«La identidad de Jesús: Mesías, Hijo de Dios»

ACNjunio 19, 20226 min

Las lecturas de este domingo nos presentan la condición del discipulado: tomar la cruz y seguir a Cristo, situaciones que podemos aceptar si conocemos a ciencia cierta quién es Jesús.  No basta decir que Cristo es el Mesías, es necesario confirmarlo con la vida. Veamos.

 

1.« ¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO?»

 

La identidad comporta el ser de la persona: su nombre, su familia, su apellido, su carácter, su forma de ser, sus actitudes, principios, valores, convicciones, gustos, aspiraciones, etc. Algunos documentos oficiales muestran algunos datos de nuestra identidad. Para poder hablar de una persona es necesario  conocerla, tratarla, convivir con ella, pasar tiempo juntos, vivir experiencias juntas, etc. Sin embargo, la gente, en el texto bíblico, habla de Jesús de lo que han oído de él, pero no investigan ni se cercioran que sea verdad; no conocen su proyecto del Reino, su plan salvífico y redentor. De hecho, lo confunden con Elías o lo identifican con algún profeta de la antigüedad. Cuando pregunta a sus  discípulos, espera una respuesta más clara, convincente, acertada  y comprometedora: Y ellos, que ya había convivido con Él, responden: “Tú eres el Mesías”, “El Hijo de Dios que habría de venir  al mundo para salvarlo” Jn 11,27.

 

2.«EL QUE QUIERA VENIR CONMIGO, QUE SE NIEGUE A SÍ MISMO, QUE CARGUE CON SU CRUZ Y ME SIGA»

 

Para Jesús, no es suficiente que los amigos lo reconozcan como Mesías, sino que es necesaria la condición del Discipulado, es decir, la opción libre y alegre de seguirlo en su proyecto del Reino. Para esto bastan dos exigencias radicales: negarse a sí mismo y cargar con su cruz. Negarse a sí mismo quiere decir dejar de pensar en uno mismo, dejar los propios proyectos y su estilo de vida para tomar el estilo de vida de Jesús. Al negarse, se está afirmando en un nuevo ser, una nueva persona, un discípulo con una nueva misión: “Dejarán de ser pescadores, para ser Apóstoles.” La cruz de cada día es el proyecto de vida con todo lo que implica: compromisos, aspiraciones, virtudes, defectos, aciertos, errores, angustias, dolores, sufrimientos, alegrías, gozos, esperanzas, sueños, ilusiones, pensamientos y actitudes. Nuestra cruz de cada día es nuestra responsabilidad y gozo.

 

3. «EL QUE PIERDA SU VIDA POR MÍ Y POR EL EVANGELIO LA SALVARÁ.»

 

Este proyecto que presenta Jesucristo no es ni fácil ni cómodo ni seguro. Si alguien decide seguirlo tendrá que aceptar en su vida: persecuciones, incomprensiones, abandonos, burlas, falsos testimonios, habladurías, muerte, etc. (cf. Mc 10,30). Pero de eso se trata la vida: de arriesgarla, de entregarla a los demás para que tengan vida, alegría y esperanza de un mundo mejor y más humano.  Y en eso consiste la verdadera fe: en las obras (cf. St 2,18). Es necesario morir para volver a vivir. Por eso Dios no nos llama para asegurar la vida terrena sino la celestial, para ser una Iglesia museo sino una Iglesia hospital, nos invita a perder la vida para volverla a recuperar de modo pleno en Jesucristo (cf. Jn 10,18). Seamos mensajeros de este Evangelio de Dios: el Evangelio de la vida y del amor.

 

P. Crispín,

Diócesis de Tuxpan.

ACN

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