Un largo camino de transformación

Pablo Garrido Sánchezmarzo 12, 202270 min

Si preguntamos a la Biblia para qué estamos los hombres en este mundo, sacamos en conclusión que la finalidad consiste en una gran transformación a largo de los años, que nos dé como resultado un perfil personal lo más cercano a la voluntad de DIOS concretado en cada hombre y mujer. Todo en el hombre es modificable mientras esté en este mundo; y las variaciones deben producirse en la línea del bien y la verdad. La Biblia no esconde ni por un momento las regresiones personales o de la comunidad en su conjunto. DIOS cuenta con los fallos, negligencias y pecados de los hombres y no abandona por eso la causa de la humanidad. DIOS es fiel al compromiso adquirido de una tarea de restauración incesante: “Oh DIOS, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (Cf. Slm 80,3). Esta súplica sale de lo más hondo del corazón creyente, porque el hombre se siente imperfecto e inacabado; pecador y profundamente herido. DIOS tiene un problema muy grave con el hombre que lo niega, porque le ata las manos y no puede hacer nada por ese hijo. Lo expone muy bien san Pablo: “si sufrimos con ÉL, reinaremos con ÉL; si morimos con ÉL, viviremos con ÉL. Si lo negamos, también ÉL nos negará, si somos infieles, ÉL permanece fiel” (Cf. 2Tm 2,11-13). El Apóstol sabía muy bien lo que decía, pues la infidelidad es perfectamente corregible, pero la negación es el descarte radical del amor de DIOS. La Biblia no se propone exponer una demostración de la existencia de DIOS, pues parte del principio evidente de su existencia por el hecho de mostrar ante los ojos humanos una creación sobrecogedora, que no se ha hecho a sí misma, y necesita por tanto de un CREADOR. Si ante esta evidencia el hombre no se aviene a reconocer a DIOS, las siguientes etapas en el camino de la revelación personal y consiguiente transformación resultan imposibles. DIOS puede esperar a que el hombre resuelva los infinitos absurdos en los que se pueda envolver para justificar su negativa ante lo evidente. La Biblia da por hecho que DIOS existe; y, más aún, se revela al hombre con el fin de mostrarle cercanía y Providencia. En nuestra vida cotidiana admitimos como principio de realidad que algo surge o acontece, porque algo o alguien lo ha pensado y ejecutado. Sin embargo las elocubraciones cargadas de escepticismo rompen con el principio de causalidad cuando se trata de atribuir al Universo la necesidad del CREADOR para su existencia, que el sentido común acepta sin más titubeos. Si nos queremos poner académicos le damos una vuelta para decir, que DIOS no necesita de la Creación, pues su trascendencia pertenece a su misma esencia; pero la Creación sí precisa de su existencia y acción creadora; y la Biblia así lo confirma desde las primeras líneas. El segundo relato de la Creación dispone que el hombre está siendo modelado por DIOS, al que insufla un “aliento divino”-ruah-. Y si continuamos leyendo, DIOS no se aleja del hombre ni cuando éste  transgrede sus mandatos. Este comportamiento de DIOS se ajusta  a la naturaleza misma del hombre dada por el mismo DIOS. Lo importante para el hombre después de aparecer en este mundo es responder al fin último. Estamos en este mundo para algo, que al mismo tiempo debe redundar en el propio perfeccionamiento. Lo que el Génesis nos revela sobre nuestra identidad de imagen y semejanza de DIOS (Cf. Gen 1,26), ¿cuándo se logra? Por nuestra pertenencia al tiempo y el desarrollo de los procesos, estamos llamados a lograr cotas de mayor aproximación en cuanto “imagen y semejanza de DIOS”. Podemos advertir que con el paso del tiempo apreciamos más lo bueno, lo verdadero, lo justo o lo bello; estamos dispuestos para valorar con preferencia la misericordia, el perdón o la humildad. Si esto es así, probablemente tengamos unos indicadores fiables, que nos señalan la buena dirección. Las transformaciones personales auténticas se orientan en la línea del fin último para el que DIOS nos ha dispuesto. Nuestras transformaciones suelen mostrar la versión de las fases de crecimiento que con frecuencia vienen de la mano del dolor o el sufrimiento: “si sufrimos con ÉL, reinaremos con ÉL”. Una enfermedad, un contratiempo serio, la muerte de un familiar cercano, pueden operar como factores extraordinarios para adoptar una mirada interior diferente frente a todo lo que nos concierne. Después de una experiencia significativa de sufrimiento la escala de valores fácilmente queda modificada en orden a un mayor perfeccionamiento. Vamos caminando hacia la Pascua y el Paso que JESÚS realiza de este mundo al PADRE, lo da cuando hunde sus pies en el atroz sufrimiento de la Cruz. En más de una ocasión vamos a tener que mirar de frente a las escenas de la Pasión para ver y experimentar la transformación auténtica que viene por la conjunción de nuestros dolores y sufrimientos unidos a los de JESÚS: “sus heridas nos han curado” (Cf. Is 53,5).

