FORMACIÓN RELIGIOSAEl Espíritu Santo, causa de unidad, no de cismas.

ACNmayo 22, 2021

De Babel

Desde el pecado original de Adán y Eva, la división, y a veces la división hostil, marcan la raza humana incesantemente: Caín y Abel, el crecimiento de «la maldad de los hombres sobre la tierra, cuando todos sus pensamientos y deseos sólo y siempre tendían al mal» (Gén 6,5-7), el arrasamiento de la humanidad por el Diluvio, del que Dios salva sólo a Noé y su familia; pero su descendencia en Sem, Cam y Jafet, traen «la tierra corrompida ante Dios, y llena de toda iniquidad» (6,11); el intento de construir la torre de Babel, en un acto de soberbia, que indigna al Señor: «bajemos y confundamos allí su lengua … Y los dispersó de allí por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad» (11,1-9).

Al fondo el diablo, la fuente del mal, que introduce el pecado en el mundo, que separa y divide a los hombres, contraponiéndolos en grupos hostiles…El mundo ignora ya durante milenios la paz de la unidad.

 

 

–A Pentecostés

La historia de la salvación del mundo la inicia el Señor llamando a Abraham: «Yo te haré un gran pueblo… y en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra» (12,1-3). Israel, los patriarcas y profetas, el Decálogo y el Templo, la salmos, conducen hacia la unidad, a pesar de las divisiones de las escuelas rabínicas… Llegada la plenitud de los tiempos, en Jesucristo, encarnación del Hijo divino eterno, nuevo Adán, alcanza su culmen la historia de la salvación: «Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Él, por primera vez en tantos milenios de vida humana, cumplida su obra de salvación por el Evangelio, la Cruz, la Resurrección y la Ascensión a los cielos como Señor del cielo y de la tierra, envía desde el Padre al Espíritu Santo, que formando la Iglesia, «congrega en la unidad a los hijos de Dios dispersos» (Jn 11,51-52). Cristo lo ha anunciado: «Os digo la verdad, os conviene que yo me vaya, porque si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os lo enviaré» (16,7). Él será quien, concedido por Dios a hombres de todas las naciones, construirá el Pueblo de Dios, perfectamente unido en pensamiento, obras y lenguas.

El Espíritu Santo causa la unidad de la Iglesia en todos los pueblos y culturas

Como un milagro de unidad, desconocido en la historia humana, entiende la Iglesia desde el principio la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, adviento de fuego divino sobre María, los Apóstoles y la muchedumbre de muchas naciones:

«Asombrados de admiración decían: Todos éstos que hablan ¿no son galileos? ¿Pues cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra propia lengua, en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, los de Mesopotamia, Judea, Capadocia (…), prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras propias lenguas de las grandezas de Dios» (Hch 2,1-12).

Cristo «entrega su espíritu» en la cruz (Mt 27,50: frase quizá de buscado doble sentido) para realizar la unidad de la Iglesia por la efusión del Espíritu Santo. Para eso precisamente murió Jesús por el pueblo, «para reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que están dispersos» (Jn 11,51-52). Así es como forma «un solo rebaño y un solo pastor» (10,16). La sangre de Cristo es el precio de la unidad de la Iglesia.

«Todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo… y hemos bebido del mismo Espíritu» (1Cor 12,13). Los primeros cristianos, Por obra del Espíritu Santo, «perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles, y en la unión, en la fracción del pan y en la oración (…) Todos los que habían creído vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común (Hch 2,42-44), formamos en la comunidad eclesial «un solo corazón y una sola alma» (4,32).

La unidad de la Iglesia es, pues, una unidad comunitaria en la vida de Dios uno y trino, producida en todos nosotros por obra del Espíritu Santo. Ahora, gracias a nuestro Señor  y Salvador Jesucristo, «unos y otros tenemos acceso libre al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2,18).

«Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu [Santo]. Hay diversidad de ministerios, pero uno mismo es el Señor [Jesucristo]. Hay diversidad de operaciones, pero uno mismo es Dios [Padre], que obra todas las cosas en todos. Y a cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para común utilidad. A uno le es dada por el Espíritu la palabra de sabiduría; a otro la palabra de ciencia, según el mismo Espíritu; a otro la fe, en el mismo Espíritu; a otro don de curaciones, en el mismo Espíritu; a otro operaciones de milagros; a otro profecía, a otro discreción de espíritus; a otro, el don de lenguas; a otro el de interpretar las lenguas. Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere» (1Cor 12,4,11).

La Iglesia, según eso, es un Templo espiritual en el que todas las piedras vivas están trabadas entre sí por el mismo Espíritu Santo, que habita en cada una de ellas y en el conjunto del edificio. Así lo entendía San Ireneo: «donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí está también la Iglesia y toda su gracia» (Adversus hæreses III,24,1). Cristo se ha elegido y formado a la Iglesia como Esposa suya (Ef 5,22-32; 2Cor 11,1-2). Nuestro Señor Jesucristo, por obra del Espíritu Santo, tiene una Iglesia, no varias; un Cuerpo, no varios, una Esposa, no varias; un Rebaño, no varios; la Iglesia tiene una sola alma, el Espíritu Santo, no varias más o menos semejantes, pero distintas.

–La Iglesia es una, santa, católica y apostólica

La Iglesia, poco después de llegar a la libertad civil con Constantino (313), inició sus grandes asambleas. Y en el I Concilio de Constantinopla, IIº ecuménico (381), proclamó en el Credo a la Iglesia, «una, santa, católica y apostólica» (Denz 150). Vemos en ello la extrema urgencia de los Padres conciliares por declarar como dogma de fe la unicidad de la Iglesia. Es la fe que en el Credo mayor proclamamos los domingos en la Misa, el Símbolo Niceno-Constantinopolitano. Es la fe que confiesa igualmente el concilio Vaticano II (Lumen Gentium 8) y en el Catecismo de la Iglesia Católica (811). En ella la unidad se une totalmente con la santidad, catolicidad y apostolicidad de la Iglesia.

Algunos de quienes hoy propugnan la «unidad en la diversidad» no entienden la fórmula en el sentido católico. Es obvio que no puede haber unidad verdadera entre quienes profesan fórmulas dogmáticas de la fe católica con otros que afirman proposiciones objetivamente contrarias.

 

–El Espíritu Santo, principio vital de la unidad de la Iglesia

A todos cuantos en el Bautismo hemos «nacido del agua y del Espíritu» (Jn 3,5), Dios «nos ha salvado en la fuente de la regeneración, renovándonos por el Espíritu Santo, que abundantemente derramó sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador» (Tit 3,5). Así cumplió Cristo su misión: «yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

El Espíritu Santo, que «habita en los creyentes y llena y gobierna toda la Iglesia, realiza esa admirable unión de los fieles y los congrega tan íntimamente a todos en Cristo, que Él mismo es el principio de la unidad de la Iglesia» (Unitatis redintegratio 2).

–El Espíritu Santo, alma de la Iglesia

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo; es, pues, «un organismo vivo». Y como tal, todos los que han sido «bautizados en el Espíritu Santo» (Hch 1,5) tienen «“un solo corazón y una sola alma” (4,32), ya que es el Espíritu Santo quien, en unión con el Padre y el Hijo, unifica y vivifica la Comunión de los Santos, como único principio vital intrínseco de todos ellos. Cristo es la Cabeza de la Iglesia, y el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Esa verdad de la fe católica, formulada por San Lucas en los Hechos, la veremos ampliamente reafirmada en la Tradición.

San Agustín dice que «lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (Serm. 187 de temp.). Santo Tomás enseña lo mismo (In Col. I,18, lect.5, y dice también que es «corazón» del Cuerpo (STh III,8,1). Recuérdese también: León XIII (Divinum illud 8); Pío XIIMystici Corporis, Denz: 3808; Vaticano II:

Cristo, “para que nos renováramos incesantemente en él (cf. Ef 4,23), nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el cuerpo humano» (LG 7).

