Reitera Francisco su visión y demandas internacionales, ante el cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede

ACNenero 10, 2022
Algunos de los temas destacados del discurso pronunciado este lunes por el Papa Francisco en su encuentro anual con los embajadores acreditados ante la Santa Sede, son reiterativos de lo que ha expuesto a lo largo de su pontifoicado. Estos son:
* “El tema migratorio, así como la pandemia y el cambio climático, muestran
claramente que nadie se puede salvar a sí mismo, es decir, que los grandes desafíos de nuestro tiempo son todos
globales”.
* “Quien posee armas, tarde o temprano acaba usándolas, ya que, como decía San Pablo VI,” no se puede amar con armas ofensivas en la mano “.
* “La Iglesia Católica siempre ha reconocido y valorado el papel de la educación para el crecimiento espiritual, moral y social de las generaciones más jóvenes”. 
* “Prevención e inmunización (…) la falta de firmeza en la toma de decisiones y claridad comunicativa genera confusión, genera desconfianza y socava la cohesión social, alimentando nuevas tensiones. Se establece un” relativismo social “que lesiona la armonía y la unidad. ” (…) “Desafortunadamente, hay que reconocer con tristeza que el acceso universal a la atención médica sigue siendo un espejismo para vastas áreas del mundo”.
En su audiencia al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Papa Francisco se detuvo en las consecuencias sanitarias, económicas y sociales de la pandemia. Insistió en la cura necesaria para afrontar el problema. Hizo un llamamiento contra las guerras y en favor de los migrantes, que no son “mercancías con las que se puede comerciar”. Del pensamiento único afirmó que no se deben “borrar las diversidadades para ser inclusivos”. E insistió en “esclarecer los abusos”

Vatican News

El Papa Francisco celebró el esperado encuentro anual con los miembros del Cuerpo diplomático ante la Santa Sede, para el tradicional intercambio de felicitaciones al inicio del nuevo año. En su amplio discurso – tras recordar que acaba de concluir el tiempo litúrgico de Navidad, que se caracteriza por ser un período “privilegiado para cultivar las relaciones familiares” – el Pontífice afirmó que deseaba continuar hoy con el mismo espíritu, en este encuentro que los vio reunidos “como una gran familia, que se encuentra y dialoga”. Además, destacó que el “objetivo de la diplomacia” es “ayudar a dejar a un lado los desacuerdos de la convivencia humana, favorecer la concordia y experimentar cómo, cuando superamos las arenas movedizas de los conflictos, podemos redescubrir el sentido de la profunda unidad de la realidad”.

Luces y sombras de nuestro tiempo

El Santo Padre agradeció la presencia de los embajadores en este “encuentro de familia”, que representa una “ocasión propicia” – dijo – para formularse recíprocamente sus mejores deseos para el año nuevo y para considerar juntos las luces y sombras de nuestro tiempo. Francisco tomó la palabra después de la introducción del Decano, George Poulides, Embajador de Chipre, a quien Su Santidad le agradeció sus palabras en nombre de todo el Cuerpo diplomático.

Lucha contra la pandemia

Destacó asimismo que, a través de ellos, deseaba hacer llegar su saludo y afecto a los pueblos que representan y recordó que muchos de ellos llegaron de otras capitales para unirse al nutrido grupo de los embajadores residentes en Roma, “al que en breve también se agregará el de la Confederación Suiza”. Dirigiéndose a los “queridos embajadores”, Francisco, afirmó:

“En estos días vemos cómo la lucha contra la pandemia requiere aún un notable esfuerzo por parte de todos y cómo también el nuevo año se presenta desafiante. El coronavirus sigue creando aislamiento social y cosechando víctimas y, entre los que han perdido la vida, quisiera recordar al recientemente fallecido Monseñor Aldo Giordano, Nuncio Apostólico muy conocido y estimado en el seno de la comunidad diplomática”

Tras destacar que se ha podido constatar “que en los lugares donde se ha llevado adelante una campaña de vacunación eficaz, ha disminuido el riesgo de un avance grave de la enfermedad”, el Papa dijo que “es importante que se continúen los esfuerzos para inmunizar a la población lo más que se pueda”. Lo que requiere, prosiguió, “un múltiple compromiso a nivel personal, político y de la comunidad internacional en su conjunto”.

Cura de realidad

Después de afirmar que “todos tenemos la responsabilidad de cuidar de nosotros mismos y de nuestra salud”, y que “el cuidado de la salud constituye una obligación moral”, Francisco lamentó que se constata cada vez más que “vivimos en un mundo de fuertes contrastes ideológicos”.

“Toda afirmación ideológica cercena los vínculos que la razón humana tiene con la realidad objetiva de las cosas. En cambio, la pandemia nos impone una suerte de ‘cura de realidad’, que requiere afrontar el problema y adoptar los remedios adecuados para resolverlo. Las vacunas no son instrumentos mágicos de curación, sino que representan ciertamente, junto con los tratamientos que se están desarrollando, la solución más razonable para la prevención de la enfermedad”

En cuanto a la política el Obispo de Roma dio que “debe comprometerse a buscar el bien de la población por medio de decisiones de prevención e inmunización, que interpelen también a los ciudadanos para que puedan sentirse partícipes y responsables, por medio de una comunicación transparente de las problemáticas y de las medidas idóneas para afrontarlas”. Además, aludió a la “falta de firmeza decisional y de claridad comunicativa” que “genera confusión, crea desconfianza y amenaza la cohesión social, alimentando nuevas tensiones”, de manera que “se instaura un relativismo social que hiere la armonía y la unidad”.

Después de manifestar la necesidad de “un compromiso global de la comunidad internacional, para que toda la población mundial pueda acceder de la misma manera a los tratamientos médicos esenciales y a las vacunas”, el Santo Padre dijo textualmente:

“En particular, me permito exhortar a los Estados que se están esforzando por establecer un instrumento internacional sobre la preparación y la respuesta a las pandemias, bajo el patrocinio de la Organización Mundial de la Salud, para que adopten una política de desinteresada ayuda mutua, como principio clave para que el acceso a instrumentos diagnósticos, vacunas y fármacos esté garantizado a todos”

“Al mismo tiempo, sería conveniente – añadió el Papa – que instituciones como la Organización Mundial del Comercio y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual adecuen sus propios instrumentos jurídicos, para que las reglas monopólicas no constituyan ulteriores obstáculos a la producción y a un acceso organizado y coherente a los tratamientos a nivel mundial”.

Cercanía y oración al Líbano

Al pasar revista de las condiciones mundiales el Pontífice recordó que el año pasado tuvo la oportunidad de recibir a muchos jefes de estado y de gobierno, además de diversas autoridades civiles y religiosas. Y entre aquellos múltiples encuentros, mencionaó la jornada del pasado 1 de julio, dedicada a la reflexión y a la oración por el Líbano.

“Al querido pueblo libanés, azotado por una crisis económica y política difícil de remediar, deseo renovar hoy mi cercanía y mi oración, mientras espero que las reformas necesarias y el apoyo de la comunidad internacional ayuden al país a permanecer firme en su identidad como modelo de coexistencia pacífica y de fraternidad entre las diversas religiones ahí presentes”

Iraq

También recordó sus viajes apostólicos del año recién transcurrido, por lo que manifestó la alegría que le produjo visitar Iraq. Un hecho gracias a la Providencia que representó “un signo de esperanza después de años de guerra y terrorismo”.

“El pueblo iraquí tiene derecho a recuperar la dignidad que le pertenece y a vivir en paz. Sus raíces religiosas y culturales son milenarias: Mesopotamia es cuna de civilización; fue de allí de donde Dios llamó a Abrahán para dar inicio a la historia de la salvación”

Prosiguiendo en su recuerdo, el Papa aludió a su visita a Budapest con motivo de la clausura del Congreso Eucarístico Internacional; y, luego, Eslovaquia, sin olvidar su reciente viaje a Chipre Grecia, y el aspecto conmovedor que representó regresar a la isla de Lesbos, donde constató “la generosidad de quienes trabajan para brindar acogida y ayuda a los migrantes”, y donde vio “los rostros de muchos niños y adultos alojados en los centros de acogida”.

Situación de los migrantes

“En sus ojos – dijo Francisco – está el cansancio del viaje, el miedo a un futuro incierto, el dolor por los propios seres queridos que dejaron atrás y la nostalgia de la patria que se vieron obligados a abandonar”.

“Ante estos rostros no podemos permanecer indiferentes ni quedarnos atrincherados detrás de muros y alambres espinados, con el pretexto de defender la seguridad o un estilo de vida”

Después de agradecer a quienes “se esfuerzan por garantizar acogida y protección a los migrantes, haciéndose cargo también de su promoción humana y de su integración en los países que los han acogido”, el Papa manifestó que es “consciente de las dificultades que algunos estados encuentran frente a flujos ingentes de personas”. Sin embargo, agregó:

“Es necesario vencer la indiferencia y rechazar la idea de que los migrantes sean un problema de los demás. El resultado de semejante planteamiento se ve en la deshumanización misma de los migrantes, concentrados en los centros de registro e identificación – hotspot – donde acaban siendo presa fácil de la delincuencia y de los traficantes de seres humanos, o por intentar desesperados planes de fuga que a veces culminan con la muerte”

Por otra parte, Su Santidad agregó que “es preciso destacar que los mismos migrantes a menudo son transformados en armas de coacción política, en una especie de artículo de negociación, que despoja a las personas de su dignidad”. De ahí que haya querido “renovar” su “gratitud a las autoridades italianas”, gracias a las cuales algunas personas pudieron viajar con él a Roma desde Chipre y Grecia. Algo que Francisco definió como “un gesto sencillo pero significativo” y con su agradecimiento dijo:

“Al pueblo italiano, que sufrió mucho al comienzo de la pandemia, pero que también ha demostrado alentadores signos de recuperación, dirijo mis mejores votos, para que mantenga siempre el espíritu de apertura generosa y solidaria que lo distingue”

Destacando, además, lo importante que es que la Unión Europea “encuentre su cohesión interna en la gestión de las migraciones”, el Papa hizo hincapié en la necesidad de “dar vida a un sistema coherente e integral de gestión de las políticas migratorias y de asilo, de modo que se compartan las responsabilidades en la recepción de migrantes, la revisión de las solicitudes de asilo, la redistribución e integración de cuantos puedan ser acogidos”.

“La capacidad de negociar y encontrar soluciones compartidas es uno de los puntos de fuerza de la Unión Europea y constituye un modelo válido para afrontar con visión los retos globales que nos esperan”

Nadie se puede salvar por sí mismo

De las migraciones, el Papa recordó que “no conciernen sólo a Europa”, que se ve afectada por los flujos provenientes de África y Asia, puesto que en estos años se ha asistido “al éxodo de los prófugos sirios, al que se han agregado en los últimos meses los que huyeron de Afganistán”, sin olvidar “los éxodos masivos que afectan al continente americano y que crean presión en la frontera entre México y Estados Unidos de América”. Recordó, además, que “muchos de esos migrantes son haitianos que huyen de las tragedias que han golpeado su país en estos años”.

“La cuestión migratoria, como también la pandemia y el cambio climático, muestran claramente que nadie se puede salvar por sí mismo, es decir, que los grandes desafíos de nuestro tiempo son todos globales. Por eso, es preocupante constatar que, frente a una mayor interconexión de los problemas, vaya creciendo una mayor fragmentación de las soluciones”

Recuperar el sentido de la familia humana

Mientras al destacar cierta “falta de voluntad de querer abrir ventanas de diálogo y señales de fraternidad”, lo que “termina por alimentar más tensiones y divisiones”, además de “una sensación generalizada de incertidumbre e inestabilidad”, Francisco afirmó que hay que “recuperar el sentido de nuestra común identidad como única familia humana”.

Crisis de confianza de la diplomacia multilateral

En su visión general del planeta el Papa no dudó en afirmar que “la diplomacia multilateral atraviesa una crisis de confianza, debida a una reducida credibilidad de los sistemas sociales, gubernamentales e intergubernamentales”. Algo que “genera una falta de aprecio hacia los organismos internacionales por parte de muchos estados y debilita el sistema multilateral en su conjunto, reduciendo cada vez más su capacidad para afrontar los desafíos globales”.