 

Cinco etapas

En los evangelios encontramos sin atender a una disposición sistemática, cinco etapas que cubren el ciclo vital de una persona. La infancia: “dejad que los niños se acerquen a MÍ” (Cf. Mc 10,14). Los adolescentes que aparecen están en situación crítica: la hija de Jairo, el  jefe de la sinagoga (Cf. Mc 5,21ss); el hijo del funcionario real, en el segundo signo realizado en Caná de Galilea (Cf. Jn 4,46ss); el joven hijo de la viuda de Naim (Cf. Lc 7,11ss); y el adolescente con ataques espasmódicos que torturaban al muchacho (Cf. Mt 17,14ss).La etapa de la juventud: el joven entre la multitud tiene los cinco panes de cebada y los dos peces, que se multiplicarán para dar de comer a cinco mil hombres sin contar mujeres y niños (Cf. Jn 6,10); en el mismo evangelio de san Juan un joven ciego de nacimiento es curado por JESÚS (Cf. Jn 9,1-7); en el evangelio de Marcos un joven interpela a JESÚS sobre el modo de vivir para alcanzar la vida eterna (Cf. Mc 10,17-22). La etapa adulta recoge la mayor parte de los encuentros que sostiene JESÚS. La quinta etapa o recta final de la vida la denominamos vejez y ancianidad, aunque estos términos en la actualidad los cubrimos con el eufemismo de los mayores. Para este último tramo, san Lucas menciona a los padres de Juan Bautista, que habían llegado a la vejez sin descendencia (Cf. Lc 1,5ss); y en estos primeros capítulos aparecen dos ancianos entrañables: Simeón y Ana de Fanuel (Cf. Lc 2,33ss). El evangelio de san Juan menciona a dos miembros del Sanedrín, y se da por hecho que eran mayores, o ancianos: nos referimos a Nicodemo y a José de Arimatea, que procuró el sepulcro para JESÚS. En ningún caso la Biblia realiza un estudio sistemático de materia alguna, y sólo podemos acercarnos a ella en busca de señales que nos sirven para alimentar la Fe.

 

La adolescencia

La pubertad y la adolescencia constituyen una fase de la vida de grandes cambios biológicos y anímicos. También en los evangelios se recoge la turbulencia de esa etapa. El padre del muchacho supuestamente epiléptico está en una situación límite, lo mismo que su hijo, y acuden a JESÚS. La descripción de los síntomas por parte del padre es de una gran dureza: “el mal espíritu en ocasiones lo ha arrojado al fuego y al agua” (Cf. Mt 17,15). El mal espíritu quiere acabar con el adolescente arrojándolo a todos los fuegos posibles; o ahogándolo en cualquiera de las angustias más asfixiantes. La gran vitalidad de la adolescencia mal orientada y vivida se vuelve letal para el propio sujeto. El padre padecía la gran enfermedad de su hijo sobre el que había perdido todo tipo de autoridad paterna, y desesperado le dice a JESÚS: “si algo puedes, ayúdanos”. Los cambios producidos en la adolescencia pueden poner rumbo a lugares muy alejados de la cordura, el bien y la verdad; y el retorno puede darse si queda un substrato que actúe de brújula orientativa hacia la casa del PADRE. Con todo hay que prever lesiones y accidentes de cierta consideración, de los cuales también habrá lecciones que aprender. Siguiendo un cierto orden inverso ampliamos el foco para mirar al muchacho que iban a enterrar en la localidad de Naim. JESÚS actúa con poder al ver a la madre que era viuda; y, por tanto, con grandes dificultades para abrirse paso en aquella sociedad. En este caso, la muerte había sido más fuerte que la explosión de vitalidad de la adolescencia, y no sabemos las causas. Aquel adolescente es devuelto a este mundo después de haber tenido una experiencia de otros niveles espirituales gracias al poder transformador y restaurador de JESÚS. Este es el punto clave a considerar: por encima de los imponderables humanos está el poder de JESÚS para dar el cauce conveniente a una vida, que está llamada a desarrollarse con plenitud cristiana. Como en el caso del muchacho epiléptico, este joven recién vivificado es entregado a su madre para que lo sigua acompañando en su educación y crecimiento personal.

