FORMACIÓN RELIGIOSAVIDA Y FAMILIATengo miedo: la prudencia de la carne, sus falsas seguridades y los respetos humanos. V y último.

ACNmarzo 11, 2021

La prudencia de la carne, que se ha disfrazado de virtud, nos engaña aportando una seguridad ficticia, porque su fin no es trascendente ni su impulso es sobrenatural. «Nam prudentia carnis, mors est, prudentia autem spiritus, vita et pax» (pues la prudencia de la carne es muerte, pero la del espíritu es vida y paz) (Rom. VIII, 6). Detrás de ella se esconden los cobardes, en ella se escudan los traidores, hacia ella huyen los desertores, con ella se disfrazan los hipócritas.

Los «aseguradores» han encontrado una mina inagotable de argumentos persuasivos, y sobre todo lucrativos, explotando los miedos. La infinita gama de peligros, constituye una fuente interminable de beneficios para los vendedores de seguros que viven de los miedos y los eventuales infortunios. Muchos son los que necesitan blindar de todo riesgo sus existencias, no sólo con los seguros del coche, de vivienda, de salud, sino que, además, contratan toda suerte de garantías para hacer frente a toda clase de eventuales accidentes.

Entre las promesas de los políticos, una de las más demagógicas, es la de prometer seguridad a los ciudadanos que les votan. Ellos saben también, cómo explotar los miedos que nutren a la democracia, cuando por miedo muchos votan al mal menor. Para proporcionar la seguridad prometida, no les queda otro remedio que poner detrás de cada ciudadano un policía, y detrás de cada policía otro más, y como esto en la vida real es irrealizable, ahora intentan lograrlo siguiendo a cada individuo por el cybermundo, que termina estableciendo una nueva esclavitud, la de la civilización artificial.

Los impíos acusan a los sacerdotes de explotar los miedos, de traumatizar a sus rebaños, cuando predican a los niños y a las almas sencillas las postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria. La consideración de esas realidades debería ayudarnos a vivir en el Santo Temor de Dios que permite al alma sentirse como Gulliver en el país de los enanos; en cambio, las almas libradas a los miedos, vivirán como Gulliver en el país de los gigantes. Desgraciadamente muchos pastores olvidaron que la ley del miedo del Antiguo Testamento ya ha sido abolida, y actúan con las malas artes del gurú en la nauseabunda atmósfera de las sectas. Instrumentalizan al mismo Espíritu Santo, enredan las conciencias en marañas de escrúpulos. Por no predicar la verdad que se encarna en la Caridad del Nuevo Testamento, oprimen y coartan esa libertad interior que es herencia propia de los hijos de Dios. En vez de ayudarles a gozar de la condición de redimidos, perpetúan la culpabilidad.

En los repliegues del corazón, en los tibios recovecos del egoísmo, tenemos agazapados, escondidos, un ejército de cobardes, todos uniformados con los colores de lo razonable con que se disfrazan los traidores, que impiden salir de su zona de confort a los que tienen una cita con el heroísmo. Podríamos considerar que esos miedos viajan como polizones en la bodega, escondidos en los vericuetos del alma, auténtico caballo de Troya pletórico de enemigos, y si la imaginación les abre la puerta, surgen de lo más profundo, amotinados como furiosos revolucionarios, para quitarle el timón a la cordura y la razón.

Si Cristóbal Colón se hubiera dejado amilanar por toda aquella mitología que proliferaba en el fecundo imaginario colectivo, aquellos espectros y quimeras mucho más terribles que los mismos peligros de la mar, jamás le habrían dejado zarpar hacia el Nuevo Mundo, pero confiando en Dios y en Santa María, se enfrentó a Leviatán. Supo domar y ponerle rienda a todos los cíclopes y lestrigones, hidras y sirenas; a tales fantasmas jamás los encontró en su ruta, porque tenía su mirada clavada en la Cruz del Sur, y era su alma una vela henchida por el soplo del Espíritu; de esta manera, venció las tormentas y la calma chicha.