Colonización ideológica

Un “déficit de eficacia de muchas organizaciones internacionales” que obedece también “a las diferentes visiones” de sus miembros y de “los fines” que se “deberían alcanzar”. Después de destacar que “el centro de interés” suele haberse “trasladado a temáticas que por su naturaleza provocan divisiones y no están estrechamente relacionadas con el fin de la organización, dando como resultado agendas cada vez más dictadas por un pensamiento que reniega los fundamentos naturales de la humanidad y las raíces culturales que constituyen la identidad de muchos pueblos”, el Papa agregó:

“Como tuve oportunidad de afirmar en otras ocasiones, considero que se trata de una forma de colonización ideológica, que no deja espacio a la libertad de expresión y que hoy asume cada vez más la forma de esa cultura de la cancelación, que invade muchos ámbitos e instituciones públicas”

Hermenéutica de la época

El Papa aludió asimismo al “riesgo de acallar las posiciones que defienden una idea respetuosa y equilibrada de las diferentes sensibilidades” mientras “se está elaborando un pensamiento único – peligroso – obligado a renegar la historia o, peor aún, a reescribirla en base a categorías contemporáneas”, cuando “toda situación histórica debe interpretarse según la hermenéutica de la época, no la hermenéutica de hoy”.

“Por eso, la diplomacia multilateral está llamada a ser verdaderamente inclusiva, no suprimiendo sino valorando las diversidades y las sensibilidades históricas que distinguen a los distintos pueblos”

Valores permanentes

El Pontífice dijo también que nunca hay que olvidar los “hermenéutica de la época”. Por esta razón destacó “el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, y el derecho a la libertad religiosa”.

En cuanto al “cuidado de nuestra casa común, que está sufriendo a causa de una continua e indiscriminada explotación de los recursos”, el Pontífice dirigió su pensamiento a Filipinas y otras naciones del Pacífico, “vulnerables por los efectos negativos del cambio climático”. Por eso manifestó que se “debe impulsar a la comunidad internacional en su conjunto” para que encuentre “soluciones comunes” que se pongan práctica.

Soluciones comunes

El Santo Padre recordó la reciente COP26 de Glasgow, en la que “se dieron algunos pasos que van en la correcta dirección, aunque más bien débiles respecto a la consistencia del problema a afrontar”. De ahí su afirmación:

“El camino para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París es complejo y parece todavía largo, mientras el tiempo a disposición es cada vez menos. Todavía hay mucho que hacer, y por consiguiente el 2022 será otro año fundamental para verificar cuánto y cómo, lo que se decidió en Glasgow, pueda y deba ser reforzado posteriormente, en consideración a la COP27, prevista para el próximo mes de noviembre en Egipto”

Diálogo y fraternidad

En este amplio discurso el Pontífice también planteó a los embajadores la cuestión del “diálogo y la fraternidad: como “dos frentes esenciales para superar las crisis del momento actual”.

“Sin embargo, «a pesar de los numerosos esfuerzos encaminados a un diálogo constructivo entre las naciones, el ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica», y toda la comunidad internacional debe interrogarse sobre la urgencia de encontrar soluciones a los interminables conflictos, que a veces adoptan la forma de verdaderas guerras subsidiarias”

Tragedias humanas causadas por las guerras

Por eso su pensamiento se dirigió, en primer lugar, a Siria, “donde todavía no hay un horizonte claro para la recuperación del país”, donde su pueblo “sigue llorando a sus muertos y la pérdida de todo, con la esperanza de un futuro mejor”. Recordó asimismo el conflicto en Yemen, que definió como “una tragedia humana que lleva años desarrollándose en silencio”. De la misma manera destacó que “el año pasado no se produjo ningún avance en el proceso de paz entre Israel y Palestina. Y manifestó su deseo de que ambos pueblos reconstruyan la confianza recíproca para vivir “en paz y seguridad, sin odio ni resentimiento, pero curados por el perdón recíproco”.

Francisco no olvidó “las tensiones institucionales en Libia que “son motivo de preocupación”, así como también “los episodios de violencia provocados por el terrorismo internacional en la región del Sahel y los conflictos internos en SudánSudán del Sur y Etiopía, donde es necesario encontrar el camino de la reconciliación y la paz a través de un debate sincero, que ponga las exigencias de la población en primer lugar”.

Continente americano

Igualmente “las desigualdades profundas, las injusticias y la corrupción endémica, así como las diversas formas de pobreza que ofenden la dignidad de las personas, también siguen alimentando los conflictos sociales en el continente americano – dijo Francisco – donde la polarización cada vez más fuerte no ayuda a resolver los problemas reales y urgentes de los ciudadanos, especialmente de los más pobres y vulnerables”.

Enfrentamientos en tantas regiones

Auspició, además, “confianza mutua” y “voluntad para un debate sereno” “para encontrar soluciones aceptables y duraderas en Ucrania y en el Cáucaso meridional, así como evitar la apertura de nuevas crisis en los Balcanes, sobre todo en Bosnia y Herzegovina”. Mientras el “diálogo” y la “fraternidad” “son más urgentes que nunca para hacer frente, con sabiduría y eficacia, a la crisis que afecta desde hace casi un año a Myanmar, donde las calles que antes eran lugares de encuentro son ahora escenario de enfrentamientos, que no perdonan ni siquiera los lugares de oración”.

Ilusión de las armas

“Evidentemente – prosiguió diciendo el Papa – estos conflictos “se ven facilitados por la abundancia de armas disponibles y la falta de escrúpulos de quienes se encargan de difundirlas”. Y al recordar que solemos tener “la ilusión de que las armas sólo sirven para disuadir a posibles agresores”, añadió que “la historia, y por desgracia también las noticias, nos enseñan que no es así”.

“Quien tiene armas, tarde o temprano acaba usándolas, porque, como decía san Pablo VI, ‘no es posible amar con armas ofensivas en las manos’”

Armas nucleares

Todas estas preocupaciones – dijo el Papa – “se concretan aún más hoy en día por la disponibilidad y el uso de armamentos autónomos, que pueden tener consecuencias terribles e imprevisibles, mientras que deberían estar sujetas a la responsabilidad de la comunidad internacional”. Y en cuanto a las armas nucleares, afirmó “que son motivo de especial preocupación”. Además, recordó que a finales de diciembre pasado “se pospuso de nuevo, por causa de la pandemia, la X Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares, que estaba prevista en Nueva York para estos días”.

“Un mundo sin armas nucleares es posible y necesario. En este sentido, deseo que la comunidad internacional aproveche la oportunidad de dicha conferencia para dar un paso significativo en esta dirección”

Después de asegurar que la “Santa Sede sigue insistiendo en que las armas nucleares son instrumentos inadecuados e inapropiados para responder a las amenazas a la seguridad en el siglo XXI y que su posesión es inmoral”, Francisco puso de manifiesto que “su fabricación desvía recursos a las perspectivas de un desarrollo humano integral y su uso “amenaza la existencia misma de la humanidad”. A la vez que afrimó que “la Santa Sede considera también importante que la reanudación de las negociaciones en Viena sobre el Acuerdo Nuclear con Irán (Joint Comprehensive Plan of Action) pueda alcanzar resultados positivos para garantizar un mundo más seguro y fraterno”.