El tercer caso lo encontramos en la muchacha de doce años, hija del jefe de la sinagoga de Cafarnaum. Es muy lícita la lectura alegórica de este relato de milagro. Acabada la infancia, el régimen de vida dictada por la Ley anuló la capacidad de desarrollo de aquella muchacha que estaba llamada a ser un signo de fecundidad providencial para el Pueblo de Israel. La Ley y la sinagoga no tenían capacidad de ofrecer la vida, y sólo estaban favoreciendo la anulación de los mejores. La humillación del padre y jefe de la sinagoga, yendo en busca de JESÚS salvó a la muchacha y a la familia. JESÚS en gesto de Resurrección tomó a la muchacha de la mano, la levantó de la cama, ella echó a andar, y les mandó a los padres que le dieran de comer, pues la muchacha había renacido a la verdadera vida de los hijos de DIOS por la acción de JESÚS.

El hijo del funcionario real cae enfermo y el padre acude a JESÚS para que lo sane, pero en todo esto muere el muchacho, y en ese punto sin retorno humanamente tiene lugar el signo, el segundo milagro que JESÚS realiza en Caná de Galilea según el evangelio de san Juan (Cf. Jn 4,46). La adolescencia se muestra como una etapa crucial en la que se abandona la infancia y la interdependencia de los padres como se consideraba solamente unos meses antes. La acción transformadora de la Gracia debería actuar de forma muy notoria para resolver el salto que el individuo opera en orden a su personalización. El adolescente puede comenzar a percibirse muy lejos de las posiciones paternas, pues  el mundo interno que emerge lo hace en oposición a lo que lo rodea. Al acercarnos a los evangelios vemos la gran encrucijada en la que se encuentra el ser humano en esta etapa de su desarrollo, pues sin duda alguna no se volverá a producir en el resto de sus días. Tres adolescentes acaban en el límite de la muerte, y uno de ellos es descrito como una víctima de agentes poderosos que lo intentan destruir. Si la adolescencia echa un tupido velo sobre la infancia, la juventud y la adultez hace lo propio con respecto a la adolescencia, pero algunos condicionamientos persistirán y con frecuencia sin ser identificados.

 

Los niños

En una sociedad donde los niños por sí mismos cuentan poco, sorprende que JESÚS los ponga como modelos de seguidores: “dejad que los niños se acerquen a MÍ, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos” (Cf. Mc10,14). El niño no es oro de veinticuatro quilates, pero ofrece aún unas características que lo hacen especialmente receptivo a la Gracia. Dentro de una familia normal, el padre y la madre constituyen para el niño los modelos de identificación en los que va a fundamentar principios y valores. Esta base de cimentación es capital para sortear con éxito los giros más o menos bruscos que la vida va a producir. La infancia actual de los niños está expuesta a todo tipo de estímulos, unos mejores y otros claramente perjudiciales. Se procura que el niño haga acopio de habilidades diversas, aprenda varios idiomas, practique con destreza distintos deportes y sea muy diestro en las nuevas tecnologías. Pero la mayoría tienen un vacío  total de  contenidos cristianos: el niño no sabe de JESUCRISTO, los padres no tienen tiempo para orar con el niño, pues muchos de ellos se han olvidado de las oraciones básicas, y con mucha frecuencia dejan que el Bautismo dependa de la decisión del niño a una edad cercana ya a la adolescencia. Con este panorama los futuros muchachos carecerán de los recursos que la Gracia podría ofrecerles para afrontar los retos del futuro. ¿DIOS puede intervenir en algún momento? De eso no nos puede caber duda alguna, pero no sabemos el grado de impedimento que ha creado la negligencia de los mayores.  “Dejad que los niños se acerquen a MÍ y no se lo impidáis”. Los niños pueden ser impedidos y paralizados en el crecimiento espiritual cristiano. A lo largo de estos comentarios, en semanas precedentes, apuntamos el hecho de estar sumergidos en un cruce de tendencias espirituales enfrentadas, por lo que el niño tampoco va a salir ileso de este complicado escenario, y la responsabilidad primera es de los padres. La infancia es un objetivo prioritario de las fuerzas del Malo. La destrucción moral y espiritual de la infancia pone al futuro individuo en manos de las fuerzas más siniestras. A los niños se les está intentando robar la infancia, haciéndoles creer a ellos y sus padres, que ya son adultos con todos los derechos, si fuera preciso, de denunciar a sus propios padres, si estos no se doblegan ante sus caprichos. Si DIOS desaparece del horizonte vital de los niños y los mayores, cualquier toma de decisión tarde o temprano se verá justificada. Lo que puede quedar en último término es el substrato de la propia naturaleza humana, que es insobornable, pero el individuo puede quedar destruido. La acción de la Gracia tiene como objetivo elevar al hombre a la categoría de cristiano, a la naturaleza humana al estado divinizado propio del Reino de DIOS. El niño está hecho para reconocer en primer término que DIOS es su PADRE.