¿Cuántos proyectos han sucumbido en estado embrionario? El efecto letal lo causan los resultados del temor: la cobardía, la mezquindad y el egoísmo, que inconscientemente dan el golpe de gracia a quienes han de enfrentar enemigos. Podemos ser sus víctimas, y caer fulminados, incluso antes de salir de la misma trinchera. Esos miedos por lo general tienen una mayor capacidad mortífera que la fuerza efectiva de los adversarios

El «respeto humano» es otro de los nombres del miedo. El miedo al qué dirán, ha establecido la tiranía de lo políticamente correcto, donde las sociedades anónimas no son sólo un artilugio legal o la figura jurídica de una compañía comercial, sino también el espejo de nuestra sociedad, que diluye en el anonimato la responsabilidad que implica defraudar a accionistas e inversores. Puesto que el miedo no es tonto y tampoco hay nada más cobarde que el dinero, deberíamos animarnos a atesorar para el cielo, allí donde no llegan ladrones ni el óxido corrompe, invirtiendo nuestra hacienda y nuestro tiempo en el servicio de Aquel que es el único capaz de darnos por uno, un ciento.

Con el «respeto humano», se evita, metódica y sistemáticamente, ser piedra de contradicciónrehuyendo, por principio de educación mundana, entrar en aquellos temas en los cuales pudiera no existir el consabido consenso, o realizar alguna hazaña que ponga en evidencia la mediocridad y abominable tibieza de los cobardes o afirmar algo que ponga en evidencia las incoherencias liberales.

Ese «respeto humano» es el que condiciona la militancia religiosa y política de tantos tradicionalistas vergonzantes, que no tienen claro todo lo que implica el hecho de renunciar al mundo con el bautismo. En tácita complicidad con el sistema, son espectadores con la sonrisa condescendiente de los biempensantes. Se sitúan cómodamente para contemplar desde lo alto de alguna confortable situación, con la misma cruel indiferencia con que los romanos asistían al Coliseo, para ver cómo las fieras devoraban a los mártires. Hoy son muchos los que se mantienen al margen de toda militancia que comprometa su puesto, ponga en peligro su carrera o les haga sufrir la cuarentena que les imponga su ámbito social o familiar. Se limitan a observar indiferentes a quienes se baten en las arenas por el honor de su Dios, su Patria y su Rey.

Dentro de la misma clerecía el miedo a las excomuniones, con las que amenaza la jerarquía, ha llevado a muchos católicos a la apostasía. Desprecian el juicio de Dios por miedo a que el juicio de los hombres les imponga algún «sambenito». Son Clérigos miopes que, por no perder ese puestito que es la gran meta de sus tibias y mediocres existencias, por no perder sus prebendas, no aspiran a ocupar el puesto que Dios reserva en la gloria a los valientes que se hacen violencia. El temor de recibir los epítetos descalificadores con que el mundo designa a los que le hacen frente,  el miedo a perder la soldada, la seguridad social, la jubilación y sus beneficios, hace que muchos clérigos renuncien por un plato de lentejas a esa primogenitura a la que su vocación les llama. Si tuvieran que posicionarse, sin preocuparse por la caridad, la verdad o la justicia, indefectiblemente se sumarán a la mayoría; y en su hipocresía, ya encontrarán la manera de disfrazar sus cobardías con santas razones, y así acallar la voz de sus conciencias. Cobardemente se solazan inmersos entre la chusma, confiados en el anonimato que da el ser uno más en la masa, que inevitablemente lleva, hoy como ayer, a gritar ¡Crucifícale!  En definitiva, traicionan a sus pares, son desleales con las autoridades y cual viles mercenarios, por miedo al lobo, abandonan sus rebaños.

Cuando llegaron los murmullos hostiles de la ciudad al Colegio Apostólico, y comienza a oírse el ruido sordo de la tormenta que se desencadenará el Viernes Santo, los Apóstoles querían disuadir al Señor de subir a Jerusalén, pero hubo un valiente que venciendo todos los miedos les dijo: «vayamos y muramos con Él», y nos dio ejemplo de intrépido valor, venciendo los terrores.