Tras recordar que, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, destacó los elementos que considera “esenciales para fomentar una cultura del diálogo y la fraternidad”, el Papa dijo que “un lugar especial lo ocupa la educación, a través de la cual se forman las nuevas generaciones, que son la esperanza y el futuro del mundo”.

“El proceso educativo es lento y complicado, a veces puede llevar al desánimo, pero nunca se puede abandonar; es una expresión eminente del diálogo, porque no hay verdadera educación que no sea dialógica en su estructura”

Asimismo, el Pontífice recordó que la Santa Sede “ha subrayado el valor de la educación participando en la Expo Dubái 2021, en los Emiratos Árabes Unidos, con un pabellón inspirado en el tema de la Exposición: ‘Conectando mentes, creando el futuro’”. Afirmó que “la Iglesia Católica siempre ha reconocido y valorado el papel de la educación en el crecimiento espiritual, moral y social de las nuevas generaciones”. Por ello, añadió:

Abusos

“Me resulta aún más doloroso constatar – añadió el Papa – que en diversos ámbitos educativos – parroquias y colegios – se han producido abusos a menores, con graves consecuencias psicológicas y espirituales para las personas que los han sufrido. Son crímenes sobre los que debe haber una firme voluntad de esclarecimiento, examinando los casos individuales para determinar las responsabilidades, hacer justicia a las víctimas y evitar que semejantes atrocidades se repitan en el futuro”.

De la pandemia que “ha impedido que numerosos jóvenes accedan a los centros educativos, en detrimento de su desarrollo personal y social”, el Santo Padre dijo que sin “negar la utilidad de la tecnología y sus productos, que nos permiten conectarnos cada vez más fácil y rápidamente”, deseaba “señalar la urgente necesidad de vigilar para que estos instrumentos no sustituyan las verdaderas relaciones humanas, a nivel interpersonal, familiar, social e internacional”. Puesto que:

“Si se aprende a aislarse desde pequeños, será más difícil en el futuro construir puentes de fraternidad y paz. En un universo donde sólo existe el ‘yo’, difícilmente puede haber lugar para el ‘nosotros’”

Trabajo

Al recordar brevemente la cuestión del trabajo como “factor indispensable para construir y mantener la paz”, dijo que “es expresión de uno mismo y de los propios dones, pero también es compromiso, esfuerzo, colaboración con otros, porque se trabaja siempre con o por alguien”.

“En esta perspectiva marcadamente social, el trabajo es el lugar donde aprendemos a ofrecer nuestra contribución por un mundo más habitable y hermoso”

Con la pandemia que “ha puesto a prueba la economía mundial, con graves repercusiones para las familias y los trabajadores, que están experimentando situaciones de angustia psicológica”, el Pontífice destacó la cuestión económica, que “ha puesto aún más de manifiesto la persistencia de las desigualdades” en los diversos ámbitos, sin olvidar “el acceso al agua potable, la alimentación, la educación y la atención médica”.

“El número de personas que viven en pobreza extrema está aumentando considerablemente. Además, la crisis sanitaria ha llevado a muchos trabajadores a cambiar el tipo de empleo y a veces los ha obligado a entrar en el espacio de la economía sumergida, privándolos también de las medidas de protección social previstas en muchos países”

La cuestión ecológica

Después de destacar que “el trabajo es también ocasión para descubrir la propia dignidad, para ir al encuentro de los demás y crecer como ser humano”, Francisco dijo a los embajadores que “es necesaria una mayor cooperación entre todos los actores a nivel local, nacional, regional y mundial, especialmente en el próximo período, con los desafíos que plantea la deseada reconversión ecológica”.

Planes de paz

Por último, el Papa les dijo que “el profeta Jeremías nos recuerda que Dios tiene para nosotros `planes de paz y no de desgracia, de darnos un futuro y una esperanza’. Por eso –agregó Francisco – no debemos tener miedo de dar cabida a la paz en nuestras vidas, cultivando el diálogo y la fraternidad entre nosotros”.

“La paz es un bien ‘contagioso’, que se propaga desde el corazón de quienes la desean y aspiran a vivirla, alcanzando al mundo entero. A cada uno de ustedes, a sus seres queridos y a sus pueblos les renuevo mi bendición y mi más sincero deseo de un año de serenidad y paz”

Estados que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede

Cabe destacar que actualmente son 183 los Estados que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede. A ellos hay que añadir la Unión Europea y la Soberana Orden Militar de Malta. Son 87 las cancillerías de embajada con sede en Roma, incluidas las de la Unión Europea y la Soberana Orden Militar de Malta. Además, también se encuentran en Roma las oficinas de la Liga de los Estados Árabes, la Organización Internacional para las Migraciones y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

Durante el año 2021 – el 10 de febrero – se ratificó el Séptimo Acuerdo Adicional entre la Santa Sede y la República de Austria al Convenio para la Regulación de las Relaciones Patrimoniales del 23 de junio de 1960, firmado el 12 de noviembre de 2020. El 26 de noviembre de 2021, la Santa Sede depositó el instrumento de ratificación del Convenio mundial sobre el reconocimiento de las cualificaciones en la educación superior, adoptado por la UNESCO el 25 de noviembre de 2019. Además, el 31 de mayo se formalizó la participación de la Santa Sede en los trabajos de la Organización Mundial de la Salud como Estado observador no miembro.

 

Excelencias, señoras y señores:
Ayer concluyó el tiempo litúrgico de Navidad, período privilegiado para cultivar las
relaciones familiares, que a veces nos encuentran distraídos y alejados, ocupados —como
frecuentemente estamos durante el año— en muchos otros compromisos. Hoy queremos continuar
con ese espíritu, volviéndonos a reunir como una gran familia, que se encuentra y dialoga. En
definitiva, este es el objetivo de la diplomacia: ayudar a dejar a un lado los desacuerdos de la
convivencia humana, favorecer la concordia y experimentar cómo, cuando superamos las arenas
movedizas de los conflictos, podemos redescubrir el sentido de la profunda unidad de la realidad.[1]
Les agradezco de modo especial que hayan querido tomar parte el día de hoy en nuestro
“encuentro de familia” anual, ocasión propicia para formularnos recíprocamente nuestros mejores
deseos para el año nuevo y para considerar juntos las luces y sombras de nuestro tiempo. Expreso
un agradecimiento particular al Decano, Su Excelencia el señor George Poulides, Embajador de

Chipre, por la amabilidad de las palabras que me ha dirigido en nombre de todo el Cuerpo
diplomático. Por medio de ustedes, también deseo hacer llegar mi saludo y mi afecto a los pueblos
que representan.
Vuestra presencia siempre es un signo tangible de la atención que vuestros países tienen para
con la Santa Sede y por su papel en la comunidad internacional. Muchos de ustedes llegaron de
otras capitales para este evento, uniéndose así al nutrido grupo de los embajadores residentes en
Roma, al que en breve también se agregará el de la Confederación Suiza.
Queridos embajadores:
En estos días vemos cómo la lucha contra la pandemia requiere aún un notable esfuerzo por
parte de todos y cómo también el nuevo año se presenta desafiante. El coronavirus sigue creando
aislamiento social y cosechando víctimas y, entre los que han perdido la vida, quisiera recordar al
recientemente fallecido Mons. Aldo Giordano, Nuncio Apostólico muy conocido y estimado en el
seno de la comunidad diplomática. Al mismo tiempo, hemos podido constatar que en los lugares
donde se ha llevado adelante una campaña de vacunación eficaz, ha disminuido el riesgo de un
avance grave de la enfermedad.
Por lo tanto, es importante que se continúen los esfuerzos para inmunizar a la población lo
más que se pueda. Esto requiere un múltiple compromiso a nivel personal, político y de la
comunidad internacional en su conjunto. En primer lugar, a nivel personal. Todos tenemos la
responsabilidad de cuidar de nosotros mismos y de nuestra salud, lo que se traduce también en el
respeto por la salud de quien está cerca de nosotros. El cuidado de la salud constituye una
obligación moral. Lamentablemente, cada vez más constatamos cómo vivimos en un mundo de
fuertes contrastes ideológicos. Muchas veces nos dejamos influenciar por la ideología del momento,
a menudo basada en noticias sin fundamento o en hechos poco documentados. Toda afirmación
ideológica cercena los vínculos que la razón humana tiene con la realidad objetiva de las cosas. En
cambio, la pandemia nos impone una suerte de “cura de realidad”, que requiere afrontar el problema
y adoptar los remedios adecuados para resolverlo. Las vacunas no son instrumentos mágicos de
curación, sino que representan ciertamente, junto con los tratamientos que se están desarrollando, la
solución más razonable para la prevención de la enfermedad.
Por otra parte, la política debe comprometerse a buscar el bien de la población por medio de
decisiones de prevención e inmunización, que interpelen también a los ciudadanos para que puedan
sentirse partícipes y responsables, por medio de una comunicación transparente de las
problemáticas y de las medidas idóneas para afrontarlas. La falta de firmeza decisional y de claridad
comunicativa genera confusión, crea desconfianza y amenaza la cohesión social, alimentando
nuevas tensiones. Se instaura un “relativismo social” que hiere la armonía y la unidad.
Por último, es necesario un compromiso global de la comunidad internacional, para que toda
la población mundial pueda acceder de la misma manera a los tratamientos médicos esenciales y a
las vacunas. Lamentablemente, se constata con dolor que, en extensas zonas del mundo, el acceso
universal a la asistencia sanitaria sigue siendo un espejismo. En un momento tan grave para toda la
humanidad, reitero mi llamamiento para que los gobiernos y los entes privados implicados muestren
sentido de responsabilidad, elaborando una respuesta coordinada a todos los niveles (local, nacional,
regional y global), mediante nuevos modelos de solidaridad e instrumentos aptos para reforzar las
capacidades de los países más necesitados. Exhorto, en particular, a los estados que se están
esforzando por establecer un instrumento internacional sobre la preparación y la respuesta a las
pandemias, bajo el patrocinio de la Organización Mundial de la Salud, para que adopten una
política de desinteresada ayuda mutua, como principio clave para que el acceso a instrumentos
diagnósticos, vacunas y fármacos esté garantizado a todos. Asimismo, sería conveniente que
instituciones como la Organización Mundial del Comercio y la Organización Mundial de la
Propiedad Intelectual adecuen sus propios instrumentos jurídicos, para que las reglas monopólicas
no constituyan ulteriores obstáculos a la producción y a un acceso organizado y coherente a los
tratamientos a nivel mundial.

Queridos embajadores:
El año pasado, gracias también a la flexibilización de las restricciones dispuestas en el 2020,
tuve ocasión de recibir a muchos jefes de estado y de gobierno, además de diversas autoridades
civiles y religiosas.
Entre los múltiples encuentros, quisiera mencionar aquí la jornada del pasado 1 de julio,
dedicada a la reflexión y a la oración por el Líbano. Al querido pueblo libanés, azotado por una
crisis económica y política difícil de remediar, deseo renovar hoy mi cercanía y mi oración,
mientras espero que las reformas necesarias y el apoyo de la comunidad internacional ayuden al
país a permanecer firme en su identidad como modelo de coexistencia pacífica y de fraternidad
entre las diversas religiones ahí presentes.
Durante el año 2021, también pude reanudar los viajes apostólicos. En el mes de marzo tuve
la alegría de visitar Irak. Quiso la Providencia que esto sucediera como un signo de esperanza
después de años de guerra y terrorismo. El pueblo iraquí tiene derecho a recuperar la dignidad que
le pertenece y a vivir en paz. Sus raíces religiosas y culturales son milenarias: Mesopotamia es cuna
de civilización; fue de allí de donde Dios llamó a Abrahán para dar inicio a la historia de la
salvación.
Después, en septiembre, visité Budapest para la clausura del Congreso Eucarístico
Internacional; y, luego, Eslovaquia. Fue una oportunidad de encuentro con los fieles católicos y de
otras confesiones cristianas, como también de diálogo con los judíos. Del mismo modo, el viaje a
Chipre y Grecia, del que conservo vivos recuerdos, me permitió profundizar los vínculos con los
hermanos ortodoxos y experimentar la fraternidad entre las diversas confesiones cristianas.
Una parte conmovedora de este viaje tuvo lugar en la isla de Lesbos, donde pude constatar la
generosidad de quienes trabajan para brindar acogida y ayuda a los migrantes, pero sobre todo vi los
rostros de muchos niños y adultos alojados en los centros de acogida. En sus ojos está el cansancio
del viaje, el miedo a un futuro incierto, el dolor por los propios seres queridos que dejaron atrás y la
nostalgia de la patria que se vieron obligados a abandonar. Ante estos rostros no podemos
permanecer indiferentes ni quedarnos atrincherados detrás de muros y alambres espinados, con el
pretexto de defender la seguridad o un estilo de vida.
Por eso, agradezco a todos aquellos, personas y gobiernos, que se esfuerzan por garantizar
acogida y protección a los migrantes, haciéndose cargo también de su promoción humana y de su
integración en los países que los han acogido. Soy consciente de las dificultades que algunos
estados encuentran frente a flujos ingentes de personas. A nadie se le puede pedir lo que no puede
hacer, pero hay una clara diferencia entre acoger, aunque sea limitadamente, y rechazar totalmente.
Es necesario vencer la indiferencia y rechazar la idea de que los migrantes sean un problema de los
demás. El resultado de semejante planteamiento se ve en la deshumanización misma de los
migrantes, concentrados en los centros de registro e identificación —hotspot—, donde acaban
siendo presa fácil de la delincuencia y de los traficantes de seres humanos, o por intentar
desesperados planes de fuga que a veces culminan con la muerte. Lamentablemente, también es
preciso destacar que los mismos migrantes a menudo son transformados en armas de coacción
política, en una especie de “artículo de negociación”, que despoja a las personas de su dignidad.
En esta sede, deseo renovar mi gratitud a las autoridades italianas, gracias a las cuales
algunas personas pudieron venir conmigo a Roma desde Chipre y Grecia. Se trató de un gesto
sencillo pero significativo. Al pueblo italiano, que sufrió mucho al comienzo de la pandemia, pero
que también ha demostrado alentadores signos de recuperación, dirijo mis mejores votos, para que
mantenga siempre el espíritu de apertura generosa y solidaria que lo distingue.
Al mismo tiempo, considero de fundamental importancia que la Unión Europea encuentre su
cohesión interna en la gestión de las migraciones, como la ha sabido encontrar para hacer frente a
las consecuencias de la pandemia. Es necesario, en efecto, dar vida a un sistema coherente e integral
de gestión de las políticas migratorias y de asilo, de modo que se compartan las responsabilidades
en la recepción de migrantes, la revisión de las solicitudes de asilo, la redistribución e integración
de cuantos puedan ser acogidos. La capacidad de negociar y encontrar soluciones compartidas es

uno de los puntos de fuerza de la Unión Europea y constituye un modelo válido para afrontar con
visión los retos globales que nos esperan.
Las migraciones, sin embargo, no conciernen sólo a Europa, aunque se vea especialmente
afectada por los flujos provenientes de África y Asia. En estos años hemos asistido, entre otras
cosas, al éxodo de los prófugos sirios, al que se han agregado en los últimos meses los que huyeron
de Afganistán. Tampoco debemos olvidar los éxodos masivos que afectan al continente americano y
que crean presión en la frontera entre México y Estados Unidos de América. Muchos de esos
migrantes son haitianos que huyen de las tragedias que han golpeado su país en estos años.
La cuestión migratoria, como también la pandemia y el cambio climático, muestran
claramente que nadie se puede salvar por sí mismo, es decir, que los grandes desafíos de nuestro
tiempo son todos globales. Por eso, es preocupante constatar que, frente a una mayor interconexión
de los problemas, vaya creciendo una mayor fragmentación de las soluciones. Con frecuencia se
observa una falta de voluntad de querer abrir ventanas de diálogo y señales de fraternidad, y esto
termina por alimentar más tensiones y divisiones, así como una sensación generalizada de
incertidumbre e inestabilidad. Es necesario, en cambio, recuperar el sentido de nuestra común
identidad como única familia humana. La alternativa sólo es un creciente aislamiento, marcado por
exclusiones y clausuras recíprocas que de hecho ponen aún más en peligro la multilateralidad, que
es ese estilo diplomático que ha caracterizado las relaciones internacionales desde el final de la
segunda guerra mundial.
Hace tiempo que la diplomacia multilateral atraviesa una crisis de confianza, debida a una
reducida credibilidad de los sistemas sociales, gubernamentales e intergubernamentales. A menudo
se toman importantes resoluciones, declaraciones y decisiones sin una verdadera negociación en la
que todos los países tengan voz y voto. Este desequilibrio, que hoy se ha vuelto dramáticamente
evidente, genera una falta de aprecio hacia los organismos internacionales por parte de muchos
estados y debilita el sistema multilateral en su conjunto, reduciendo cada vez más su capacidad para
afrontar los desafíos globales.
El déficit de eficacia de muchas organizaciones internacionales también se debe a las
diferentes visiones, que tienen los diversos miembros, de los fines que estas deberían alcanzar. Con
frecuencia, el centro de interés se ha trasladado a temáticas que por su naturaleza provocan
divisiones y no están estrechamente relacionadas con el fin de la organización, dando como
resultado agendas cada vez más dictadas por un pensamiento que reniega los fundamentos naturales
de la humanidad y las raíces culturales que constituyen la identidad de muchos pueblos. Como tuve
oportunidad de afirmar en otras ocasiones, considero que se trata de una forma de colonización
ideológica, que no deja espacio a la libertad de expresión y que hoy asume cada vez más la forma
de esa cultura de la cancelación, que invade muchos ámbitos e instituciones públicas. En nombre
de la protección de las diversidades, se termina por borrar el sentido de cada identidad, con el
riesgo de acallar las posiciones que defienden una idea respetuosa y equilibrada de las diferentes
sensibilidades. Se está elaborando un pensamiento único obligado a renegar la historia o, peor aún,
a reescribirla en base a categorías contemporáneas, mientras que toda situación histórica debe
interpretarse según la hermenéutica de la época.
Por eso, la diplomacia multilateral está llamada a ser verdaderamente inclusiva, no
suprimiendo sino valorando las diversidades y las sensibilidades históricas que distinguen a los
distintos pueblos. De ese modo, esta volverá a adquirir credibilidad y eficacia para afrontar los
próximos retos, que exigen a la humanidad que vuelva a reunirse como una gran familia, la cual,
aunque partiendo de puntos de vista diferentes, debe ser capaz de encontrar soluciones comunes
para el bien de todos. Esto exige confianza recíproca y disponibilidad para dialogar, concretamente
para «escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos».[2] Por otra parte, «el diálogo
es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y
respetado, y que está más allá del consenso circunstancial».[3] Nunca debemos olvidar que «hay
algunos valores permanentes».[4] No siempre es fácil reconocerlos, pero aceptarlos «otorga solidez y
estabilidad a una ética social. Aun cuando los hayamos reconocido y asumido gracias al diálogo y al