 

Los jóvenes

Dejamos al joven adolescente para fijarnos en el joven que se va acercando a la edad adulta. El evangelio de san Juan recoge tres figuras jóvenes que llaman la atención: La primera figura es esponsal, el matrimonio que contrae nupcias en la “Boda de Caná” (Cf. Jn 2,1ss). No se sabe el nombre de los contrayentes, y el novio sólo aparece cuando el mayordomo lo llama para felicitarlo por la segunda remesa de vino: “todo el mundo saca en primer lugar el mejor vino, y cuando ya están bebidos el de menor calidad; tú en cambio has dejado el mejor vino para el final” (Cf. Jn 2,10) La segunda parte de la acción de DIOS es la mejor: la acción de la Gracia lleva a término lo que está en el proyecto básico del ser humano. En la multiplicación de los panes y los peces relatada por san Juan, aparece un joven que providencialmente llevaba cinco panes de cebada y dos peces. La finalidad eucarística de este capítulo incluye al joven  que aporta lo que se requiere para realizar el signo. Debemos pensar que aquel joven dio a JESÚS lo que tenía y recibió de ÉL una transformación que lo hizo providencial para todos los que estaban allí convocados. Otro joven encaminado hacia la madurez aparece ciego de nacimiento (Cf. Jn 9,1ss); y los discípulos preguntan sobre el origen del pecado que originó desgracia tan grande: la ceguera, ciertamente, es de las limitaciones más invalidantes, y en aquellos tiempos de modo especial. El signo de la curación del ciego de nacimiento constituye la gran transformación que se verifica entre ver o no ver. Por supuesto que debemos trasladar el signo al campo netamente espiritual. La aspiración profunda y radical del hombre es ver a DIOS. Dicen los místicos, que el mayor tormento tanto en el infierno como en el purgatorio consiste en no ver a DIOS. En el caso de los que optan por negar a DIOS para siempre es atentar contra su propia naturaleza personal de forma radical, infringiéndose una pena extrema. Sin embargo los que están penando en el purgatorio se ven consumidos por el Amor de DIOS al que desean poseer sin lograrlo, y de ahí sus sufrimientos.

El evangelio de san Juan deja entrever la juventud de alguno de los discípulos que siguen a JESÚS. El discípulo amado, que está con Pedro en la mañana de Resurrección es más ágil y corre más que Pedro, llegando primero al sepulcro (Cf. Jn 20,4). La transformación de la Gracia no se iba a detener en este discípulo que la tradición atestigua como autor del libro del Apocalipsis, del evangelio que relata la escena y de otras tres cartas, que forman parte del canon del Nuevo Testamento. Este es el discípulo que tiene ojos para ver al SEÑOR y señalarlo a los otros: “es el SEÑOR” (Cf. Jn 21,7).

No siempre fueron exitosos los encuentros de JESÚS con las personas. También JESÚS, aún siendo el VERBO de DIOS aceptó la oposición, el descuerdo y el distanciamiento. Esto último es el caso del joven rico descrito por san Marcos. JESÚS lo trato con preferencia y lo hizo entrar en la misma esfera del Amor de DIOS: “JESÚS lo miró con cariño” (Cf. Mc 10,21) San Marcos nos cuenta que este joven tenía muchas posesiones y prefirió mantenerse como observante de la Ley, y dejar a un lado las condiciones que JESÚS le ofrecía para entrar en el la dinámica del Reino de DIOS.

 

Los adultos

La mayor parte de las actuaciones de JESÚS están relacionadas con personas adultas según los relatos evangélicos. A lo largo de los tres años de vida pública, JESÚS fue creando un amplio grupo de seguidores, teniendo a los Doce como núcleo. De los setenta y dos nos habla san Lucas (Cf. Lc 10,1ss); pero algunos comentaristas opinan que en algunos momentos los que seguían a JESÚS en la evangelización eran más numerosos. El libro de los Hechos de los Apóstoles señala a ciento veinte en oración (Cf. Hch 1,15) después de la Resurrección, cuando el manifestarse como discípulo de JESÚS era un verdadero peligro. Había que estar en la posesión de una fuerza espiritual especial para afrontar la persecución y la muerte, pues las autoridades no podían admitir la Resurrección del GALILEO de ninguna manera. El testimonio de san Pablo va todavía más allá cuando ofrece el dato de los más de quinientos hermanos que reunidos, no sabemos la ubicación, tuvieron la aparición del RESUCITADO. Dando por bueno este dato, no debemos descartar otras apariciones particulares de JESÚS a muchos de los que lo habían visto y escuchado hacía poco tiempo, pues era preciso confirmarlos en la Fe. Nadie puede ver allí al RESUCITADO sin quedar transformado por ÉL. Pero la inversa no la podemos afirmar, pues muchas transformaciones suceden por la acción de la Gracia y no son percibidas de modo inmediato.

