Ex seminarista abusado sexualmente por Zanchetta dice que este les presionaba con su amistad con el Papa

ACNmarzo 15, 2022

Alejado de la Iglesia, M.C., uno de los dos exseminaristas que denunció al obispo emérito Gustavo Zanchetta por abuso sexual, habló por primera vez con la prensa. Luego de la inédita sentencia de la semana pasada, por la que se condenó al religioso a 4 años y medio de prisión efectiva, el joven apuntó contra la institución religiosa. Aseguró que no tuvo apoyo y que al exobispo lo protegen. “Presumía de su amistad con el Papa, de que entraba a su habitación”, advirtió sobre la cercanía entre ambos, lo que, aseveró, les “generaba presión”.

El joven contó cómo fueron sus siete años en el seminario y cómo, de a poco, se fue armando el escenario fértil para los abusos a partir de la manipulación de los jóvenes. Aseguró que realizar la denuncia implicó un camino largo y que recibió presiones para no asentarla. “Pensé que estaba loco”, indicó, sobre las dudas que llegó a tener sobre los abusos que sufrió. Desde que realizó la denuncia, contó, la Iglesia lo abandonó a su suerte y sufrió perjuicios que lo llevaron a dejar Orán. “Yo no tenía abogado que me defienda y él tiene dos”, destacó. Además, se refirió a la malversación de fondos cuando Zanchetta estaba a cargo del obispado y cuestionó su designación en el Vaticano pese a que ya se habían realizado denuncias internas.

¿Cuándo y hasta cuándo estuviste en el seminario?

Ingresé cuando tenía 19 años, ahora tengo 28. Entré con otro encargado de la diócesis, monseñor Colombo, a él lo nombraron en La Rioja y llegó Zanchetta. Básicamente, todo mi seminario fue con Zanchetta, siete años. Todo lo que pasé y viví fue un proceso más largo, a diferencia de otros chicos.

¿Cómo vivieron en el seminario?

La verdad que la pasamos mal. Si bien entramos todos con la ilusión de ser sacerdotes, de servir a la gente en nombre de Dios, vivimos momentos muy duros, de mucha discriminación, de mucho maltrato y dolor porque la Iglesia intentaba ocultar todo lo que se vivía. Discriminación porque éramos negros y él (Zanchetta), venía de Buenos Aires, era un tipo blanco y nosotros éramos negritos del norte. Éramos para él prácticamente nada. Nos discriminaba también a compañeros por ser gordos, por estilo de vida, había gente ahí adentro que tenía 30 años y los trataba como un viejo que no servía para nada. En la denuncia están las cosas que vivimos.

¿Había un grupo selecto, de preferencias, con regalos y permisos?

Había un grupo selecto, permisos y regalos y viajes que te obligaba a hacer. Yo entre comillas pertenecí a ese grupo, pero no me quería dejar llevar por todo lo que él hacía. Te ofrecía camperas, buzos, computadoras, dinero.

¿Con qué argumento ofrecía dinero?

Sufrimos mucha manipulación, muchos vienen de familias humildes. Yo también vengo de una familia que a veces no tuvimos para comer y, con ese argumento, él manipulaba mucho. Te tocaba donde eras más frágil.

¿Y en tu caso cuál era esa fragilidad?

Mi mamá tuvo un derrame cerebral, tiene una salud delicada y él se aferraba a eso. Yo me crié sin mi papá, nunca supe quién era y él se aferraba de esa carencia de una figura paterna en mi vida. Me decía “yo soy tu nuevo papá, Dios me puso acá”. A veces parecía de buena onda, de que quería ayudar, pero todo fue manipulación.

¿Presumía de su amistad con el Papa?

Si, él siempre presumía de que era amigo del Papa, de que lo llamó el Papa o que lo llamó él y le contó de nosotros. Estando en ese lugar, la máxima autoridad era el Papa. Nos movía el piso, era como decir “guau, realmente viene codeándose con la gran sociedad”. Cuando volvía de Roma, decía: “Estuve con el Papa, estuve en la cama del Papa”.

