EL MUNDOVIDA Y FAMILIAImpactante testimonio de María de Himalaya en el Encuentro Familia.Vida.Libertad.

Juan Pablo Lozadafebrero 23, 2021

Atea, feminista y militante de la izquierda, una enfermera encargada de tirar al basurero los restos de los pequeños abortados en la clínica donde laboraba,  vio transformada su vida durante un viaje a Nepal y un encuentro “casual” con unas monjas, discípulas de la madre Teresa de Calcuta.

La necesidad que tenían las religiosas de aquél lejano destino, de una fisioterapeuta, la llevó a un encuentro con Cristo.

Se trata de María de Himalaya, quien ofreció este día su experiencia durante un nuevo Encuentro Familia, Vida y Libertad, realizado en la parroquia de Santo Cristo, en la ciudad de Cádiz, España.

Al iniciar, el párroco compartió unas palabras de bienvenida, dando un agradecimiento y mensaje de acogida a María invitándola a sentirse en familia. En seguida, Pedro Mejías presentó a María de Himalaya agradeciendo a la comunidad parroquial y a la Agencia Católica de Noticias por presentar este encuentro organizado por acTÚa Familia.

En un ambiente de oración comenzó su presentación personal dando unas “pinceladas” de lo que ha sido su vida.

“Yo le dije a Dios: En un caso remoto de que existieras, yo no te necesito”

Así inició María con su testimonio de vida, un testimonio que va desde su adolescencia donde se consideraba atea, feminista y pro-aborto, hasta el grado de odiar a  la iglesia, la moral, la tradición y todo lo que tuviera que ver con ella; estar del contra del Papa, la familia y del matrimonio.

Compartió que políticamente apoyaba a la izquierda española y socialmente odiaba a la ahora santa Teresa de Calcuta, una mujer que era la “antítesis del feminismo”.

Con tales ideales, comenzó a ejercer como enfermera en una prestigiosa clínica abortista de Bilbao, donde comenzó a vivir un lo que ahora define como un “infierno”.

El holocausto más terrible de este tiempo es el aborto,

confió a la audiencia.

Y explicó las razones de su afirmación:

Al poco de ser contratada, mientras arrojaba los restos de un bebé a la trituradora, vi un diminuto pie, correspondiente a un feto de unas ocho semanas. Por un momento me turbé y me pregunté qué estaba haciendo: ‘¿Y si ese pie es de una niña? ¿Así defiendo yo a las mujeres?’. Comenté tal experiencia con una compañera y esta me aconsejó: ‘Si quieres seguir trabajando aquí, eso que has visto, es un coágulo de sangre’.”

Tras ese desconcertante diálogo, María prosiguió su oficio aún durante varios años más. Su labor principal consistía en preparar el instrumental del quirófano y calmar a las madres durante la intervención. “El aborto es un negocio, así que hay que procurar que las mujeres no se levanten de la camilla, cosa que muchas intentan cuando ya notan los hierros dentro”, narró.

Con el tiempo, cambió desempleo. Económicamente le iba de muy bien, el dinero fluía, pero empezó a padecer un sentimiento de vaciedad. Y entonces, para tratar de “llenar” ese vacío, comenzó a practicar deportes de montaña a alto nivel (hacía alpinismo o corría maratones de 120 km) y también a introducirse en el budismo. “Parecía algo más de moda y era más estiloso decir que ‘es una filosofía, no una religión’”.

Sin embargo, un par de días después de comenzar en el budismo, María recibió una llamada que cambiaría su vida por entero. Era Suddep, su amigo de Nepal, un guía de montaña con el que había realizado años atrás el llamado ‘circuito de los Annapurnas’, que para muchos es la travesía más bella de todo el Himalaya. Esta vez, Era Suddeo le comentó por la vía telefónica que la requería para una labor solidaria: participar como fisioterapeuta en un proyecto humanitario en varias aldeas nepalís que todavía permanecían con graves necesidades, luego del terremoto que devastó la zona en 2015. Ella respondió que sí. Incluso llegó a pensar que esa podría ser una forma hermosa de acabar sus días. Primero ayudaría a aquellas personas y, una vez concluida su misión, se despeñaría por algún precipicio. A fin de cuentas, “¿qué mejor sitio para una alpinista que morir allí?”, pensó.

Así que María, tras aceptar la invitación de su amigo, se subió en el avión que la llevaría a Nepal, con la intención de no volver jamás. Al llegar a su destino, María supo que tendría algunas semanas de inactividad, ya que debería esperar que llegaran los demás voluntarios e inciar juntos las actividades humanitarias. Así que aprovechó para visitar el campo base del Everest y recorrer la caótica Katmandú.