 

La ancianidad

La vejez y la ancianidad de una vida en el seguimiento de JESÚS es el preámbulo o pórtico de entrada a la vida donde toda transformación alcanza su rango definitivo. La vejez y la ancianidad es la etapa de la rendición de cuentas que se anticipa al juicio, deseando al mismo tiempo el ser juzgado por el que puede mantener el juicio veraz. Una vida cargada de años está repleta de cientos de miles de instantes por los que no cabe otra cosa que solicitar la mirada misericordiosa del JUEZ justo. Nadie se conoce a sí mismo como DIOS nos conoce y sabe de los factores condicionantes de todos nuestros actos buenos y malos. La vejez y la ancianidad deben ser una rendición de cuentas de la vida transcurrida, que ya no se puede modificar y sólo entregar en las manos misericordiosas de DIOS. No son muchos los ancianos que aparecen en los evangelios, pero dan las claves para disponer nuestras vidas en la recta final del paso por este mundo. A Nicodemo le dice JESÚS “que debe nacer de nuevo del agua  y del ESPÍRITU” (Cf. Jn 3,5); y Simeón movido por el ESPÍRITU SANTO reconoció entre la multitud al único SALVADOR (Cf. Lc 2,27-28). Hasta el instante final, el creyente va siendo renovado y transformado por la acción del ESPÍRITU SANTO, porque nuestra vida en este mundo es semilla de eternidad.

 

La Fe de Abraham

La Biblia propone a Abraham como modelo acreditado de Fe. En primer lugar, Abraham tiene que desligarse del mundo familiar que lo rodea para ponerse de forma radical en manos del único DIOS, que en lo sucesivo le pedirá cuentas. Abraham se pondrá al servicio de los planes de DIOS y tendrá que seguir su guía e inspiración. El mandato inicial es claro: “sal de tu tierra y  de tu parentela, y vete a la tierra que YO  te mostraré” (Cf. Gen 12,1). La hacienda de Abraham se multiplicaba, él era viejo y su mujer también y no tenían descendencia. Abraham se queja con dolor al SEÑOR, diciéndole que iba heredarlo su capataz, ya que él no recibía hijo alguno. El SEÑOR le dice a Abraham: “sal fuera y cuenta las estrellas si puedes, pues así será tu descendencia” (Cf. Gen 15,5) Abraham creyó lo que YAHVEH le decía sobre el heredero que surgiría de sus entrañas, y aquel acto de Fe le fue computado a Abraham como un acto de perfecta justicia (Cf. Gen 15,6). San Pablo acudirá a este episodio para hacer prevalecer la Fe por encima de la Ley, pues esta última no justifica o hace santo a nadie, sino la confianza amorosa en DIOS y su Palabra. Abraham confía en lo que DIOS le inspira y transmite. El pacto con DIOS comienza en el diálogo con ÉL. Sin diálogo no puede haber conocimiento mutuo; y sin el conocimiento no se llega a establecer el pacto o compromiso. DIOS ya en el Antiguo Testamento deja muy claro que no necesita las cosas del hombre o del mundo, sino al hombre mismo. El tiempo es empleado por DIOS para forjar las virtudes convenientes en el comportamiento humano.  En el ciclo de Abraham recogido en el libro del Génesis, la promesa de la descendencia será reiterada en más de una ocasión. DIOS acepta el lento aprendizaje del hombre, aunque este sea el gran patriarca Abraham. El patriarca ya creía en DIOS, pero progresivamente va dando los pasos para  “creer a DIOS”. Nos percatamos de la diferencia:  son más numerosos los que aceptan la existencia de DIOS, que los devotos de su Palabra, que lo escuchan y obedecen. Creo a alguien, porque me resulta veraz. Tengamos presente, que en el relato del Génesis sobre el primer pecado del hombre uno de los fallos más notorios por parte del hombre es poner en tela de juicio lo que DIOS había dicho: resultó más veraz la palabra de la serpiente, que la Palabra del SEÑOR; y el resultado fue la muerte moral y espiritual con todo el conjunto de desgracias añadidas en el campo físico personal y sus derivaciones en la naturaleza. De algún modo, Abraham rehace con su Fe el desguace de la primera pareja humana de la armadura moral y espiritual que le hubiera permitido al hombre  comportarse como verdadero amigo de DIOS. La Fe de Abraham nos devuelve al campo de influencia del Amor de DIOS.

