reino del Norte. Elías ve su vida en peligro después de la muerte de los cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal. El profeta emprende el camino hacia el Horeb y se quita del radio de acción de Jezabel y sus represalias. La escena de Elías en el Horeb es memorable, y permanece como una de las teofanías más importantes: DIOS se manifiesta de forma apreciable y apacible como una suave brisa. Elías se encuentra con el SEÑOR al que rinde cuentas: “ardo en celo por YAHVEH, porque los israelitas han abandonado tu Alianza han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas, quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela. YAHVEH le dijo: vuelve por tu camino hacia Damasco; vete y unge a Jazael como rey de Aram.; ungirás a Jehú como rey de Israel, y a Eliseo como profeta en tu lugar” (Cf. 1Re 19,15-16). La unción de un sucesor prevé la pronta partida del profeta y era preciso mantener una clara línea de continuidad de la Alianza. La misión principal del profeta es la de sostener la fidelidad del ”resto” en los que descansa el cumplimiento de la Alianza. Elías tuvo que hacer frente a tantos sacerdotes de Baal como años transcurridos en Egipto por el Pueblo elegido. Como entonces un profeta fue necesario al frente del Pueblo para devolverlo a la Alianza con DIOS. La actividad de Elías que viene a significar, “el Nombre de YAHVEH reposa sobre mí”; y Eliseo, que significa, “DIOS es mi salud”, realizaron su actividad profética en la centuria octava (a.C.). De estos dos profetas nos hablan los libros de los Reyes básicamente señalando su actividad taumatúrgica, sin que se recojan documentos escritos. Durante un tiempo Eliseo estará al lado del profeta Elías, al que solicitará  una parte de su espíritu antes de ser arrebatado en el torbellino de fuego (Cf. 2Re 2,9). Toda la instrucción del profeta sería inútil si en un momento dado de la misma el discípulo no recibe el “poder y la autoridad” del maestro. Pero antes de ese paso en el camino como discípulo tenemos el encuentro de la llamada entre Elías y Eliseo.

 

En medio del trabajo diario

“Elías se fue de Horeb y se encontró con Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Había doce yuntas de bueyes, él estaba con la duodécima. Pasó Elías y le echó su manto encima” (Cf. 1Re 19,18). Eliseo se encuentra ocupado con su trabajo cuando Elías lo encuentra. Es factible pensar que se hubieran visto en otras ocasiones, pues Elías se desplazaba con facilidad de un lugar a otro como lo muestra el testimonio escrito. En este caso Elías está cumpliendo un mandato expreso del SEÑOR. Elías no aparece para solicitar hospitalidad, sino para llevar consigo a uno de los activos importantes de la familia. En las secuencias iniciales del encuentro no median las palabras, y Elías echa su manto sobre Eliseo y una experiencia religiosa de llamada de DIOS tuvo que experimentar Eliseo para ceder inmediatamente a seguir y servir a Elías durante un tiempo. Aquel será el manto que se desprenda del profeta Elías cuando sea arrebatado, lo recoja Eliseo y enrollándolo golpee el Jordán para que el río se abra en dos partes a la vista de la comunidad de los profetas de Betel (Cf. 2Re 2,8-14). Todos sabrán entonces que Eliseo es continuador de la obra de Elías. Aquel manto trae sobre Eliseo, en este primer momento, la seguridad de una llamada de DIOS a dejarlo  todo para seguir a Elías. No era poca cosa ejercer el ministerio profético bajo la Protección de DIOS y la guía del profeta más acreditado.

 

Elías sigue su camino

“Eliseo abandonó los bueyes y corrió donde Elías y le dijo: déjame ir a despedirme de mi padre y de mi madre y te seguiré. Elías le dijo: anda vuélvete, pues ¿qué te he hecho?” (Cf. 2Re 19,20). Esta escena recuerda la que dibuja san Marcos para la llamada de los cuatro  discípulos iniciales. Después de llamar a Simón y Andrés, JESÚS pasa adelante y llama a Santiago y Juan, hijos de Zebadeo (Cf. Mc 1,18-19). Como Elías, JESÚS no se detiene para que la decisión de la llamada sea del todo libre. La hacienda de Eliseo no es pequeña al considerar las yuntas de bueyes dispuestas para arar la tierra. Eliseo acepta la actividad profética, porque DIOS así se lo pide y reconoce a Elías como profeta autorizado. Como los cuatro discípulos iniciales de JESÚS antes mencionados: “al instante dejó las doce yuntas de bueyes y corrió tras de Elías”.