En la capital del país, mientras deambulaba por el centro con su amigo, vio a dos monjas cuya congregación reconoció inmediatamente por su popular atuendo. En seguida apartó la mirada porque, literalmente, no podía ni verlas. Eran de las Misioneras de la Caridad, con sus inconfundibles sharis en blanco y azul. María detestaba a su fundadora, la Madre Teresa de Calcuta. No soportaba su denodada defensa de los no nacidos, su oposición frontal al aborto. Sin embargo, María no imaginó lo que estaba a punto de ocurrirle a ella. Pues si Madre Teresa sintió la llamada de Dios a dedicarse a los pobres precisamente en el Himalaya, en su conocido viaje en tren a la ciudad montañosa de Darjeeling, María iba a experimentar también allí, a los pies de las montañas más altas del planeta, donde la tierra parece juntarse con el cielo, una voz divina que transformaría completamente su vida…

Resulta que una de aquellas dos monjas se acercó súbitamente a ella y la agarró por el brazo, pidiéndole que las acompañara hasta su residencia. María se negó rotundamente y las religiosas se marcharon. Esa noche no pudo dormir. No cesaba de recrear esa extraña escena y de preguntarse qué querría aquella misteriosa monja. No había amanecido aun, cuando despertó a su amigo y le pidió que le acompañara de nuevo a aquel cruce de calles. ¿Pero cómo encontrar ahora a aquella religiosa? Suddep intentó disuadirla, pero no hubo forma. Se presentaron en el mismo lugar. Recorrieron y acabaron llamando a una puerta. “Providencialmente, ¡nos abrió la misma monja!”, recuerda. Pero la religiosa no le dijo gran cosa: sólo se limitó a citarla para el día siguiente en la capilla, para la misa de las seis de la mañana. A María, no le hacía la menor ilusión asistir a una celebración Eucarística, pero la curiosidad le consumía y necesitaba desvelar de una vez el enigma.

“Estaba tan ansiosa, que al cuarto para las seis de la mañana, ya estaba allí”, en aquella pequeña capilla sin bancas, con una gran cruz con la imagen de Cristo, una imagen de la Virgen y una fotografía de la Madre Teresa.

A los pocos minutos de iniciar la eucaristía, oyó una voz potente y a la vez dulce que le decía: “Bienvenida a casa”. Estaba con los ojos cerrados. Los abrió para comprobar la reacción de los demás. Pero ni el sacerdote ni las nueve religiosas que había allí con ella se inmutaron. “Ninguno de ellos había escuchado nada”, dedujo. Así que, nerviosa y pensando que quizás la elevada altitud estaba afectando sus sentidos, volvió a cerrar los ojos. Pero de nuevo esa impactante voz: “Bienvenida a casa, cuánto has tardado en amarme…”.

En ese instante, algo todavía mucho más extraordinario asegura que sucedió. Ella misma lo cuenta con estas palabras:

Tuve la certeza de que la voz procedía de la cruz que había tras el altar. La capilla se llenó de una inmensa luz y toda la estancia desapareció a mis ojos. Y entonces vi descender de la cruz a Jesús de Nazaret. Caí de rodillas con mi cabeza en el suelo. Caminó hacia mí y me dijo: ‘No necesitas los ojos de la cara para ver, sino los del corazón’. Sabía que se refería a la fe, así que le contesté: ‘Pero bien sabes que yo no creo en ti’. Y en ese momento me concedió el don de la fe. Vi toda mi vida pasar delante de mí, todas las atrocidades que había cometido, mi egoísmo e idolatrías. Empecé a llorar y a pedirle perdón. Él me cubrió con su misericordia y me dijo: ‘No importa lo que ha sucedido hasta ahora, sino lo que suceda en adelante, pero desde ahora, siempre juntos’. Supe que había llegado a casa, al hogar de todos, al umbral de su corazón. Pensé que iba a morir, pero no había llegado aún mi día. La luz se fue y pude ver de nuevo la capilla ante mí.

Pasadas las horas,  María ya no era la misma. Durante todo el tiempo que duró esa visión mística, las nueve religiosas, que habían permanecido a su lado rezando, conscientes de lo que le estaba ocurriendo, recibieron este mensaje: “Le daré una tierra nueva y le doy un nombre nuevo, María”. De ese bautismo del Espíritu, había surgido una mujer nueva: “Estaba completamente en paz y llena de una alegría que yo no conocía”.

Pasados los primeros momentos de exultación, María pudo sin embargo descubrir la causa estrictamente humana del misterioso requerimiento de la monja que le había cogido del brazo en la calle para llevarla con ella. Resulta que las religiosas  “llevaban meses rezando para encontrar un fisioterapeuta”. ¿Pero cómo podían saber que ella lo era?. María responde: “porque son personas del Espíritu…”.

La casa de la congregación en Katmandú, efectivamente, precisaba de aquellos cuidados sanitarios, de modo que María estuvo con ellas cuatro meses, ayudándoles y enseñándoles todo lo que pudo. Y después de todo ese tiempo, llegó al fin el momento de partir.

Yo me habría quedado en Katmandú con ellas –reconoce–, no me quería ir, pero acabé comprendiendo que debía volver, que mi misión estaba ahora en España.

Así terminó María su testimonio de vida, no sin antes exclamar: “No tengáis miedo”.

Con esa frase de San Juan Pablo II, María efectivamente concluyó,  dando Gloria a Dios. En agradecimiento, los presentes le tributaron un gran aplauso.

A continuación, algunos de los invitados le plantearon preguntas, que María respondió siempre con entusiasmo.

Por ultimo Pedro Mejías, agradeció a María y compartió la alegría de vivir este encuentro de testimonio y fe.

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