 

El Pacto con Abraham

El hombre de Fe pide signos y DIOS establece pactos. DIOS habla y protege a Abraham descendencia y patria, y el patriarca pide un signo, pero DIOS establece con él un pacto del que el patriarca sale transformado. El pacto formaliza lo revelado y se mantiene en la misma línea de Fe. El  pacto descrito en estas líneas se mueve dentro de las costumbres de aquellos tiempos. En medio de los animales sacrificados es el SEÑOR quien tiene todo el protagonismo y Abraham será un receptor de la acción providencial de DIOS. Una vez dispuestas en el suelo las mitades de los animales sacrificados, el ritual se prolonga hasta el atardecer cuando a Abraham entra en una especie de sopor, pues es la hora propia en la que DIOS desciende al diálogo con el hombre, según el relato del de los comienzos (Cf. Gen 3,9). Una antorcha de fuego pasó por en medio de los animales sacrificados como señal inequívoca de cumplimiento de todas las palabras del SEÑOR (Cf. Gen 15,12.17). Los pactos establecidos mediante este ritual requería que las dos partes pasaran con las antorchas encendidas por medio de las víctimas sacrificadas; pero en este caso lo hace sólo YAHVEH indicando que Abraham recibe por Gracia todo lo que tiene incluida la Fe que lo justifica. La descendencia se dará y la tierra será poseída a pesar de los contratiempos e infidelidades presentes, y se prolonga en una larga historia que aún no ha terminado.

 

El pacto y la descendencia

“Aquel día firmó YAHVEH una alianza con Abraham, diciendo: a tu descendencia he dado esta tierra, desde el río Nilo hasta el río Éufrates” (Cf. Gen 15,18). La geografía conocida por Abraham abarcaba desde el Nilo hasta el Éufrates y DIOS le señala estos mismos límites para ubicar a la futura descendencia que habría de crecer en Egipto antes de trasladarse a la tierra y tomar posesión de ella. Este texto recoge con bastante anticipación el dato de los cuatrocientos años que los hebreos pasarán en Egipto. El SEÑOR los sacará de allí haciéndoles justicia y los traerá a la Tierra Prometida en el momento oportuno (Cf. Gen 15,14-16.19). Abraham siendo  objeto de grandes revelaciones en ningún momento dejó de vivir su condición de persona  arraigado a la  vida y a la tierra. DIOS le promete una vida larga cargada de años, que va a  superar la de su esposa Sara, que entierra en Macpela, en frente de Mambré. Transcurrido el tiempo de luto por su esposa, Abraham se casa con Queturá de la que tiene varios hijos (Cf. Gen 25,1-2), aunque es Isaac el que DIOS elige para disponer la DESCENDENCIA, que en la interpretación de san Pablo es el propio JESUCRISTO (Cf. Gal 3,16).

 

La Transfiguración

Dos veces en el año la Transfiguración es objeto de celebración solemne: el segundo domingo de Cuaresma, y la propia fiesta de la Transfiguración, el día seis de agosto. Ahora la liturgia también nos quiere preparar a los acontecimientos que dan contenido al drama de la muerte de JESÚS. La debilidad humana asumida por el HIJO de DIOS no rebaja un ápice de su divinidad, y entre otros aspectos, el momento de la transfiguración de JESÚS resalta su condición divina que debemos contemplar también en los momentos más humillantes. De ninguna forma la secuencia de la Transfiguración debe hacernos suponer que los padecimientos de CRISTO fueron aparentes. JESÚS sufrió con toda intensidad la crueldad de sus torturadores y el odio  mortal de los que buscaron su ruina y condenación a muerte. La fortaleza extraordinaria de JESÚS no estuvo en la impasibilidad, sino en la acción del ESPÍRITU SANTO, que condujo al CORDERO manso y humilde al matadero de la Cruz. Resulta sobrecogedor un panorama que se disipa y resuelve con la Resurrección y encuentra un anticipo de la misma en la Transfiguración.

 

La Transfiguración y el Reino de DIOS

“Os aseguro que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte antes de ver el Reino de DIOS” (Cf. Lc 9,27). Los Apóstoles adquieren el rango de testigos de excepción al pertenecer al estrecho círculo de personas que siguen permanentemente a JESÚS; y entre los Doce encontramos a los tres que acompañan a JESÚS en momentos muy especiales. Estos discípulos son Pedro, Santiago y Juan, que en el caso de la Transfiguración abren sus ojos a una realidad inédita hasta ese momento. Van a ser testigos de la Gloria de JESÚS y de la manifestación del PADRE con respecto al HIJO. La Gloria de JESÚS equivale al Reino de los Cielos: “donde YO estoy estaréis también vosotros” (Cf. Jn 14,3). Algunos de los discípulos viven por anticipado la entrada en la esfera de la Resurrección, pero no alcanzan a poner discurso y palabra a lo que han visto y oído; “pues por el momento no hablaron a nadie de lo que habían visto” (v.38)

 

En un tiempo de oración

Deducimos sin esfuerzo, que la oración para JESÚS es una constante, por lo que el episodio de la Transfiguración surgió de forma natural dentro del diálogo permanente en el que JESÚS se mueve: “YO digo todo lo oigo decir al PADRE” (Cf. Jn  8,38;15,15). JESÚS sube a la montaña, que la tradición identifica con el Monte Tabor, al norte del Mar de Galilea y relativamente cerca de las  ciudades frecuentadas por JESÚS.

 

La oración nos modifica

Toda oración es transformante, porque el diálogo con DIOS nos envuelve con su misma Presencia. DIOS que es omnipresente se convierte en el TÚ que andamos buscando cuando lo llamamos con Fe, es decir, dispuestos en una actitud de confianza filial. Nadie como JESÚS cumple con el requisito de abandono amoroso en los brazos de su PADRE, por eso JESÚS es transformado inmediatamente y su apariencia es modificada visiblemente como signo para los discípulos, que en fechas cercanas padecerán el escándalo de la Cruz con gran perplejidad: ¿quién es en realidad el que está siendo ajusticiado y muerto en el patíbulo? No sabemos en cuántos momentos distintos fue objeto de una manifestación gloriosa con los mismos rasgos. Algo similar sucedió en el momento del bautismo en el Jordán, siendo Juan Bautista testigo del hecho (Cf. Lc 3,21-22). El concepto de relación personal, que emana de la oración de JESÚS no está supeditado a este tipo de manifestaciones, sino a los principios dados por el mismo JESÚS en el Padrenuestro. Para JESÚS es suficiente entrar en el ámbito interno, y en lo secreto orar al PADRE del que se debe esperar siempre la recompensa de su Amor entrañable (Cf. Mt 6,6).

 

Moisés y Elías

En una primera fase de la experiencia en el Tabor, los discípulos presencian el coloquio establecido entre JESÚS y los dos grandes representantes de la Ley y los Profetas, respectivamente. Conversaban sobre lo que iba a suceder en Jerusalén. Era importante que  en aquella atmósfera celestial se confirmase la entrega de JESÚS para salvación del género humano. La manifestación mesiánica en Jerusalén iba en la línea del Siervo de YAHVEH, que en nada coincidía con las expectativas triunfalistas de los mesianismos políticos.

 

Extrañas palabras de Pedro

Los discípulos cargados de sueño se mantienen todavía en vela y Pedro toma la palabra para decir algo que no encaja muy bien con lo que en ese momento está sucediendo: “MAESTRO, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Cf. Lc 9,33). Lo significativo de lo que en ese momento vive Pedro y los compañeros es el estado de  beatitud en el que se encuentran, que supera los umbrales de percepción: habían tocado las puertas de la bienaventuranza y daba la impresión que estaban necesitando un periodo de adaptación.

 

Un grado más en la escala

“Estaba Pedro hablando de estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra, y al entrar en la nube se llenaron de temor” (Cf. Lc 9,34). La experiencia de los discípulos en el Tabor se puede incluir dentro de una escala espiritual, que nos ofrece algunos resultados. La condición humana precisa de un proceso de acomodación a las realidades espirituales, que  debe recibir por sucesivas acciones de la Gracia. Por otra parte no se llega por propia iniciativa ni tan siquiera a los umbrales de las regiones celestes. Los discípulos acceden a esta contemplación extraordinaria por especial deferencia del MAESTRO, pero en ningún momento toman parte activa y se limitan a la contemplación de algo que excede todo lo imaginable. Los discípulos son invitados a contemplar por unos instantes otras realidades que están cercanas y al mismo tiempo más allá de este universo. Ambas dimensiones convergen en JESÚS y por eso ÉL mismo es la presencia del Reino entre nosotros. Al entrar en la nube pierden los perfiles contemplados hasta ese momento, pues la nube representa la hondura del MISTERIO que les causa un temeroso sobrecogimiento. Esta es la reacción propiamente humana ante la presencia inminente de DIOS, según nos relatan los diversos episodios bíblicos.

 

La voz del PADRE

“Este es mi HIJO, mi ELEGIDO, escuchadle” (Cf. Lc 9,35). En el corazón de los discípulos  debe grabarse a fuego que aquel JESÚS es el ENVIADO del PADRE, pese a todo lo que sus ojos atónitos van a contemplar al ser ajusticiado JESÚS. El PADRE revela quién es el HIJO y ha puesto en ÉL toda la Verdad que ha de ser transmitida a los hombres. Hay que seguir escuchando lo que el HIJO diga, porque DIOS ha puesto en ÉL toda su PALABRA. “Después de oír la voz se encontraron con JESÚS solo, y ellos callaron y por aquellos días no dijeron a nadie nada de lo que habían visto” (Cf. Lc 9,36). Después de una intensa experiencia espiritual, la prudencia aconseja guardar silencio, porque cualquier palabra resultará torpe e inadecuada. San Pablo refiere que lo contemplado y escuchado en las grandes revelaciones es irreproducible en conceptos humanos (Cf. 2Cor 12,2). El silencio y el tiempo darán sedimentación a una experiencia espiritual, que se convierte en fuente de inspiración para el resto de la vida. El gran privilegio de los discípulos de JESÚS es el de haber participado en un buen número de vivencias que permanecieron grabadas hondamente, de las cuales nosotros somos beneficiarios al estar recogidas en el Nuevo Testamento.

