VIDA Y FAMILIA¿Por qué no hacer un pastel para una “boda” gay? Gran respuesta del pastelero acosado por los LGBTIQ.

ACNjunio 17, 2021

En 2012, Jack Phillips, propietario y artesano de Masterpiece Cakeshop, una pastelería que desde 1993 se había labrado una notable fama en Lakewood (Colorado, Estados Unidos), comezó a ser acosado por el lobby LGBT, y por el propio Estado de Colorado, por negarse a hacer un pastel para una boda gay. En 2018 logró una gran victoria ante el Tribunal Supremo, que no fue óbice para que tiempo después intentasen convertirle de nuevo en diana de los medios sometidos a la ideología dominante, esta vez con una tarta para celebrar una “transición” de género.

Pero la fe de Jack, cristiano evangélico, es como una roca, y no se arredra. En mayo de este año ha publicado un libro contando su historia y sus razones: El precio de mi fe. Cómo una decisión que tomé en mi pastelería me llevó hasta el Tribunal Supremo. En él, básicamente responde a la pregunta que le han hecho tantas veces, ya sea como amenaza o, de buena fe, para ahorrarse sufrimientos: “¿Y por qué no haces la tarta y te ahorras problemas?

En un artículo en First Things, él mismo resume la respuesta.

Por qué no limitarse a hacer la tarta

La decisión que tomé en la pastelería aquella tarde de verano de julio de 2012 -y mi decisión de seguir manteniéndola desde entonces-, me ha costado decenas de miles de dólares en ingresos y ocho años y pico de amenazas físicas a mi familia, insultos a mi persona e incontables horas ocupadas en acciones legales de uno u otro tipo.

Los porqués

Teniendo en cuenta todo esto, estoy seguro de que es muy probable que te preguntes: “¿Qué demonios le pasa a este tipo con el matrimonio? ¿Es realmente tan importante? ¿Realmente vale la pena todo este dolor y exasperación?”. O, como mucha gente ha dicho, “¿Por qué no limitarse a hacer la tarta?“.

Portada de The cost of my faith.

Jack Phillips ha pagado un precio por su fe, como dice el título de su libro. Pero tiene claro que sus obras nunca transmitirán un mensaje contrario a la ley de Dios.

Mi problema no era con los hombres que querían hacerme el encargo. Mi objeción nunca es hacia la persona, el cliente, que me pide que haga una tarta con un mensaje concreto. Mi objeción -en este caso- es con el mensaje en sí. Me encanta ayudar a cualquiera, pero no puedo ni quiero comunicar cualquier tipo de mensaje.

He evitado hacer pasteles que no sean tartas nupciales, como por ejemplo, tartas para Halloween, porque personalmente no veo que se celebre a Jesús ese día. No lo hago porque el motivo es glorificar cosas que la Biblia condena explícitamente.

Al principio de mi carrera como creador de tartas, alguien cercano a mí quiso encargarme una con un diseño concreto. Hojeando un libro en busca de una imagen en la que basar el diseño, descubrí que el símbolo que me pedían estaba relacionado con el ocultismo. En la otra página había el dibujo de un elefante. Preferiría hacer cualquier otra cosa -incluso el elefante de esta otra página- que el diseño ocultista que me han pedido, pensé.

Unos días después, la persona que me había encargado la tarta se pasó por mi pastelería y le expliqué amablemente por qué no podía crear nada con el símbolo que había pedido. Se encogió de hombros, dijo que lo entendía perfectamente y se quedó pensando un segundo.  “Vale, ¿y un elefante?”, me dijo. Fue, de nuevo, la demostración de que Dios controlaba cada aspecto de mi vida.

El mensaje no es irrelevante

Así que, desde el principio, el mensaje ha sido importante para mí. Creo que eso es cierto para cualquier artista. Nadie que se tome en serio el trabajo artesanal hace su trabajo suponiendo que nadie más se dará cuenta, o le prestará atención. ¿Por qué trabajar y ser disciplinado para llegar a ser el mejor posible en una habilidad o talento si a nadie le importa el resultado?

No pretendo estar a la misma altura que Miguel ÁngelShakespeare o incluso Norman Rockwell. Pero tengo mucho en común con cada uno de ellos, y con cualquier otro artesano que haya vivido o trabajado, sea cual sea su medio de expresión. En primer lugar, me tomo mi arte en serio. Segundo, quiero que los demás lo aprecien. Y tres, quiero que mi trabajo comunique un mensaje claro a quienes se toman el tiempo de apreciarlo.

Si tengo éxito en el número dos, es imposible que fracase en el número tres. Nadie se toma la molestia de apreciar realmente la obra de un artista solo para decir: “Sí, pero hay algo que no significa nada en absoluto”. Puede que no entiendan lo que quiere expresar ese arte en concreto. Puede que no les guste lo que significa. Puede que no estén de acuerdo con lo que significa. Pero sabrán que la persona que realizó esa obra tenía una idea muy clara en su mente, y tendrán al menos algún sentido de lo que significa esa idea.

¿Qué significa una tarta nupcial?

“Jack”, sigues diciendo, “es solo una tarta. Nadie está pensando en otra cosa que no sea ‘tiene buena pinta’, o ‘espero que sea un pastel de terciopelo rojo [red velvet cake: pastel de vainilla con un color rojo, de varias capas y con un glaseado de queso cremoso]'”. Pero eso no es cierto. Especialmente en el caso de una tarta nupcial.

Algunas de las obras maestras de Jack Phillips.

