¡Hemos visto al Señor!

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el II Domingo de la Pascua

Hoy en el Evangelio se nos narran dos apariciones del Resucitado a sus discípulos, estando a puerta cerrada, en la primera no estaba Tomás. En las dos Jesús les desea siempre la paz.

En este Evangelio de Juan, la primera aparición representa el pentecostés. Ante el temor que debió reflejarse en sus rostros, Jesús les dice: “La paz esté con ustedes”. El encuentro con el Resucitado debió haber sido una experiencia de perdón; los apóstoles experimentaron al Resucitado como alguien que les perdona y les ofrece la paz y la salvación, porque ninguna alusión por parte de Jesús al abandono que le hicieron, ningún reproche a la cobarde traición, ningún recordar la negación de Pedro, ningún gesto de exigencia para reparar la injuria. Con qué razón es este el domingo de la divina Misericordia.

Para que supieran que es el mismo, pero en un cuerpo glorificado, “les mostró las manos y el costado”; podemos decir, es el mismo y diferente, es el mismo Jesús pero distinto, como dirán algunos estudiosos, se da la continuidad en la ruptura. Y viene el envío para que continúen aquella misión que le ha encomendado el Padre y les da el Espíritu Santo, así como el poder de perdonar los pecados. Aquellos Apóstoles atemorizados tienen una gran experiencia con el Resucitado, una experiencia que los llena de paz, esa paz que los alienta a seguir a pesar de las dificultades.

Tomás no está presente en aquel momento, sus compañeros con gozo y alegría le comparten la experiencia: “¡Hemos visto al Señor!”. Es allí donde Tomás desea pruebas, pone condiciones para creer: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. El narrador nos cuenta que tuvieron que pasar ocho días para la segunda aparición. Podemos imaginar todos los pensamientos que surcaron la mente de Tomás, ¿por qué va a creer algo tan absurdo? ¿cómo pueden decir que han visto a Jesús, si ha muerto crucificado?. Todos los comentarios entusiastas que escuchó de sus amigos y sabemos que se mantuvo en la duda; aquellas palabras que escuchaba, aquella experiencia que le compartían, aquella seguridad con la que le hablaban, no eran suficientes para creer. Nos damos cuenta que no basta la experiencia de otros, no bastan los sermones bien elaborados, es necesario el encuentro personal con el Resucitado.

A los ocho días, Jesús se vuelve hacer presente y les desea de nuevo la paz. Ahora viene ese momento entre diálogo y reclamo, de Jesús con Tomás. Un Jesús que lo invita a que toque, que palpe, para que se desvanezcan las dudas, pero a Tomás le es suficiente verlo y expresa una confesión de fe como nadie lo había hecho: “Señor mío y Dios mío”; es el primero que le da el título de Dios. Jesús, quizá pensando en todos los hombres a los que se les predicará el Evangelio expresa: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”. Tomás se había ausentado de la comunidad, por eso no había podido gozar del encuentro con el Señor, sólo cuando se reintegra, puede vivir la experiencia del Resucitado; es lo que experimentamos en nuestra vida de fe, cuando buscamos la comunidad, encontramos al Señor porque es ella el lugar del encuentro en que nos cita. Aunque Jesús está vivo y presente en la Iglesia, sabemos que su presencia es distinta. Jesús nos participa la dicha de la fe, ya que llegamos a creer por el testimonio de otros; creemos sin haber visto, pero eso sí, tenemos experiencia de su presencia.

El Evangelio nos narra la situación de una Iglesia naciente y con miedos; cuando Jesús no estaba en el centro, el temor lleva al encerramiento. Sin Jesús, la Iglesia se convierte en un grupo de hombres y mujeres que se reúnen a puerta cerrada; con las puertas cerradas no se puede escuchar lo que sucede fuera, no es posible abrirse al mundo, se apaga la confianza y crecen los recelos. El miedo puede paralizar la evangelización y bloquear nuestros mejores dones; con miedo no es posible amar el mundo. El papa Juan XXIII decía: ‘Abramos las ventanas de la Iglesia, para que entren vientos nuevos’.

Jesús se aparece, después de resucitar, a aquella primera comunidad para afianzar su fe. El miedo les había empañado el entendimiento e iban a recibir una misión: “Como el Padre me envió, así los envío yo”, es decir, a partir de ese momento, Jesús Resucitado trasmite sus poderes y su tarea a los cristianos. Desde entonces somos nosotros los que llevamos entre manos la hermosa tarea que tuvo Jesús: Anunciar a todos el amor de Dios, cuidar de los pobres del mundo, devolver la dignidad a las personas destrozadas, buscar a los que se pierden, construir fraternidad entre los hombres.

Preguntémonos, hermanos: ¿Cómo cumplir esa tarea en un mundo tan marcado por la indiferencia religiosa?

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

¡Feliz domingo para todos!

Mons. Cristobal Ascencio García

Obispo de Apatzingán

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *