Ucrania es rusa: Kissinger y Solzhenitsyn. Y adoptar la Agenda Liberal-Progresista, el pecado de los occidentales

ACNmarzo 7, 2022

Estimados amigos y enemigos de Stilum Curiae, ayer publicamos un artículo proveniente del sitio web Zamax, que ilustraba las raíces lejanas del actual conflicto> en Ucrania. Nos parece interesante ofrecerles este segundo artículo -que agradecemos a Zamax- que sigue aportando un trasfondo para entender lo que está ocurriendo en estos dramáticos días. Feliz lectura.

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Ucrania y las culpas de Occidente

En el momento de su desintegración, la Unión Soviética perdió Kazajistán, Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán, Kirguistán, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Moldavia, Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania y tal vez algunos otros terrones de tierra que en este momento no recuerdo. El “Imperio soviético” perdió además los países del Pacto de Varsovia: Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental, Hungría, Rumania y Bulgaria. Entonces Rusia volvió a sus estrechas fronteras “naturales”, y en su aún aterradora inmensidad era la Rusia más pequeña desde la época de Pedro el Grande, cuando San Petersburgo todavía estaba en el estadio de viviendas sobre pilotes.

 

Por eso a principios de este milenio Europa también redescubrió sus fronteras “naturales” y las ha consolidado, aprovechando la extrema debilidad de Rusia, con la entrada de los países del ex Pacto de Varsovia y de los Estados bálticos en la Unión Europea y en la OTAN.

 

Manteniéndose a duras penas en pie, el paquidermo ruso (en el sentido de la inmensidad territorial, bastante en el sentido militar, nada en el demográfico y económico) con el tiempo ha empezado a caminar de nuevo con cierta seguridad y a intentar recuperar parte de su antigua influencia sobre la vasta zona turco-asiática que ha perdido. Algo que a un Occidente no ciego no debería importarle en absoluto.

 

En un contexto mundial marcado por las convulsiones islámicas y el emerger de nuevas potencias asiáticas con una demografía de nueve cifras, habiendo finalizado en forma un tanto precaria las guerras yugoslavas, y decantadas las fricciones por la intervención estadounidense en Afganistán e Irak, parecía haber llegado el momento ideal para intentar enganchar a Rusia, sin absorberla naturalmente, a ese “Occidente cristiano” al que sin duda pertenece, en una especie de colaboración a gran escala en la que, sin embargo, cada uno ocupara su lugar. Europa y Estados Unidos tenían todo el interés en convertir a una Rusia que ya no era hostil y que ya no era percibida como un enemigo, sin necesidad de violar su fisonomía histórico-cultural, sino de moldearla de alguna manera, en una especie de baluarte oriental de esta civilización cristiano-occidental. Esto significaba pensar en grande y con previsión, y al mismo tiempo con ecuanimidad.

 

En cambio, Occidente se dejó llevar por la hybris y, con una ceguera estratégica excepcional, optó por forzar la situación en la línea de esas “fronteras naturales” que se habían restablecido entre Rusia y Europa, con el objetivo explícito de incorporar a Georgia y, sobre todo, a Ucrania a la OTAN. De todas las pérdidas postsoviéticas, la de Ucrania fue sin duda y con mucho la más sentida en Rusia. Desde el punto de vista demográfico, económico, pero sobre todo histórico, cultural y emocional, se puede decir que Ucrania por sí sola contaba más que todos los demás territorios perdidos e independizados tras el colapso de la URSS. Como escribió Henry Kissinger en un artículo de 2014:

 

Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania nunca podrá ser simplemente un país extranjero”.

 

Esto era simplemente un hecho, guste o no, al que no se podía pasar por alto con la lógica del “tanto peor para los hechos”.

 

Ucrania, con sus fronteras administrativas trazadas en los tiempos de la URSS -e independiente desde hace más de una década-, era un país extenso y desigual, y todavía, por así decirlo, irresuelto desde el punto de vista del sentimiento nacional. Además, con la independencia había iniciado un proceso de “ucranización”, inevitable dada la naturaleza de los estados-nación modernos, pero fuente de tensiones. Entre la católica y ex-Habsburgo Lviv (la única pequeña parte propiamente europea de Ucrania) y las tierras rusófonas del este y también del sur del país, hasta Crimea, antaño otomana y ahora mayoritariamente rusificada, había una enorme diferencia de sensibilidad en cuanto al significado y alcance de la palabra “ucraniano”. Sólo el resto del país restituía la imagen de una Ucrania suficientemente homogénea, sustancial o principalmente de habla ucraniana y cristiana ortodoxa.

 

En este contexto, el objetivo de incorporar a Ucrania a la alianza atlántica y, por tanto, también a la Unión Europea, si se persigue obstinadamente, sólo podría conducir a tres resultados:

  • un aterrizaje violento en Occidente;
  • una reabsorción violenta en el mundo ruso;
  • una división violenta del país.

 

De hecho, Ucrania se veía obligada a hacer una trágica elección entre estar en este lado o en el otro. Y en este punto no debemos faltar a la verdad: si hay que hacer una elección trágica, nadie puede negar seriamente que Ucrania pertenece mucho más al mundo ruso -al mundo eslavo oriental cristiano ortodoxo– que al mundo europeo propiamente dicho.

 

Pero Occidente esperaba que la táctica de los anuncios y la labor de propaganda fueran suficientes para poner en marcha, en Ucrania, las fuerzas necesarias para conseguirlo sin tener que recurrir a las pruebas musculares -si no a las de la calle- o a la guerra propiamente dicha.

 

Es bastante improbable que en ciertos círculos políticos de Kiev se comenzara a hablar de Ucrania en la OTAN y en Europa, si no hubiera habido alguna solicitud en este sentido por parte de Occidente y si no estuvieran seguros de contar con algún respaldo importante en Occidente, dado el potencial perturbador de tal dirección política, que no era ajena al deseo de reforzar, si no justamente de forjar un sentimiento nacional ucraniano sobre la base de la hostilidad a Rusia.

 

Nos guste o no, esto era simplemente demasiado para Rusia. No para Putin, sino para los rusos.

 

Como también escribió Kissinger en el artículo antes citado:

 

Incluso disidentes tan famosos como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky insistieron en que Ucrania era una parte integral de la historia rusa y, de hecho, de Rusia”.

 

Desde entonces, las maniobras del Kremlin, que ya estaban en marcha desde hace tiempo, se hicieron aún más acuciantes. Pero ya no se trataba de una lucha sorda, sino en el fondo fisiológica y “legítima” entre potencias extranjeras para ganar más influencia en el país. En un contexto como el ucraniano, con el telón de fondo de la ya milenaria historia de Rusia y Ucrania, agitar el fantasma de la OTAN -de la que, por otra parte, no forman parte países hoy perfectamente integrados en el contexto europeo/occidental como Suecia, Finlandia, Austria, Suiza e Irlanda, sin que ello suponga un gran perjuicio, recordémoslo- significaba ingresar en una lógica cripto-bélica, pero de la que Occidente no quería hacerse cargo: al igual que con las ambiguas primaveras árabes de los años venideros, Occidente esperaba fomentar y cosechar los beneficios.

 

 

La razón, el sentido común, la presencia de ánimo e incluso el sentimiento de imparcialidad, deberían haber aconsejado, en cambio, seguir el camino del acercamiento estratégico a Rusia: colaborar habría significado necesariamente condicionar a Rusia, incluso en el objetivamente delicado escenario ucraniano, si ésta hubiera querido aceptar las ventajas de esta nueva relación. Este era el verdadero realismo, no su caricatura cínica, especialmente después que este realismo miope no lo sabía y ni siquiera lo quería llevar a efecto, y con Rusia había una vacilación esquizofrénica entre los negocios sobre el terreno y la demonización ostentosa de una Rusia “neo zarista y reaccionaria”. Y así fue que la ceguera de uno fue acompañada por la ceguera del otro.

 

En el lejano 2007 escribí que, a pesar de lo que entonces se vaticinaba comúnmente (y a menudo se esperaba), tal y como se estaba configurando el mundo en los albores del nuevo milenio, la alianza entre Estados Unidos y Europa no sólo seguiría teniendo sentido, sino que sería “inevitable”. Lo confirmo. Pero lamento inmensamente que esto se confirme con un asunto en el que las culpas de Occidente son gravísimas. Y la razón de esto radica en el hecho que el mundo político liberal-progresista ha hecho suya, descaradamente, desfigurándola, la causa de Occidente sobre la que antes del derrumbe de la URSS, expresaba todo su desprecio; y que el mundo conservador no ha sabido responder a esta jugada oportunista, y de hecho se ha adaptado a la agenda progresista en este asunto, como ha hecho en los demás, so pena de excomunión de los nuevos “occidentalistas” jacobinos, muy a menudo ex marxistas de cabo a rabo.

Traducción al español por: José Arturo Quarracino.

Marco Tossati.

Roma, Italia.

6 de marzo de 2022.

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