Todo el mundo reconoce una tarta nupcial cuando la ve. Y la mayoría puede decir, al examinarla de cerca, si esa tarta se ha hecho especialmente para los novios. Pueden ver con cuánto arte se ha realizado. Percibirán el sentido de celebración y quizás vean en el diseño algo sumamente personal, algo que refleja de manera hermosa el amor y la relación únicos entre esas dos personas. Si está lo suficientemente bien hecha, puede que incluso inviten a alguien más a acercarse a verla. Muchos preguntarán: “¿Quién ha hecho la tarta?”.

Pero, independientemente de lo que piensen sobre la tarta en sí, hay dos mensajes que se transmiten de forma instantánea y evidente cuando la gente mira un pastel de boda. Se ha celebrado un matrimonio. Y ese matrimonio debe celebrarse.

Como creador de tartas, quiero hacer ambas cosas. Quiero crear la tarta que mis clientes han pedido: algo delicioso, algo que celebre la maravillosa unión de esas dos almas únicas. Pero para comunicarlo, tengo que creer en el mensaje: que lo que va a celebrarse es un matrimonio. Y esto tiene que ver directamente con lo que creo sobre el matrimonio.

Las cosas han de hacerse como Dios las quiere

En primer lugar, creo que el matrimonio fue ordenado por Dios. La Biblia enseña que fue Dios quien concibió la idea del matrimonio -desde muy temprano, en el Jardín del Edén- y que tenía unas intenciones muy concretas cuando lo hizo. En el Génesis 2,24 leemos: “Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. El mismo Jesús lo afirma: “¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne’? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” [Mateo 19,4].

Estos pasajes me dicen varias cosas cruciales sobre el matrimonio. En primer lugar, esta unión fue idea de Dios, y Él se la toma en serio. El matrimonio es sagrado. Segundo, que su intención es que sea una relación única: la unión física, emocional y espiritual de un hombre con una mujer (no hay ningún pasaje bíblico que mencione o permita el matrimonio entre personas del mismo sexo). Tres, que Él ideó el matrimonio para que fuera un compromiso puro y permanente. Eso no significa que el divorcio sea imposible, pero no debería ser tan fácil y tan habitual que la gente termine tomando el matrimonio a la ligera.

Todas estas ideas están ampliadas e ilustradas en Efesios 5,21-28;33: “Sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo: las mujeres, a sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. […] En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido”.

Representar mal a Dios ante quienes nos rodean

Se han escrito libros enteros sobre este pasaje, y este no es el lugar para que yo explore toda la teología de la Biblia, ni siquiera para explicar todos los elementos de estos versículos que nos llevan a la reflexión. Pero el punto principal, creo, es bastante claro: el matrimonio no es algo casual, ni es simplemente una institución conveniente para dos personas que se aman. Dios creó el matrimonio para sus propósitos específicos, y dirige el comportamiento del esposo y la esposa dentro del matrimonio para ilustrar su propia relación con quienes comprometen sus vidas en él.

Cuando creamos dificultades en el matrimonio -tratándolo como algo menos que sagrado, tratando a nuestro cónyuge de forma poco amable y cariñosa, o convirtiendo la relación en algo que no es-, no solo estamos destruyendo nuestra propia felicidad, sino que también estamos representando mal a Dios ante los que nos rodean. Estamos haciendo un retrato inexacto y poco halagador de cómo es su amor por cada uno de nosotros.

Y este es un mensaje que no estoy dispuesto a ayudar a comunicar. Son ya demasiadas las personas que tienen dificultades para entender a Dios o para creer en su amor por ellas. No estoy dispuesto a usar mi talento para dificultarles el hecho de creer.

Mis creencias no tienen por qué ser las tuyas. Pero mis creencias son las que me hacen ser quien soy. Mi compromiso con Dios y con la verdad de un libro que creo que es su santa Palabra es la premisa que define mi vida, el centro de mi fe y lo que guía mis acciones. Si me pides que separe todo esto de mi trabajo, de mis decisiones, de mi arte, pues bien, simplemente no puedo hacerlo. No solo no quiero, es que no puedo. Es como pedirle a un arquitecto que construya un gran edificio, pero que primero quite los cimientos.

“No me pidáis que cambie mi relación con el Señor”

¿De dónde creemos que viene la creatividad artística? ¿De algo fuera de nosotros mismos? Por supuesto que no. Es agua del manantial de nuestra alma. Viene de ese lugar profundo dentro de cada uno de nosotros donde se mezclan nuestras experiencias, nuestra comprensión, nuestras intuiciones y nuestras creencias y convicciones más profundas sobre la vida. No se pueden separar unos de otros, igual que no se pueden separar los distintos ingredientes de una tarta después de hornearla.

Por eso digo que serviré a cualquier persona, pero no comunicaré todos los mensajes. Servir a la gente consiste simplemente en reconocer a cada individuo como una persona digna de respeto, hecha a imagen de Dios. No es mi intención obligar a nadie a ver el mundo como yo lo veo, ni a abrazar mis creencias sobre Dios y la Biblia. Si quieres rechazar a Jesús y comprar una magdalena, adelante: con mucho gusto te venderé esa magdalena y una taza de café para acompañarla, tal vez incluso para entablar una conversación sobre nuestras diferencias.

Pero pedirme que recurra a mi creatividad para comunicar un mensaje que considero erróneo es pedirme que deje de ser yo. Que cambie mi propia relación con el Señor. Que niegue las convicciones más profundas de mi corazón, y que pretenda que no he aprendido las lecciones más difíciles de mi vida, o que no importan. Eso es algo que nadie tiene derecho a pedirle a otra persona. Y tampoco es una orden que un ciudadano tenga que obedecer porque su gobierno le obligue a hacerlo.

 

First Things,

Traducido por Elena Faccia Serrano.

ACN

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