Hace falta tocar fondo…

Bienvenidos a esta reflexión desde la Palabra de Dios en el IV Domingo de la Cuaresma

Salmo 33: “Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor”

La Cuaresma se dirige a su meta que es la Pascua, hemos recorrido la mitad de su camino. Hoy en el capítulo 15 de san Lucas, se nos narra una de las tres parábolas de la misericordia, es la del hijo pródigo, o mejor dicho, del Padre amoroso, que no condena a sus hijos sino que los acoge siempre a pesar de sus errores. La misericordia es la característica principal del Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el honor y la grandeza de Nuestro Dios está en su misericordia.

Digamos una palabra sobre cada personaje de la parábola:

1o- El padre. La actitud de aquel padre debió desconcertar a los oyentes ¿cómo consentía la desvergüenza de un hijo que le pedía repartir la herencia antes de morir? ¿qué clase de padre era que no imponía su autoridad? Aquel padre no se ofende porque uno de sus hijos lo da por muerto, más bien, respeta su libertad y lo ve partir de casa con tristeza, pero no lo olvida; sabe que su hijo puede volver a casa sin temor alguno. Cada mañana mira el horizonte sabiendo que regresará. Cuando regresa, sale a su encuentro, lo abraza con ternura, lo besa efusivamente, además, interrumpe su confesión y se apresura a acogerlo como hijo; le pone el anillo, lo viste y organiza una fiesta.

2o- El hijo menor. Cuando reclama la parte de su herencia, de alguna manera está pidiendo la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras, quiere realizar su vida lejos de la casa paterna y a su modo; esa libertad la ha confundido con el libertinaje. Muy pronto se instala en una vida desordenada y aquella aventura empieza a convertirse en drama; situación que lo lleva a entrar en su interior y viendo su vacío recuerda el rostro de su padre; allí en su interior se despierta un deseo de libertad nueva al lado de su padre. Reconoce su error y toma una decisión: “Me levantaré, volveré a mi padre”. Un camino de retorno se inicia con un acto de humildad, de reconocimiento de su situación miserable, así como de toma de conciencia de su propia identidad. Ese hijo que regresaba, tuvo la suerte de que a la puerta estaba su padre, no su hermano a quien le faltaba mucho para entender el corazón del padre y su padre lo sabía, por eso desde el día en que se fue, custodió la puerta para que nadie impidiese su regreso.

3o- El hijo mayor. Aquel hijo que no abandona a su padre, pero cuando se da cuenta que su hermano ha regresado, no se alegra como su padre, más bien se indigna y se niega a entrar. El padre sale y lo invita a participar de aquella alegría, pero es allí cuando explota todo su resentimiento; exige sus derechos y denigra a su hermano. Esta es la tragedia del hermano mayor, aunque nunca se ha marchado de su casa, su corazón está lejos de ella; sabe cumplir órdenes, pero no sabe amar, no comprende el amor de su padre hacia su hijo perdido; él no quiere saber nada de su hermano.

La parábola concluye sin satisfacer nuestra curiosidad ¿entró a la fiesta o se quedó fuera? ¿cuál sería el desenlace? La parábola nos da pie para reflexionar en cada actitud de los protagonistas.

Veamos, con respecto al hijo mayor:

Hermanos, vivimos en un mundo donde hemos clasificado a las personas entre buenas y malas, entre creyentes y no creyentes, entre practicantes de la religión y alejados. Mientras nosotros clasificamos, Dios sigue esperando a todos porque es creador y Padre amoroso de todos. La actitud del hijo mayor debe interpelarnos a todos los que creemos que vivimos cerca de nuestro Padre Dios y debemos pensar: ¿Nos contentamos con cumplir normas o tenemos la capacidad de amar?

Con respecto al hijo menor:

Vivimos en una sociedad que poco a poco se ha alejado de Dios. Algunos lo han declarado muerto o negado su existencia, o peor aún, otros viven indiferentes sin cuestionarse siquiera sobre su existencia. Hace falta tocar fondo para internarnos en ese vacío existencial que va dejando la cultura actual, sin Dios, ese vacío que no se llena con cosas materiales. Hace falta tener la valentía para regresar a esa libertad que nos ofrece Dios. ¿Cuántos jóvenes se apartan de Dios para vivir una vida al gusto? ¿Qué debe acontecer para que la sociedad interiorice y vea ese vacío que deja el libertinaje?.

Con respecto al padre:

Aquel padre no clasificó a sus hijos, no los valoró por su moralidad o por su arrogancia, los veía como hijos y quería tenerlos a los dos en la misma mesa, vivir la alegría del mismo banquete. El drama de aquel padre, lo siguen viviendo tantas familias, tantos padres de familia, que por diversas razones tienen a sus hijos metidos en resentimientos y odios. La misericordia del papá, se convierte en la ocasión para el encuentro entre hermanos. La experiencia de la misericordia siempre tendría que manifestarse en la construcción de la fraternidad. La compasión de Dios es razón para el encuentro fraterno, no pretexto para la exclusión.

Contemplando a los personajes, preguntémonos: ¿Soy misericordioso como el Padre? ¿Busco la felicidad lejos de Dios, fuera de la casa del Padre? ¿Reconozco mis errores, me arrepiento y pido perdón a mi Padre Dios? ¿No seré como el hijo mayor, que aun estando en casa con el padre, era el que estaba más lejos?

Hermanos, Dios nos ama siempre, incluso aunque estemos en pecado; de hecho, lo que realmente hace posible la conversión, es el amor infinito de Dios. Algo inimaginable para nuestra limitada forma de amar.

Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¡Feliz domingo para todos!

Mons. Cristobal Ascencio García

Obispo de Apatzingán

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