consenso, vemos que esos valores básicos están más allá de todo consenso».[5] Deseo destacar
especialmente el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, y el derecho a la
libertad religiosa.
En esta perspectiva, en los últimos años ha crecido cada vez más la conciencia colectiva en
lo referente a la urgencia de afrontar el cuidado de nuestra casa común, que está sufriendo a causa
de una continua e indiscriminada explotación de los recursos. A este respecto, pienso especialmente
en las Filipinas, golpeadas en las semanas pasadas por un tifón devastador, como también en otras
naciones del Pacífico, vulnerables por los efectos negativos del cambio climático, que ponen en
riesgo la vida de los habitantes, la mayoría de los cuales dependen de la agricultura, la pesca y los
recursos naturales.
Esta constatación es precisamente la que debe impulsar a la comunidad internacional en su
conjunto a encontrar soluciones comunes y ponerlas en práctica. Nadie puede eximirse de dicho
esfuerzo, porque nos atañe e implica a todos en la misma medida. En la reciente COP26, en
Glasgow, se dieron algunos pasos que van en la correcta dirección, aunque más bien débiles
respecto a la consistencia del problema a afrontar. El camino para alcanzar los objetivos del
Acuerdo de París es complejo y parece todavía largo, mientras el tiempo a disposición es cada vez
menos. Todavía hay mucho que hacer, y por consiguiente el 2022 será otro año fundamental para
verificar cuánto y cómo, lo que se decidió en Glasgow, pueda y deba ser reforzado posteriormente,
en consideración a la COP27, prevista para el próximo mes de noviembre en Egipto.
Excelencias, señoras y señores:
El diálogo y la fraternidad son los dos frentes esenciales para superar las crisis del momento
actual. Sin embargo, «a pesar de los numerosos esfuerzos encaminados a un diálogo constructivo
entre las naciones, el ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica»[6], y toda la
comunidad internacional debe interrogarse sobre la urgencia de encontrar soluciones a los
interminables conflictos, que a veces adoptan la forma de verdaderas guerras subsidiarias (proxy
wars).
Pienso en primer lugar en Siria, donde todavía no hay un horizonte claro para la
recuperación del país. Aún hoy, el pueblo sirio sigue llorando a sus muertos y la pérdida de todo,
con la esperanza de un futuro mejor. Se necesitan reformas políticas y constitucionales para que el
país renazca, sin embargo, es también indispensable que las sanciones aplicadas no afecten
directamente a la vida cotidiana, ofreciendo un rayo de esperanza a la población, cada vez más
atenazada por la pobreza.
Tampoco podemos olvidar el conflicto en Yemen, una tragedia humana que lleva años
desarrollándose en silencio, lejos de los reflectores mediáticos y ante una cierta indiferencia de la
comunidad internacional, que sigue causando numerosas víctimas civiles, especialmente mujeres y
niños.
Durante el año pasado no se produjo ningún avance en el proceso de paz entre Israel y
Palestina. Me gustaría que estos dos pueblos reconstruyeran la confianza entre ellos y volvieran a
hablarse directamente para poder llegar a vivir en dos estados, uno junto al otro, en paz y seguridad,
sin odio ni resentimiento, pero curados por el perdón recíproco.
Las tensiones institucionales en Libia son motivo de preocupación, así como también los
episodios de violencia provocados por el terrorismo internacional en la región del Sahel y los
conflictos internos en Sudán, Sudán del Sur y Etiopía, donde es necesario «encontrar el camino de
la reconciliación y la paz a través de un debate sincero, que ponga las exigencias de la población en
primer lugar». [7]
Las desigualdades profundas, las injusticias y la corrupción endémica, así como las diversas
formas de pobreza que ofenden la dignidad de las personas, también siguen alimentando los
conflictos sociales en el continente americano, donde la polarización cada vez más fuerte no ayuda
a resolver los problemas reales y urgentes de los ciudadanos, especialmente de los más pobres y
vulnerables.

La confianza mutua y la voluntad para un debate sereno deben animar a todas las partes
implicadas para encontrar soluciones aceptables y duraderas en Ucrania y en el Cáucaso meridional,
así como evitar la apertura de nuevas crisis en los Balcanes, sobre todo en Bosnia y Herzegovina.
Diálogo y fraternidad son más urgentes que nunca para hacer frente, con sabiduría y eficacia,
a la crisis que afecta desde hace casi un año a Myanmar, donde las calles que antes eran lugares de
encuentro son ahora escenario de enfrentamientos, que no perdonan ni siquiera los lugares de
oración.
Evidentemente, todos los conflictos se ven facilitados por la abundancia de armas
disponibles y la falta de escrúpulos de quienes se encargan de difundirlas. A veces nos hacemos la
ilusión de que las armas sólo sirven para disuadir a posibles agresores. La historia, y por desgracia
también las noticias, nos enseñan que no es así. Quien tiene armas, tarde o temprano acaba
usándolas, porque, como decía san Pablo VI, «no es posible amar con armas ofensivas en las
manos».[8] Además, «cuando nos entregamos a la lógica de las armas y nos alejamos del ejercicio
del diálogo, nos olvidamos trágicamente de que las armas, antes incluso de causar víctimas y ruinas,
tienen la capacidad de provocar pesadillas».[9] Estas preocupaciones se concretan aún más hoy en
día por la disponibilidad y el uso de armamentos autónomos, que pueden tener consecuencias
terribles e imprevisibles, mientras que deberían estar sujetas a la responsabilidad de la comunidad
internacional.
Entre las armas que la humanidad ha producido, las nucleares son motivo de especial
preocupación. A finales de diciembre pasado se pospuso de nuevo, por causa de la pandemia, la X
Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares, que estaba
prevista en Nueva York para estos días. Un mundo sin armas nucleares es posible y necesario. En
este sentido, deseo que la comunidad internacional aproveche la oportunidad de dicha conferencia
para dar un paso significativo en esta dirección. La Santa Sede sigue insistiendo en que las armas
nucleares son instrumentos inadecuados e inapropiados para responder a las amenazas a la
seguridad en el siglo XXI y que su posesión es inmoral. Su fabricación desvía recursos a las
perspectivas de un desarrollo humano integral y su uso, además de producir consecuencias
humanitarias y medioambientales catastróficas, amenaza la existencia misma de la humanidad. La
Santa Sede considera también importante que la reanudación de las negociaciones en Viena sobre el
Acuerdo Nuclear con Irán (Joint Comprehensive Plan of Action) pueda alcanzar resultados
positivos para garantizar un mundo más seguro y fraterno.
Queridos embajadores:
En mi mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, celebrada el pasado 1 de enero, he
querido destacar los elementos que considero esenciales para fomentar una cultura del diálogo y la
fraternidad.
Un lugar especial lo ocupa la educación, a través de la cual se forman las nuevas
generaciones, que son la esperanza y el futuro del mundo. Es el vector principal del desarrollo
humano integral, ya que hace a la persona libre y responsable.[10] El proceso educativo es lento y
complicado, a veces puede llevar al desánimo, pero nunca se puede abandonar; es una expresión
eminente del diálogo, porque no hay verdadera educación que no sea dialógica en su estructura.
Asimismo, la educación genera cultura y construye puentes de encuentro entre los pueblos. La
Santa Sede ha subrayado el valor de la educación participando en la Expo Dubái 2021, en los
Emiratos Árabes Unidos, con un pabellón inspirado en el tema de la Exposición: “Conectando
mentes, creando el futuro”.
La Iglesia Católica siempre ha reconocido y valorado el papel de la educación en el
crecimiento espiritual, moral y social de las jóvenes generaciones. Por ello, me resulta aún más
doloroso constatar que en diversos ámbitos educativos ―parroquias y colegios― se han producido
abusos a menores, con graves consecuencias psicológicas y espirituales para las personas que los
han sufrido. Son crímenes sobre los que debe haber una firme voluntad de esclarecimiento,