 

Tiempos diferentes

Eliseo pide un poco de tiempo para despedirse de los padres y del resto de la familia, y Elías no muestra reparo, porque la llamada de DIOS no está en contra de la vida familiar, aunque llegados al Nuevo Testamento se establezca un orden de prioridades, que se va gestando a lo largo de los tiempos anteriores. Las convenciones o compromisos familiares y sociales son tenidos en cuenta en este caso y con ello se da un paso perfectamente admisible entre un estado de vida y otro nuevo que tendrá Eliseo al lado del profeta Elías.

 

Sacrificio de despedida

“Volvió atrás Eliseo, tomó el par de bueyes y los sacrificó. Asó su carne con el yugo de los bueyes y dio a sus gentes que comieron; después se levantó, se fue tras de Elías y entró a su servicio” (Cf. 1Re 19,21). Eliseo sacrifica la yunta de bueyes con la que estaba arando la tierra de sus padres y lo hace con la madera del yugo con el que uncía los animales. El simbolismo es elocuente: el nuevo yugo del servicio al profeta Elías exige el sacrificio del antiguo yugo que lo mantenía libado a la tierra de sus antepasados. Eliseo se levantó una vez completado el rito familiar del sacrificio. Cuando lleguen los nuevos tiempos mesiánicos quedarán prescritos los antiguos sacrificios y las decisiones personales estarán regladas por otros parámetros espirituales. Eliseo procedió de forma estricta a la piedad filial prescrita en el contenido en el cuarto precepto del Decálogo.

 

La subida a Jerusalén

Seiscientos metros sobre el nivel del mar marcan el desnivel de la ciudad de Jerusalén con respecto a las otras zonas del territorio palestino. La Galilea se encuentra en la misma cota del nivel del mar, pero Jericó presenta una depresión geográfica que marca una diferencia de altitud de mil metros entre la Ciudad Santa y la primera ciudad que se encontraron los israelitas a la entrada de la Tierra Prometida. Jerusalén es la Ciudad de David conquistada a los jebuseos y convertida en el centro religioso del Pueblo elegido. Los otros templos surgidos a partir de la escisión del Reino de David en tiempos de Salomón, fueron considerados como cismáticos e incluso idolátricos. Las promesas a la Casa de David afirmadas por los profetas y cantadas en los Salmos debían cumplirse de forma pertinente. El MESÍAS tenía que manifestarse en Jerusalén y con propiedad en su gran Templo que era el orgullo nacional. Herodes el Grande, e idumeo, por conveniencia política engrandeció el Templo de Jerusalén todo lo que estuvo en su mano y su esplendor daba una imagen externa, que poco se correspondía con el espíritu de los que administraban la religión. Pese a todos los inconvenientes, JESÚS tenía que agotar todas las posibilidades, y la etapa de predicación y manifestación al Pueblo en Galilea tocaba a su fin. Ahora se abría un nuevo tiempo y otros lugares cuyo centro estaba en la Ciudad Santa. Verdaderamente sería JESÚS, el SANTO, quien santificara la ciudad a pesar de todo lo que iba a suceder en torno a su persona.