¿En qué sentido lo decía, como muestra de la llegada que tenía a la intimidad del Papa?

Sí, como diciendo “es muy amigo mío, muy íntimo mío”. Eso nos presionaba, ahí mostraba su autoritarismo y poder. Decía “yo puedo cerrar el seminario”, “a mí no me contradigas porque soy el obispo”.

¿Eso te limitaba para ponerle límites?

Limitaba en este doble discurso, porque se decía amigo del Papa y terminaba maltratando a los chicos porque no había pan. A veces iba a comer con nosotros y no sabíamos que iba, no tenía por qué ir porque además es otro foro diferente al del obispo. Nos sentíamos presionados por el hecho de que él nos chapeaba que era amigo del Papa, que el Papa lo protegía

¿Y crees que es así, que el Papa lo protege?

No solamente lo protege, sino que en este proceso lo vi, quiso mostrar su poderío. No solamente por exiliarlo de Orán y darle un puesto de trabajo (en el Vaticano). Cuando sabíamos todos los problemas administrativos que había en la diócesis y los que traía de Quilmes, darle un puesto económico ahí y ahora mandarlo custodiado por dos abogados canonistas. A veces te sorprende porque, ¿las víctimas en qué quedan?

Muchos preguntan por qué, si no eran menores, no le pusieron límites ante los abusos.

Sí, la verdad que sí. Pero en ese momento no era tan fácil, porque no es que hubo un hecho puntual, de decir “vengo y te meto un dedo en la boca y te apoyo”. Hubo todo un trabajo de manipulación. En ese momento yo no me daba cuenta de lo que pasaba. Cuando ya estaba a punto de salir del seminario comienzo a hablar con un cura y ahí abro los ojos y me doy cuenta de todo lo que habíamos vivido. Estábamos muy manipulados, no llegábamos a entender la dimensión de todo lo que había hecho y cómo había comenzado su proceso, desde la más insignificante cosa hasta llegar a eso. No era fácil sacarlo, empujarlo.

Al último, cuando ya estaba por salir, nuestra relación (con Zanchetta) era más agresiva. Cuando él se fue, conmigo no se fue bien y ahí comencé a abrir los ojos. Si bien seminaristas de ese momento que hoy son curas decían “se va el obispo” y se ponían tristes, yo no sentía nada. Incluso él me preguntó cómo me sentía. Yo estaba en el seminario acá en Salta y llamó y dijo que, por temas de salud, se iba a Roma. Le dije que estaba tranquilo y se molestó porque quería que lo llore, yo no sentía que era un desapego afectivo. Ya veníamos sabiendo y viviendo lo que se había hecho con los curas, que se lo había denunciado canónicamente en la Nunciatura.

Esas denuncias ante la Nunciatura, ¿incluían los relatos de ustedes?

Sí, cuando fue la denuncia del padre Martín y otros sacerdotes no hubo relatos nuestros sino de otros chicos del seminario, mayores que nosotros. Después, cuando el obispo (Scozzina) nos pidió, hicimos una carta que la adjunté a la denuncia. Así que sabía cuando se iba, por qué era.

¿Por qué se fue?

Porque hubo de parte de los sacerdotes denuncias de malversación de fondos, de abuso de poder y abuso sexual, todo lo que se vivía acá.

Sabiendo por qué se iba, ¿cuál fue la sensación al verlo luego en el Vaticano?

De que si te portás mal, te premian, vos querés ser correcto y no. Salió un cura a decir que no hubo malversación de fondos y la hubo, porque incluso él mismo hizo perder esos cuadernos que faltaban, del Instituto Muguerza.

