“No lloren por mí, lloren por ustedes y por sus hijos”

ACNabril 9, 20228 min

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el Domingo de Ramos.

 

Con la celebración de hoy iniciamos la Semana Santa y abrimos nuestra celebración precisamente con la conmemoración de la entrada del Señor a Jerusalén. Jesús entrando en Jerusalén, entra en nuestras vidas, en nuestro corazón; permanezcamos con Él aclamándolo siempre con el ¡hosanna!

 

Hoy en la celebración Eucarística escuchamos la lectura de la Pasión del Señor. La figura de Jesús es presentada como la del inocente, que no habiendo cometido ningún crimen, es ajusticiado como el peor de los criminales. Todos los personajes hostiles, el Sanedrín, Herodes, Pilato, conspiran para matarlo, mientras que Jesús se muestra tranquilo y un hombre de paz que contiene a los que quieren defenderlo con la espada y que acepta la voluntad de Dios pese a los sufrimientos.

 

Les invito para que nos fijemos en estos tres puntos:

 

1°- Durante el transcurso de estos acontecimientos dolorosos, Jesús se preocupa, como siempre lo hizo, más de los demás que de sí mismo, así en medio del gentío que observa el paso de los condenados camino de la cruz, unas mujeres se acercan a Jesús llorando. No pueden verlo sufrir así. Jesús “se vuelve hacia ellas” y las mira con la misma ternura con que las había mirado siempre: “No lloren por mí, lloren por ustedes y por sus hijos”. Así va Jesús hacia la cruz: pensando más en aquellas pobres madres que en su propio sufrimiento. Faltan pocas horas para el final. Desde la cruz sólo se escuchan los insultos de algunos y los gritos de dolor de los ajusticiados. De pronto, uno de ellos se dirige a Jesús: “Acuérdate de mí”. Su respuesta es inmediata: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Siempre ha hecho lo mismo: quitar miedos, infundir confianza, contagiar esperanza; así lo sigue haciendo hasta el final. El momento de la crucifixión es inolvidable. Mientras los soldados lo van clavando al madero, Jesús decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que están haciendo”. Así es Jesús, así ha vivido siempre, ofreciendo a los pecadores el perdón del Padre, sin que lo merezcan.

 

Pensemos hermanos: ¿Qué significa la imagen de Jesús Crucificado, tan presente entre nosotros. Si no sabemos ver marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios? ¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos a Jesús Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados? Creo que, para adorar el misterio de un Dios Crucificado, no basta celebrar la Semana Santa, es necesario además, acercarnos un poco más a los crucificados, semana tras semana.

 

2°- Notemos también que los últimos momentos de Jesús en la cruz no están marcados por un sentimiento de fatalidad o de abandono por parte de Dios, sino por un tranquilo confiarse en las manos del Padre. En el Evangelio de Lucas, Jesús dispone de su vida con serenidad y señorío absoluto: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

 

3°- Observemos cómo el sufrimiento y la cruz de Cristo, implican y transforman a los hombres. La gente toma parte activa en las humillaciones y sufrimientos del Señor, con sentimientos de humana solidaridad y aún de arrepentimiento y de conversión. Es el caso de las mujeres de Jerusalén, de las que sólo san Lucas nos habla. Más tarde, también apunta san Lucas, que toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, mirando lo que ocurría se volvió a su casa dándose golpes de pecho. Y aún el mismo centurión romano, al ver lo que pasaba, dio gloria a Dios. Y uno de los crucificados le decía: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”.

 

Preguntémonos hermanos: ¿Cómo nos transforma a nosotros el sufrimiento de Jesús y su Cruz? ¿Qué actitud tomamos ante su Pasión y Muerte?.

 

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¡Feliz domingo para todos!.

 

Mons. Cristóbal Ascencio García, Obispo de Apatzingán.

ACN

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