 

Un presente continuo

“Sucedió que se iban cumpliendo los días de su Asunción, JESÚS se afirmó en su voluntad de subir a Jerusalén” (Cf. Lc 9,51). El arco temporal estaba abierto y se iba cumpliendo, al mismo tiempo que todo estaba condicionado por las circunstancias sociales, religiosas y políticas. El Mensaje se daría íntegramente antes del martirio, muerte en Cruz y Resurrección. San Lucas ofrece una nota esencial en este versículo cincuenta y uno, dentro del conjunto de la manifestación del SEÑOR: “se iban cumpliendo los días de su Asunción”. En el conjunto de la obra de san Lucas, incluido el libro de los Hechos de los Apóstoles, la Asunción marca el instante en el que se recapitula la obra del JESÚS terreno, que ya no será visto hasta que aparezca en su Segunda Venida (Cf. Hch 1,6-11). La Ascensión, o Asunción, del SEÑOR incluye su muerte y Resurrección, pero san Lucas, como bien sabemos, amplía durante cuarenta días la presencia del RESUCITADO en medio de sus discípulos, porque es necesario completar la enseñanza sobre el Reino de los Cielos (Cf. Hch 1,3). Muchas lecciones y signos les quedan por aprender y valorar a los discípulos, que van incrementando su número mientras van de camino.

 

Resolución de conflictos

Algunos discípulos del MAESTRO necesitan digerir con detenimiento las bienaventuranzas sobre la mansedumbre y la adquisición de actitudes para trabajar por la paz. Van de camino, atravesando Samaria: “JESÚS envió mensajeros delante de SÍ, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada, pero no lo recibieron, porque tenía intención de ir a Jerusalén” (Cf. Lc 9,58). Los samaritanos se sentían rechazados tanto de los judíos de Judea y de la tribu de Benjamín, como de los hermanos de la Baja Galilea, que a su vez no eran muy bien vistos por los de la capital; Jerusalén. Los samaritanos se habían quedado con los cinco libros iniciales de la Biblia y con el templo del monte Garizín, y no se sentían dependientes para nada de las autoridades religiosas del Templo. Los vínculos religiosos pueden ser muy fuertes a la hora de considerar afín a una persona o grupo, y la misma fuerza actúa en el rechazo: las enemistades religiosas o las desavenencias por cualquier motivo pueden alcanzar máximos grados de violencia, y a numerosos hechos del pasado y del presente nos podemos remitir. La fraternidad universal hoy por hoy es una ficción, pues la fuerza de la misma no radica en las religiones por ellas mismas, ni responde realmente a un común denominador de todas ellas. Si eso fuera así, la concordia entre los hombres encontraría en las religiones una verdadera autopista. Pero atendamos bien: la fraternidad universal podrá darse cuando todos los hombres tengamos la misma consideración sobre quién es DIOS. Y volvemos en este punto a la casilla de salida: ¿consideran todas las religiones que DIOS es TRINIDAD? La respuesta negativa es inmediata; pero, además, esta verdadera iluminación para hacerse universal sólo puede venir de la acción directa de DIOS. La fraternidad universal nunca será posible mientras de manera universal no se considere a JESUCRISTO como único SALVADOR. La cosa pinta complicada, y lo que nos queda es el esfuerzo por comprender las condiciones y limitaciones mutuas en las que todos nos movemos, perdonándonos los mutuos inconvenientes. El concepto de tolerancia es un caramelo envenenado en muchos casos, pero en la convivencia de los grupos religiosos marca el grado más alto de fraternidad posible. Los samaritanos se sentían amenazados por aquellos galileos que iban camino de Jerusalén y no les dan hospitalidad alguna.

 

Fuego del Cielo

La reacción de los discípulos que acompañaban a JESÚS parecía tomar ejemplo de Elías, que ante las dos tandas de cincuenta soldados, que el rey Ajab había mandado para que se presentase ante él, el profeta mandó bajar fuego del Cielo por dos veces y consumió a los soldados (Cf. 2Re 1,10). Santiago y Juan le proponen a JESÚS que mande también bajar fuego del Cielo y consuma a aquellos indeseables samaritanos. Pero san Lucas marca un tono más presuntuoso en aquellos discípulos, que todavía estaban eufóricos del éxito evangelizador que habían tenido, predicando y realizando signos con el poder y autoridad prestados por JESÚS. San Lucas recoge: ”Santiago y Juan dijeron a JESÚS, ¿SEÑOR quieres que digamos que baje fuego del Cielo y los consuma?” (Cf. Lc 9,54). Ni fraternidad ni tolerancia, un ejemplo de la utilización inadecuada de un carisma dado por el SEÑOR. JESÚS nunca utilizó su autoridad y poder espiritual en beneficio propio. Esta ley fundamental en el ejercicio de los carismas aquellos discípulos todavía no la habían aprendido, aunque se creían sobradamente avanzados en el camino espiritual, en las enseñanzas del MAESTRO y en el acercamiento a DIOS. El engreimiento espiritual originó muchos fuegos a lo largo de la historia, y sigue provocando males, porque no es fácil el dominio de sí mismo, que es uno de los frutos del ESPÍRITU SANTO (Cf. Gal 5,22-23). JESÚS reprende a los dos hermanos, y les dice, en san Marcos, “no sabéis que espíritu tenéis, y los llamó hijos del trueno” (Cf. Mc 3,17 ).

 

Nuevos discípulos

“Mientras iban caminado, uno le dijo: te seguiré a donde quiera que vayas. JESÚS le dijo: las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el HIJO del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Cf. Lc 9,57-58). Mientras sube a Jerusalén todavía es tiempo para el discipulado. Podría decirse que en la Subida a Jerusalén se fraguan los verdaderos discípulos de JESÚS, porque en la cima del Gólgota es donde se contempla el verdadero rostro del hombre, la Justicia de DIOS y su infinita Misericordia. La lección máxima de la Cruz está presente en todas las etapas del aprendizaje como discípulos. Cualquier persona pasará a lo largo de la vida por experiencias de oscuridad interior y soledad; pero las del evangelizador pueden ser un poco más acentuadas. ¿Dónde reclina JESÚS su cabeza? La respuesta nos la ofrece también san Lucas: en los tiempos de oración que JESÚS realiza aislado de todos y en soledad. Las soluciones fiables no coinciden con las soluciones fáciles. Lo sensible e inmediato no resulta eficaz para resolver aspectos que afectan al alma. El Evangelio de Lucas habla del hijo que vuelve arrepentido a la casa del padre, del que extraviado es buscado por el PASTOR o del que después de una búsqueda concienzuda encuentra el don que se había perdido (Cf. Lc 15). Para transmitir contenidos de ese tipo el discípulo de JESÚS tiene que haber aprendido unas cuantas cosas con infinita paciencia hacia sí mismo. De alguna manera el evangelizador para llegar a los corazones de los destinatarios, tendrá que haber realizado un recorrido espiritual por la trayectoria del hijo pródigo, del que fue rescatado por el PASTOR o haber vivido la pérdida de algo muy valioso. La escuela del discipulado de JESÚS no está en la abstracción de unos contenidos intelectuales, sino en una experiencia vital a semejanza del MAESTRO.

 

JESÚS llama de camino

Como en el caso anterior JESÚS está en el Camino es accesible, no llama a un recinto de selectos como los esenios. Y le dice a uno: “sígueme” (v.59). Para calibrar la intensidad de ese imperativo por parte de JESÚS es preciso hacernos con el contexto. El “sígueme” que JESÚS dice a Pedro es inapelable (Cf. Jn 21,19), pues lleva toda la unción de una profesión de Fe y Amor ante el RESUCITADO. El “sígueme” de estos versículos es el núcleo de toda vocación al discipulado como dedicación exclusiva. El concepto de vocación tiene su origen o etimología en un término que es común con “llamar”: alguien te llama para que sigas sus huellas. No es una llamada circunstancial que se puede oír cuando uno se encuentra en medio de un grupo amplio de gente. La “llamada” es un vocativo interior que abre un horizonte nuevo desde dentro y la persona siente por anticipado su realización plena y sentido en la vida. Esta experiencia cumbre puede durar momentos o días, pero al final queda de modo latente. El destinatario de la parábola pone a JESÚS una objeción que tiene relación con el cuarto precepto del Decálogo.