 

San Pablo, carta a los Filipenses 3,17-4,1

Como bien sabemos, las comunidades de Filipos eran muy queridas para san Pablo, pero no deja de advertirlos a la perseverancia en la doctrina que inspira la Fe y en la conducta moral acorde con la enseñanza dada en CRISTO JESÚS. El Apóstol propone una máxima válida para cualquier época: las conductas personales se llevan a cabo en gran medida por el seguimiento de los distintos modelos escogidos. No somos tan autosuficientes como nos creemos en cierto sentido y no disponemos de tantos elementos capaces de elaborar un pensamiento y comportamiento absolutamente personal. Nos sorprendería comprobar la cantidad de elementos, que asumimos como personales, pero en realidad son muletas prestadas, que algunos nos ofrecen con mucho gusto a condición que no nos demos cuenta de ello. San Pablo es el gran maestro de la diversidad de acciones dadas por el ESPÍRITU SANTO, dando como resultado la interdependencia dentro de las comunidades. El Apóstol se cuenta entre los crucificados por CRISTO por los múltiples contratiempos que experimenta en su tarea apostólica, y por eso reclama a los suyos que sigan su ejemplo de abnegación y entrega a los hermanos por CRISTO. El MAESTRO dejó una estela indeleble, pero el ESPÍRITU SANTO en cada época hace surgir ejemplos vivos de una vida en CRISTO. Son esos los modelos a los que el cristiano debe volver la mirada. Nosotros seguimos considerando que la ejemplaridad de los santos es un activo muy importante dentro de la vida de la Iglesia.

 

Los enemigos de la Cruz de CRISTO

“Os lo repito con lágrimas: algunos viven como enemigos de la Cruz de CRISTO” (v.18). El Mal hace perder el sentido para calibrar los valores espirituales. Lo que manifiesta el Apóstol con esta sentencia es un gran pesar, porque algunos han tomado la dirección opuesta al Evangelio propuesto y enseñado desde un principio. El fervor cristiano de los comienzos tuvo en frente de modo radical a una sociedad pagana muy agresiva, y algunos cristianos sucumbieron a la presión ambiental. Como vemos, la cosa no es de los tiempos presentes solamente. San Pablo conoce el riesgo de vivir y la importancia de los compromisos adquiridos, por eso se duele de las negligencias personales que no atienden a la importancia de los momentos que les toca vivir: la figura de este mundo se termina (Cf. 1Cor 7,31).

 

Somos ciudadanos del Cielo

De muchas formas y en todas sus cartas, san Pablo hace alusión al destino último que es la vida con el SEÑOR para siempre. En el versículo siguiente encontramos uno de los textos más importantes en este sentido: “nosotros somos ciudadanos del Cielo de donde esperamos como SALVADOR a nuestro SEÑOR JESUCRISTO, el cual transfigurará este cuerpo miserable en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a SÍ todas las  cosas“ (v.20-21). Tenemos aquí materia suficiente para varias meditaciones que nos ayuden a poner contenido a la Esperanza cristiana: el sometimiento a CRISTO es nuestra glorificación unida inseparablemente a la suya. Sobre argumentos similares, san Pablo creó la urdimbre de la Fe dentro de las comunidades por él fundadas. La mirada había que disponerla hacia CRISTO Resucitado en todo momento, sin omitir el paso por la Cruz. San Pablo no predica sobre los milagros o las enseñanzas de JESÚS, pues el ESPÍRITU SANTO en el momento que el enseña actualiza las mismas palabras de CRISTO. Esta visión será complementada pocos años después de la muerte del Apóstol y se pondrán por escrito las palabras y las obras de JESÚS bajo la luz de la Resurrección. Para cualquier época es vital que los cristianos no perdamos de vista la poderosa transformación que CRISTO realiza en los suyos con el horizonte de la glorificación como punto final de la perfección personal o de la vida en CRISTO. La vida sacramental mantiene en la Iglesia la corriente ordinaria de cristificación, satisfaciendo así el “maná diario” (Cf. Ex 16,4), que pedimos en el Padrenuestro: “danos hoy nuestro PAN de cada día” (Cf. Mt 6,11). JESÚS insistió: “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida Eterna, y YO lo resucitaré en el último día” (Cf. Jn 6,53-54). No es necesario insistir, en que las anteriores palabras se refieren de modo directo a la EUCARISTÍA.

 

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