En la denuncia reconoce que hubo un faltante de cerca de $500 mil. Incluso se le robaba a la gente, porque el Muguerza no tenía título avalado por el Ministerio e iba mucha gente porque Zanchetta decía que sí. Es difícil creer que la Iglesia se aproveche de la necesidad de la gente y el deseo de superarse y querer tener un título.

El puesto que le asignaron en el Vaticano fue en el APSA (Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica), relacionado con lo económico.

Sí, lo llevaron a un puesto que tenía que ver con algo económico sabiendo aún que tenía problemas económicos en Quilmes y en Orán también los tuvo. Y el Papa: “Te portaste mal, te premio con un puesto económico”. Allá tuvo casa y comida diaria. Cuando vos salís del seminario es “arreglátela como puedas. ¿No tenés para comer?… No me interesa si tenés para vivir”.

El exseminarista ahora vive en Salta. JAN TOUZEAU

¿Se sintieron acompañados en la denuncia?

Por algunos curas sí. Yo me aferré mucho a un sacerdote y le conté lo que pasaba, lo que vivía, todo el trauma y todo lo que yo sentí que se rompió dentro mío, por el hecho de entrar con una ilusión, sin nada y dudando de todo.

¿Qué se rompió?

Yo quería ser cura, vivir una vida de celibato y entregarme a Dios. Y se rompió mi sueño, esas ganas de postrarme y decirle “aquí estoy Señor”. Hoy dudo de la Iglesia y de la existencia de Dios. Llegué a un punto en que no sé si existe, para no generar bronca hacia él, digo “no existe”. Prefiero creer que no está a pensar que permitió todo esto. Hoy se sigue con esa obsesión por protegerlo, dejarlo bien parado.

No me interesa saber de la Iglesia, nada que tenga que ver con ese entorno. También porque me sentí por la Iglesia, y lo digo especialmente por (el actual obispo de Orán) Luis Scozzina, abandonado. También por los sacerdotes de la diócesis. Yo estaba en los últimos años de teología y compartimos retiros, muchas cosas, y nadie se acercó a preguntarme cómo estaba. Acá en Salta, tampoco.

¿Por qué no estás viviendo en Orán?

Cuando salí del seminario, salí con las manos vacías luego de 7 años. Me intentaron compensar con un título del Muguerza. Después me enteré de que ese título no era avalado por el Ministerio de Educación. No solo se me mintió a mí, sino a toda la gente que pagó durante años para ir ahí. Creo que ahora está avalado pero para la gente que estudió antes, no.

¿Cuál era el título?

Profesor de Ciencias Religiosas y Filosofía. Cuando terminé, me di cuenta de que no tenía el aval, me tiré un lance y fui a un colegio privado, pensé que en nuestro entorno tal vez nos daban trabajo de algo. Me acuerdo clarito de que fui y la directora me dijo “¿vos sos el que denunciaste a Zanchetta, no?”. Ahí sentí que la sociedad me había tildado y estaba limitado. En un colegio privado que pertenece al obispado, me dijeron que llevara el currículum, que tenían horas libres y me las iban a dar. Nunca me llamaron. Después de que hice la denuncia se cerraron muchas puertas.

¿Cómo sobreviviste al salir del seminario?

Con lo que me ayudaba mi familia. Decidí irme de Orán y buscar otros caminos. Decidí empezar desde cero aquí en Salta. Allá ni el obispo ni ningún cura se ofreció para decir al menos “che vení a limpiar la iglesia y te pagamos algo”. Además fue difícil todo el proceso, fue cansador, tedioso. Teníamos que ir a tal iglesia a hacer la reconstrucción de los hechos y veía cómo la gente de la iglesia ya no te trataba igual, que los curas te miraban mal.

¿Había enojo hacia vos?

Había enojo hacía mí, desde el obispo (Scozzina). Después de la denuncia tuve una reunión con él y fue el quiebre total, nunca más me mandó un mensaje. Fui y hablamos sobre lo que pasó, de la denuncia y él me salió diciendo que no era así, minimizando, como sigue haciendo hoy, tratando de calmar todo y que no se siga con esto.

