CULTURA RELIGIOSAVivía el infierno (drogas, robaba a sus padres…) y hoy es sacerdote; el Cristo crucificado de un Viernes Santo, lo conquistó.

ACNjulio 7, 2021

No dar a nadie por perdido. Quizá es una de las principales lecciones que Miguel Ángel Sanchíz, recién ordenado sacerdote con 28 años, aprendió tras los años que definió como “un infierno” para él y su familia.

La marihuana, la fiesta incesante y una actitud rebelde le engancharon y alejaron de Dios muchos años. Unas catequesis neocatecumenales y una oración especial en Viernes Santo reorientaron su vida.

Acompañado por María en una infancia feliz

Miguel Ángel Sanchíz  contó  su historia en la web de la diócesis de Cartagena. Nació en una familia católica de Villena (Alicante). Junto a sus siete hermanos, tuvo una infancia que recuerda “buena y feliz, pero en constante rebeldía”.

Sus padres, Miguel y Dora, se preocuparon de que fuese educado en un colegio cristiano, el salesiano María Auxiliadora. Sanchíz recuerda de aquella etapa que la Virgen María era un apoyo frecuente en su vida, desde las oraciones que se realizaban antes de comenzar las clases hasta su día a día en casa junto a sus padres.

Un ‘infierno’ de vicio, droga, rebeldía y soledad

En la adolescencia todo empeoró. Lo que empezó como una cosa de niño rebelde que no sabía lo que hacía y creía tener derecho a todo, terminó en un auténtico vicio. “Fumaba porros y sentía que me humillaba profundamente, que era algo que no estaba bien, pero no podía dejar de hacerlo”.

Sufrió una crisis que le llevó a una “situación horrible” alejado de la fe y la Iglesia, sumido en las drogas y la fiesta y “con un desapego y desconfianza total” hacia sus padres.

Adicto y perdido, Miguel robaba el dinero que necesitaba a sus padres antes de salir de fiesta.

Con 17 años vivía un infierno en casa, por esa desconfianza que había hacia mí, porque yo la creé; trataba mal a mis padres, hablándoles mal y siempre desobedeciéndoles”.

Pero ellos siempre estuvieron ahí. “Mis padres siempre me han querido de verdad. Nunca me han dado por perdido y siempre me han corregido gracias a la experiencia que tienen de Dios en sus vidas. Yo no me daba cuenta del amor que me tenían”.

El amor de un padre, clave en la perseverancia de Miguel

Durante cinco años permaneció en una comunidad parroquial y acudió a las catequesis del Camino Neocatecumenal “por obediencia” a su padre. “Iba por cumplir, me reía un poco, fastidiaba otro poco y luego me iba”, reata.

Pero las catequesis tuvieron su efecto, y “gracias a estar en esta comunidad en la que mi padre insistió en que perseverara, encontré el amor de Dios”.

Una adoración a la Cruz en Viernes Santo

Un Viernes Santo, un encuentro de adoración a la Cruz le fulminó. “Me encontré con Jesucristo crucificado muriendo por mí, viendo lo que yo era, después de escuchar el relato de la Pasión, al mirar la cruz, y escuchando el canto de adoración eucarística Oh Jesús, amor mío, que dice: `Tú has recibido los insultos y los desprecios de mí, para que yo reciba la bendición de ti´”.

“Yo le daba al Señor mi lujuria, mi soberbia, mis mentiras… Mentía constantemente en mi casa, en la comunidad, a los profesores y mentía a Dios. Y veía cómo el Señor me respondía con amor, bendición y cariño; muriendo por mí. Eso fue lo que, mirando la cruz, me cambió. En definitiva, sentí un amor que nunca había sentido”.

Aquel encuentro marcó un antes y un después. “Poco a poco, el Señor me fue hablando y me concedió obedecer, cosa que yo nunca había hecho. Diría que gracias a la obediencia estoy aquí, mi vida cambió; gracias a la obediencia entré en el seminario”.

Un misterioso consejo durante una confesión

Miguel Ángel cuenta que el día de su graduación de Bachillerato se celebraba un encuentro vocacional. “No sé porqué, pero decidí ir y renuncié a la mayor fiesta de mi vida”.

Ya en el viaje, coincidió con un sacerdote al que conocía. “El Señor me impulsó a confesarme, porque yo, de los robos, la droga, etc. nunca me había confesado, por vergüenza. Por primera vez sentí que todo lo que yo no me podía perdonar, el Señor me había perdonado. Sentí un amor grandísimo. El cura me dijo: `Si el Señor te llama, no te resistas´. No lo entendí en ese momento”.

Poco después, en el encuentro, se pidieron vocaciones y Miguel Ángel comenzó un periodo de discernimiento. “El Señor ordenó mi vida, pude reconciliarme con mi familia, trabajar y entrar en la universidad”.

“Sea cual sea el problema, el Señor está contigo”

El joven trató de olvidarse de su vocación, pero durante la JMJ de Río de Janeiro, Miguel Ángel volvió a “avivar esa llama perdida” y asistió a una convivencia para discernir la entrada en el seminario.

Finalmente fue destinado al seminario de la ciudad de Murcia, donde realizó su formación durante ocho años. Destaca los buenos compañeros y amistades que hizo en aquellos años.

Eran mis hermanos. Es impresionante poder querernos así, sin exigir que nadie cambie. Me han enseñado a ser persona, a ser agradecido, a decir las cosas y a ser trasparente. Los formadores han sido unos verdaderos padres, en lo bueno y en lo malo”.

Además de no dar a nadie por perdido, el sacerdote ordenado el 27 de junio sabe que a lo largo del camino que acaba de comenzar se presentarán dificultades. “Vuelve al primer amor”, se dirá en cada una de ellas. “Acuérdate de dónde te sacó el Señor, acuérdate de que te quiso siempre y de que contó contigo, como eras. Sea cual sea el problema que tengas, el Señor está contigo”.

 

ReL.

ACN

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