Las batallas más terribles se libran en lo más íntimo del alma, el corazón es el más cruento campo de batalla, pero puesta nuestra fe en un Dios que es fiel, estamos seguros de que nunca nos faltará su gracia. En consecuencia, podremos vencer al más letal de los enemigos de nuestro bien particular y del bien común: el miedo. No olvidemos nunca que esas victorias secretas son las más importantes de todas; permanecen ocultas a los ojos de los hombres, en cambio son patentes ante los ojos de Dios, ante quien nunca seremos héroes anónimos. Por su exquisita pureza de intención ¡que hermosas son estas victorias, que no podrá jamás empañar la vanagloria!

Cuaresma es el tiempo favorable para hacer penitencia, y es urgente que mortifiquemos los sentidos interiores, sojuzguemos uno a uno esos enemigos llamados miedos. Normalmente se presentan ante nuestro espíritu formulados condicionalmente, al menos los miedos que consentimos lúcida y voluntariamente, a los que les hemos dado plena libertad y hasta alimentado su voracidad de manera imprudente. Sería oportuno, para poderla someter, cortarle los canales que le suministran alimentos. Construyamos, sobre la roca del temor divino y no sobre las arenas inconsistentes de los miedos, un reino interior de gracia y de paz.

En esta Cuaresma, deberíamos ir acercándonos a la Semana Santa con la valentía determinada de Santo Tomas, «vayamos y muramos con Él», porque sin Viernes Santo no podría haber Pascua de Resurrección y si morimos con Cristo, resucitaremos con Cristo. Mortificando cada día ese sentido interno que tanto daño nos causa y que denominamos imaginación. Ahora, que es el momento de elegir un sacrificio cuaresmal, y dudamos entre dejar el chocolate o el Instagram, vivamente os animo a mortificar la imaginación y así poder domar los miedos. No valen más los sacrificios que uno elige, que aquellos que la caridad de Cristo nos urge, pide y exige.

Se trata de abrazar con amor esa cruz que da más miedo y me ofrece Jesús, esa cruz de la cual huyo como un pagano y que evito como un judío; precisamente aquella que me produce más miedo, es la que tiene para mí la gracia de la verdadera sabiduría. Domando esas fieras íntimas, espectros secretos, sin temor al martirio y a la persecución, pues quienes seguimos a Cristo debemos tener asumido que si así trataron al leño verde ¿Cómo tratarán al seco? La Escritura nos advierte que «quien ama su vida la perderá», por eso quien la da por perdida, no podrá jamás perder el soberano placer de verla tan bien perdida.

Los miedos ponen trabas que solo tú conoces, intuyes y padeces, ponen grilletes a tus pies y cadenas a tus alas, para que no puedas despreciar lo pequeño, despojarte de lo mezquino, despegar de lo más bajo hacia un destino sublime. No olvides que tu omega es tan noble y divino, como lo fue el alfa de tu existencia, ese fin último divino. Confía el transcurrir de tu existencia a  ese Amor que, entre el alfa y el omega de tu vida, se llama Providencia.

Dios nos ama y cuida de tal manera que no llegamos a comprenderlo del todo. ¿Qué nos sugiere cuando nos dice que hasta tiene contados nuestros cabellos? Que ni las nimiedades más banales que nos conciernen, le son ajenas. Por hallarnos lejos de Dios, nos están asediando los miedos. En las horribles pesadillas de esta noche, tengamos el Rosario en la mano para sentir la tierna y segura protección de nuestra Madre. Cuanto más cerca estemos de Dios, más lejos estaremos de los miedos, y para estar más cerca de Él, nada mejor que el refugio de su Corazón Inmaculado. Ante almas revestidas del temor de Dios, capaces de vencer todos los miedos, los enemigos temblarán.

Oración de S. M. Isabel I Reina de Castilla, Isabel la Católica.

Tengo miedo, Señor, de tener miedo y no saber luchar. Tengo miedo, Señor, de tener miedo y poderte negar. Yo te pido, Señor, que en Tu grandeza no te olvides de mí; y me des con Tu amor la fortaleza para morir por Ti.

 

Rvdo. P. José Ramón García Gallardo,.

CIRCULO SACERDOTAL CURA SANTA CRUZ.

Periódico La Esperanza.

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