VIDA Y FAMILIA“Si tú quieres, tú puedes”: toda barrera entre Dios y la inmundicia humana, se rompe. La mano de Jesús…

ACNjunio 25, 2021

Tiempos de Coronavirus en una supuesta pandemia, tiempos con nuevos “leprosos”, a distancia, a veces en ghettos, combinados con la terrible exclusión de muchos, a veces bajo pautas puramente ideológicas. El evangelio del viernes de la duodécima semana del ciclo anual encaja de manera especial, con el fin de fomentar una reflexión más profunda.

Como se dijo: ciertas instituciones, combinadas con eslóganes sumisos, han demostrado de muchas maneras ser “irrelevantes para el sistema” en su convencionalidad. Otros, por otro lado, buscaron formas no solo de sobrevivir sino también de vivir en una situación construida y dramática.

“Jesús toca” al intocable, al que más asusta, al que echa atrás en su débil físico. Supera las barreras, la gran barrera entre lo infinito y lo inmanente, la debilidad y la impureza. Entonces Cristo lo llama.

En este contacto entre la mano de Jesús y el leproso, toda barrera entre Dios y la inmundicia humana, entre el santo y su opuesto, se rompe, ciertamente no para negar el mal y su poder negativo, sino para probar que el amor de Dios es más fuerte que todo mal, incluso el más contagioso y aterrador.

La curación de un leproso

“Cuando Jesús bajó del monte, mucha gente lo siguió. Y he aquí, un leproso se acercó y se postró ante él y dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano, lo tocó y dijo: Quiero, ¡límpiate! En el mismo instante el leproso quedó limpio. Pero Jesús le dijo: ¡Ten cuidado! No se lo digas a nadie, ve, muéstrate al sacerdote y ofrece el sacrificio que ordenó Moisés, ¡como testimonio para ellos! “. (Mt 8: 1-4).

Benedicto XVI. en su catequesis sobre el Ángelus del 12 de febrero de 2012:

Mientras Jesús estaba predicando por las aldeas de Galilea, un leproso se le acercó y le dijo: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús no evita el contacto con este hombre; más aún, impulsado por una íntima participación en su condición, extiende su mano y lo toca —superando la prohibición legal—, y le dice: «Quiero, queda limpio». En ese gesto y en esas palabras de Cristo está toda la historia de la salvación, está encarnada la voluntad de Dios de curarnos, de purificarnos del mal que nos desfigura y arruina nuestras relaciones. En aquel contacto entre la mano de Jesús y el leproso queda derribada toda barrera entre Dios y la impureza humana, entre lo sagrado y su opuesto, no para negar el mal y su fuerza negativa, sino para demostrar que el amor de Dios es más fuerte que cualquier mal, incluso más que el más contagioso y horrible. Jesús tomó sobre sí nuestras enfermedades, se convirtió en «leproso» para que nosotros fuéramos purificados.

Un espléndido comentario existencial a este evangelio es la célebre experiencia de san Francisco de Asís, que resume al principio de su Testamento: «El Señor me dio de esta manera a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura del alma y del cuerpo; y después de esto permanecí un poco de tiempo, y salí del mundo» (Fuentes franciscanas, 110). En aquellos leprosos, que Francisco encontró cuando todavía estaba «en pecados» —como él dice—, Jesús estaba presente, y cuando Francisco se acercó a uno de ellos, y, venciendo la repugnancia que sentía, lo abrazó, Jesús lo curó de su lepra, es decir, de su orgullo, y lo convirtió al amor de Dios. ¡Esta es la victoria de Cristo, que es nuestra curación profunda y nuestra resurrección a una vida nueva!

Queridos amigos, dirijámonos en oración a la Virgen María, a quien ayer celebramos recordando sus apariciones en Lourdes. A santa Bernardita la Virgen le dio un mensaje siempre actual: la llamada a la oración y a la penitencia. A través de su Madre es siempre Jesús quien sale a nuestro encuentro para liberarnos de toda enfermedad del cuerpo y del alma. ¡Dejémonos tocar y purificar por él, y seamos misericordiosos con nuestros hermanos!

 

Por Armin Schwibach.

Roma, Italia.

kath.net/as.

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