¿Pensaste que iban a tener una sentencia favorable para ustedes?

Tenía más fe en la Justicia civil que de la Justicia eclesial. Me pareció tanta mentira que nos llevaran a declarar a Tucumán, y se encajonó todo. Nunca recibimos una respuesta concreta. La respuesta siempre fue “todo está bajo secreto pontificio” y hasta el día de hoy no hay respuesta concreta de lo que pasa.

¿Pensaban que nadie les iba a creer?

En el momento de hacer la denuncia no sabía si estaba haciendo lo correcto. Era tanta la presión de afuera de: “No hagas, no pasó nada, no es como vos decís”. A veces te llegaban a hacer sentir loco. A veces los curas, el obispo, te decían que no fue así y hoy me doy cuenta de que trataron de tapar y minimizar. En un momento me sentí loco, que ya no sabía quién era, me perdí. Era tanta la presión que se vivía de afuera y te taladraban tanto la cabeza… La fiscal fue un sostén muy fuerte, porque nos escuchó y nos hizo ver que esa era la verdad, que no era la que se intentaba mostrar a la sociedad.

Se habló en los alegatos de heridas que no se pueden medir y que el camino será largo. ¿Qué viene ahora, luego de la sentencia?

Viene paz, tranquilidad de saber que nos creyeron y no se dejaron intimidar por más que llevó dos abogados de Roma para asesorarlos.

¿Se sintieron presionados por los abogados canonistas que acompañaron a Gustavo Zanchetta en el juicio?

Sí, yo no tenía para pagar un abogado y no sabía qué abogado realmente se la iba a jugar en este caso, porque era plantársele a una autoridad de la Iglesia. Por eso realmente admiro la valentía de la fiscal (Soledad Filtrín Cuezzo) que se la jugó y nos defendió hasta el final.

Luego de la sentencia se lo dije a todos los chicos: esta es una pequeña parte de todo lo que se vivió. Pero ahora sigue nuestro trabajo particular, de ir sanando esas heridas que quedarán para toda la vida y que cuesta mucho cerrar.

La Iglesia, desde el Papa hasta Scozzina y muchos sacerdotes de la diócesis, hacen la vista gorda a la situación. Hay un canonista que está hablando, (Francisco Javier) Iniesta, que a toda costa lo defiende a Zanchetta y te da bronca por el hecho de que a nosotros no nos mandaron a nadie de la Iglesia, alguien que dijera “che no sabemos si es verdad o no, pero te queremos acompañar”. Nosotros le dimos todo a la Iglesia y la Iglesia, que supuestamente es madre, te asesina, te fusila, te pone presión. Porque decís, “yo no tengo abogado que me defienda y él tiene dos”. Sorprende la indiferencia de muchos curas, que incluso son licenciados en moral que niegan y minimizan todo y no creen en nada de lo que pasó. Después del seminario llegué a tener un pico de estrés por todo lo que pasaba y ninguno fue capaz de ayudar, cuando comíamos de la misma mesa. Duele. Eso genera más heridas que las que ya se cargan, porque decís, así como la Iglesia te eligió, no te eligió, porque hoy te abandona y te deja, si no estás de su parte no estás con la Iglesia. La Iglesia busca presionarte, busca que abandones todo y cubrir todo lo que realmente se vivió. El obispo (Scozzina) ahora manda una carta. Es una falta de respeto total, cuando nosotros estuvimos llorando en su oficina, pidiendo ayuda, es una carta de impunidad, da bronca. Me decepciona la institución que tanto habla de las leyes de Cristo, pero cuando se trata de sus ungidos, sacerdotes, obispos, no se cumple. Tanto derecho canónico, tanta moral, tanto dicen lo que está bien hacer y lo que no, y ellos no lo cumplen.

 

ARGENTINA.

EL TRIBUNO.

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