 

–El horror del cisma

En la Iglesia, sin embargo, hubo grietas en la unidad desde el principio. En parte, porque los cristianos, como en el caso de Corinto, estaban recién nacidos, y eran todavía «como niños en Cristo» (1Cor 3,1). En parte también porque aún la doctrina católica no había sido precisada por la Autoridad apostólica en concilios y en otros actos. Pero los Apóstoles reaccionaban con máxima fuerza para defender la unidad de la Iglesia, luchando con toda su autoridad espiritual contra los cismas, ya en su mismo inicio, cuando eran todavía una tendencia.

«Os ruego, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos habléis igualmente, que no haya entre vosotros cismas. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir. Esto, hermanos, os lo digo porque he sabido que hay entre vosotros discordias, y que cada uno de vosotros dice: “Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo”. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros, o habéis sido bautizados en su nombre?» (1Cor 1,10-13). Y «si hay entre vosotros envidias y discordias, ¿no prueba esto que seguís siendo carnales y que vivis al modo humano?» (3,3).

Todo lo que introduce en la Iglesia división –herejía, cisma– es pecado directamente cometido contra el Espíritu Santo, «el Espíritu de la verdad» (Jn 14,16), «el alma sola» de la Iglesia (+Hch 4,32). Y «el que no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo» (Rm 8,9). Por eso hemos de ser en la ortodoxia y la ortopraxis muy «solícitos para guardar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados» (Ef 4,3-4).

Vivamos hoy el horror de la Tradición por la herejía y el cisma.

–Herejía y cisma

 Herejía y cisma van juntos, al menos normalmente. San Agustín enseña que: «mediante las falsas doctrinas referentes a Dios los herejes hieren la fe. Y mediante inicuas disensiones los cismáticos se apartan de la caridad fraterna, aunque crean lo que nosotros creemos» (De fide et symbolo, 9). Pero como ya San Jerónimo observa, práctica e históricamente, herejía y cisma casi siempre van de la mano, pues el cisma se auto-justifica alegando herejía en la Autoridad apostóllica. Y conduce siempre a negar la primacía del Sucesor de Pedro.

Vivamos el horror del cisma, como San Agustín:

«Quien no vive en la unidad de Cristo y ladra contra la unidad de Cristo, hemos de entender que no tiene el Espíritu Santo. Las riñas, disensiones y divisiones sólo producen animales, de los que dice el Apóstol: “el hombre animal no capta lo que atañe al Espíritu de Dios” (1Cor 2,14). También en la epístola del apóstol Judas se halla escrito: “Éstos son los que se separan a sí mismos, hombres animales, que no poseen el Espíritu” (Jud 1,19)» (Serm. 8,17).

El Espíritu Santo une por la Liturgia

La Liturgia católica nos enseña y recuerda constantemente el misterio sobrehumano de la unidad de la Iglesia.

Y esa vivificación primera, por obra del Espíritu Santo, se inicia en el Bautismo, crece y se afirma en el sacramento de la Confirmación, en la Penitencia, en la Eucaristía y, en fin, en todos los sacramentos. Todos ellos dan comunicación y crecimiento en el Espíritu Santo, Dominum et vivificantem. En todos ellos se nos manifiesta como «Espíritu de vida» (Rm 8,2). Y a través de ellos nos conduce Dios a la vida gloriosa celestial.

 La Eucaristía es causa y signo máximo de la unidad de la Iglesia. Por eso se celebra por obra del Espíritu Santo, que es invocado antes y después de la consagración.

Primera epíclesis. «Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean Cuerpo y +Sangre de Jesucristo»… (Pleg. euc. III). Segunda epíclesis: «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo» (Pleg. euc. II).

Súplica de Cristo al Padre:

Ruego «por cuantos crean en mí, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros, y el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,20-21).

José María Iraburu, sacerdote.

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