examinando los casos individuales para determinar las responsabilidades, hacer justicia a las
víctimas y evitar que semejantes atrocidades se repitan en el futuro.
A pesar de la gravedad de estos actos, ninguna sociedad puede renunciar a su
responsabilidad de educar. Por otra parte, es triste constatar cómo, a menudo, en los presupuestos
estatales se destinan pocos recursos para la educación. Esta se considera principalmente como un
gasto, mientras que, en cambio, es la mejor inversión posible.
La pandemia ha impedido que numerosos jóvenes accedan a los centros educativos, en
detrimento de su desarrollo personal y social. Muchos, por medio de las modernas herramientas
tecnológicas, han encontrado refugio en realidades virtuales, que crean vínculos psicológicos y
emocionales muy fuertes, con la consecuencia de alejarlos de los demás y de la realidad circundante
y alterar radicalmente las relaciones sociales. Con ello no trato de negar la utilidad de la tecnología
y sus productos, que nos permiten conectarnos cada vez más fácil y rápidamente, pero quiero
señalar la urgente necesidad de vigilar para que estos instrumentos no sustituyan las verdaderas
relaciones humanas, a nivel interpersonal, familiar, social e internacional. Si se aprende a aislarse
desde pequeños, será más difícil en el futuro construir puentes de fraternidad y paz. En un universo
donde sólo existe el “yo”, difícilmente puede haber lugar para el “nosotros”.
El segundo elemento que me gustaría recordar brevemente es el trabajo, «factor
indispensable para construir y mantener la paz; es expresión de uno mismo y de los propios dones,
pero también es compromiso, esfuerzo, colaboración con otros, porque se trabaja siempre con o por
alguien. En esta perspectiva marcadamente social, el trabajo es el lugar donde aprendemos a ofrecer
nuestra contribución por un mundo más habitable y hermoso».[11]
Hemos constatado cómo la pandemia ha puesto a prueba la economía mundial, con graves
repercusiones para las familias y los trabajadores, que están experimentando situaciones de angustia
psicológica, antes incluso que dificultades económicas. Además, ha puesto aún más de manifiesto la
persistencia de las desigualdades en diversos ámbitos socioeconómicos. Entre ellas, el acceso al
agua potable, la alimentación, la educación y la atención médica. El número de personas que viven
en pobreza extrema está aumentando considerablemente. Además, la crisis sanitaria ha llevado a
muchos trabajadores a cambiar el tipo de empleo y a veces los ha obligado a entrar en el espacio de
la economía sumergida, privándolos también de las medidas de protección social previstas en
muchos países.
En este contexto, la conciencia del valor del trabajo adquiere una importancia adicional,
puesto que no puede haber desarrollo económico sin trabajo, ni se puede pensar que las tecnologías
modernas puedan sustituir el valor añadido que aporta el trabajo humano. El trabajo es también
ocasión para descubrir la propia dignidad, para ir al encuentro de los demás y crecer como ser
humano; es camino privilegiado a través del cual cada uno puede participar activamente en el bien
común y contribuir concretamente a la construcción de la paz. Por lo tanto, también en este terreno
es necesaria una mayor cooperación entre todos los actores a nivel local, nacional, regional y
mundial, especialmente en el próximo período, con los desafíos que plantea la deseada reconversión
ecológica. Los próximos años serán una oportunidad para desarrollar nuevos servicios y empresas,
adaptar los existentes, aumentar el acceso al trabajo digno y trabajar por el respeto de los derechos
humanos y de niveles adecuados de remuneración y protección social.
Excelencias, señoras y señores:
El profeta Jeremías nos recuerda que Dios tiene para nosotros «planes de paz y no de
desgracia, de dar[nos] un futuro y una esperanza» (29,11). Por eso, no debemos tener miedo de dar
cabida a la paz en nuestras vidas, cultivando el diálogo y la fraternidad entre nosotros. La paz es un
bien “contagioso”, que se propaga desde el corazón de quienes la desean y aspiran a vivirla,
alcanzando al mundo entero. A cada uno de ustedes, a sus seres queridos y a sus pueblos les
renuevo mi bendición y mi más sincero deseo de un año de serenidad y paz.
Gracias.
_____________________

[1] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 226-230.
[2] Mensaje para la 55.a Jornada Mundial de la Paz (8 diciembre 2021), 2.
[3] Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 211.
[4] Ibíd. [5] Ibíd. [6] Mensaje para la 55.a Jornada Mundial de la Paz, 1.
[7] Mensaje Urbi et Orbi, 25 diciembre 2021.
[8] Discurso a la Organización de las Naciones Unidas (4 octubre 1965), 10.
[9] Encuentro por la paz, Hiroshima, 24 noviembre 2019.
[10] Cf. Mensaje para la 55.a Jornada Mundial de la Paz, 3.
[11] Mensaje para la 55.a Jornada Mundial de la Paz, 4.

ACN

Con un equipo de profesionales y analistas en el territorio nacional y el continente INFORMA del acontecer diario más relevante de la Iglesia en México y el mundo.

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