 

Piedad filial

“Este respondió a JESÚS: déjame ir a enterrar a mi padre. JESÚS le dice: deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de DIOS” (Cf. Lc 59-60). A primera vista da la impresión que estamos ante un caso similar al de Eliseo con respecto al profeta Elías, pero vayamos por partes. Eliseo realiza un rito de despedida con el sacrificio de los dos bueyes, en el que participa su familia y personas allegadas. El que interviene en estos versículos plantea la cuestión de establecer demora hasta que el padre fallezca y darle enterramiento cumplido. En el Nuevo orden que trae el MESÍAS las relaciones familiares como el resto de vínculos hay que ordenarlos conforme a la jerarquía implícita dentro del Reino de DIOS, que no es otra cosa que JESUCRISTO y su obra. En el primer lugar o centro de la actividad humana el hombre ha de poner a JESUCRISTO, de lo contrario el Reino de DIOS no queda establecido. Si el matrimonio sacramental no pone en el centro a JESUCRISTO la fuente de su espiritualidad se termina. Si el bautizado olvida que el eje de vida es JESUCRISTO cierra la fuente de dones destinados a la Salvación; y esto mismo es aplicable al que recibió el Sacramento de la Confirmación o del Orden. Aquel que recibe a JESUCRISTO EUCARISTÍA ajeno a su Presencia anula sus dones y los efectos espirituales de una comunión que resulta de hecho fallida. La persona misma de JESUCRISTO instaura en el mundo el Nuevo orden del Reino de DIOS. Cuando la predicación se vacía de JESUCRISTO se termina en el mejor de los casos en una moral que al final resulta sustituible por carecer del fundamento. “Deja que los muertos entierren a sus muertos”, esta dura expresión de JESÚS se entiende mejor después de haber realizado las consideraciones anteriores.

 

Guardando una carta en la manga

“Otro le dijo: te seguiré, pero déjame primero ir a despedirme de los de mi casa. Le dijo JESÚS: nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de DIOS” (Cf. Lc 9,60-61). Nos atan lazos de distintos tipos, compromisos adquiridos difíciles de cancelar; pero en algún momento se impone una decisión que es excluyente entre la vida anterior y seguir a JESUCRISTO para trabajar por el Reino de DIOS. Un ejemplo tomado del mismo evangelio es el caso del hombre rico que va a preguntar a JESÚS por la salvación. La respuesta del MAESTRO se mueve en la línea de los Mandamientos: si quieres heredar la vida eterna, cumple los Mandamientos (Cf. Mc 10,17-20). Pero si quieres llegar hasta el final y dedicar tu vida a la causa del Reino de DIOS, tienes que establecer una opción exclusiva: desprenderte de todo y después seguirme. Como buen empresario podía salvarse perfectamente, pero para  trabajar por el Reino de DIOS tenía que optar por esa vía en exclusiva. Las dos cosas a la vez no resultan posibles. Después a la hora de descender a la experiencia personal se presentan diversidad de situaciones. San Pablo en las comunidades de Éfeso y de Corinto dedicaba tiempo al trabajo manual en el tejido de lonas y abrigos para la manutención propia y de los suyos. El presbítero casado podía encontrar en su mujer e hijos la ayuda conveniente para realizar su misión (Cf. 1 Cor 9,5;1Tm 3,2).

 

San Pablo, carta a los Gálatas 5,1.13-18

 

Redimidos para la libertad

“Para ser libres nos libertó CRISTO. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud” (v.1) San Pablo predica con todas sus fuerzas que la salvación y la justificación del creyente vienen por la Fe en JESUCRISTO. Fuera de esta verdad fundamental no existe Gracia ni verdadera libertad. San Pablo se siente liberado por su SEÑOR JESUCRISTO de las prácticas escrupulosas prescritas por la Ley, que lo único que conseguían era incrementar la conciencia de pecado sin ofrecer la Salvación. La rigurosa práctica de la Ley tampoco otorgaba la donación del ESPÍRITU SANTO por el que DIOS convierte al hombre en verdadero templo de la TRINIDAD. Pero es la Fe en JESUCRISTO la que hace efectiva la presencia del ESPÍRITU SANTO, y sin ÉL no existe libertad, pues las cadenas interiores siguen presentes.

 

La libertad es para elegir al SEÑOR

“Hermanos habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servios unos a los otros” (v.13). En esta carta el concepto “carne” se identifica con “pecado”, y no exactamente con el cuerpo físico del hombre –soma-. La “carne” en este caso son todas aquellas tendencias que encierran al hombre en el egoísmo. Lo contrario a lo anterior se resuelve en la actitud de servicio a los hermanos a semejanza de JESÚS, que “vino a servir y no para ser servido y dar su vida en rescate por todos” (Cf. Jn 13,12-17; Mt 20,28)

 

Síntesis de la Ley

“Toda la Ley alcanza su plenitud en este solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v.14). JESÚS hizo nuevo este precepto al dar el ESPÍRITU SANTO que es el mismo AMOR para que ungiendo nuestros corazones el amor al prójimo resultase una tendencia natural para el discípulo de JESUCRISTO. La disposición de amor al prójimo a fondo perdido se mantiene en el cristiano cuando a la vez permanece en el tiempo la convicción profunda de ser amados por el SEÑOR: “nada nos puede separar del AMOR de DIOS manifestado en CRISTO JESÚS” (Cf. Rm 8,39). Nos amamos verdaderamente a nosotros mismos cuando nos reconocemos amados por DIOS que confirma nuestra verdadera dignidad. Quien se sabe amado por DIOS en el último lugar de las consideraciones humanas y no tiene miedo a perderlo, expande a su alrededor aquello que está recibiendo sin especial esfuerzo. Entonces los distintos preceptos o palabras del Decálogo son cumplidos.

 

Una conquista

“Pero si os mordéis y os devoráis mutuamente mirad no vayáis mutuamente a destruiros” (v.15). Las envidias, las rivalidades, las calumnias, los reproches, las malas intenciones, las maledicencias, y otras cosas similares son las obras de la “carne” que muerden, devoran y destruyen. A pesar de todas las gracias y de toda la fuerza del ESPÍRITU SANTO, el cristiano tiene que luchar y conquistar la meta siguiente en el crecimiento de la Fe y la Caridad. “El Diablo como león rugiente anda buscando a quién devorar, resistidle firmes en  la Fe” (Cf. 1Pe  5,8-9). El mal en el propio corazón es una parte del problema, las influencias sociales contrarias al Evangelio representan otro factor y no se puede omitir la influencia espiritual de Satanás que no deja de estar al acecho.  Desde que nacemos hasta la tumba, el bien y el mal van creciendo como el trigo y la cizaña (Cf. Mt 13,30).

 

Afirmación del Apóstol

“Por mi parte os digo: si vivís según el ESPÍRITU no daréis satisfacción a las apetencias de la carne” (v.16) La carne apetece cosas que envenena el alma del propio cristiano, perturban gravemente la convivencia familiar y comunitaria y se convierten en las fuerzas motrices que instalan en la sociedad el pecado estructural. Hoy asistimos a la creación de apetencias que causan daño abiertamente y se proponen con toda impunidad. Despertada la apetencia personal la consecución del mal propuesto es inmediato. Entre los dones prioritarios para nuestros días está el de discernimiento, que nos haga detectar con cierta antelación lo que favorece a la unión con JESUCRISTO.

 

Discernimiento

“La carne tiene apetencias contrarias al espíritu; y el espíritu contrarias a la carne, de modo que no hacéis lo que quisierais” (v.17). Adelanta aquí el Apóstol un argumento que repetirá en la carta a los Romanos: “no hago el bien que quiero y hago el mal que no quiero” (Cf. Rm 7,19) Venimos con la marca de la rebeldía dada en la naturaleza humana: el bien y el mal siguen luchando en nuestro interior y sin la Gracia estamos destinados al fracaso. La opción por el bien con la colaboración y ayuda de la Gracia es una decisión personal que no se toma de una vez para siempre, sino que la vamos aplicando de acuerdo con las circunstancias del día a día. El camino no queda concluido hasta un segundo después de haber dejado este problemático y conflictivo mundo. La forja de una personalidad espiritual que llegado cierto momento sea capaz de vencer las argucias del mal en su distintas formas, es una conquista de altísimo valor, pero tampoco exime de una actitud vigilante.

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