LIBERTAD CATÓLICAEl obispo que escapó del comunismo: «Quien no haya vivido bajo la tiranía, no puede entender».

ACNfebrero 22, 2021

“Es muy difícil que alguien que no haya vivido bajo la tiranía pueda darse cuenta y entender cómo puede ser la vida cuando debes sopesar cada palabra que digas y cada opinión que tengas He vivido la realidad del comunismo“, recuerda el obispo checo Petr Esterka, entrevistado por Jim Graves en National Catholic Register:

Petr Esterka, con Juan Pablo II.

Dos hombres que sí sabían de primera mano qué es el comunismo.

Un obispo checo recuerda su huida de la opresión comunista

Cuando era niño, la patria checoslovaca del obispo emérito Petr Esterka, de 85 años, ordenado obispo auxiliar de Brno, República Checa, en 1999 y que hoy vive retirado en el sur de California, no conocía la paz ni la libertad.

Primero, su nación fue ocupada por las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Algunos checos fueron enviados a campos de concentración, de los que nunca regresaron. Otros fueron ejecutados por su supuesta participación en actividades antinazis. Todos sufrieron bajo los dictados de una dominación militar despiadada.

Los “libertadores”

En abril de 1945, los habitantes de Dolni Bojanovice, la ciudad natal del joven Petr, se entusiasmaron al oír el estruendo de la artillería en la distancia. Los rusos, hermanos eslavos de los checos, venían a liberar a la esclavizada Checoslovaquia (que se disolvió en 1992 y se convirtió en dos naciones, la República Checa y Eslovaquia).

Sin embargo, los alemanes pretendían hacer pagar caro a los rusos cada kilómetro de terreno capturado. Se estableció una intrincada red de ametralladoras, artillería y explosivos para hostigar el avance del ejército ruso. Petr, de nueve años de edad, se apiñó en una bodega a las afueras del pueblo con otros 60 familiares y amigos dada la posibilidad de una batalla cruenta. Sin embargo, sorprendentemente, el pueblo se rindió sin apenas oposición. Los alemanes apenas utilizaron las defensas que habían preparado y, en algunos casos cruciales, los habitantes del pueblo ayudaron a los rusos. Un ejemplo: un observador alemán se había instalado en la torre de la iglesia para transmitir información sobre el enemigo que se acercaba, pero fue neutralizado por un párroco que cortó sus cables de comunicación.

Sin embargo, el entusiasmo por la liberación rusa se convirtió rápidamente en desilusión. Los soldados rusos eran toscos y proferían continuas amenazas; los saqueos y las violaciones estaban a la orden del día. Cuando Petr y su padre regresaron a su casa, esta estaba destrozada, ocupada por soldados rusos borrachos. Un oficial borracho agarró a Petr a punta de pistola y le dijo a su padre: “Quiero que me traigas en 30 minutos 15 cuartos de vino. Si no lo haces, te encontraré y te meteré una bala en la cabeza. Para asegurarme de que vuelvas, retendré aquí a tu hijo”.

Petr fue retenido como rehén en la despensa mientras su padre salía en busca del vino. Cuando regresó con él, el oficial sirvió una copa y ordenó al niño que se la bebiera. Este se resistió. Su padre le susurró: “Tiene miedo de que el vino esté envenenado. Intenta beberlo”. Después de engullirlo, el oficial sacó dos balas de su pistola, las dejó caer al suelo y declaró: “Toma, te las doy. Estaban destinadas a ti y a su hijo“.

Décadas más tarde, el obispo Esterka escribió sobre el suceso: “Mi padre las recogió lentamente. Nunca olvidaré la expresión de su rostro. ¡Qué recuerdos para conservar de nuestros ‘libertadores’!”.

Bajo un gobierno títere de Moscú

Los rusos acabaron abandonando Checoslovaquia, y un gobierno de coalición, que incluía a muchos comunistas, se hizo con el control total del gobierno bajo el mando de Klement Gottwald. Como explica el obispo Esterka, “Checoslovaquia volvió a estar ocupada por tiranos”.

Nacido en 1935, Petr Esterka es el mayor de tres hermanos. Su padre era obrero y carpintero. En su familia y en su pueblo, el catolicismo estaba completamente integrado en la vida cotidiana. Los padres de Petr, con su modesta educación, le instruyeron diligentemente en los principios de la fe católica; en el pueblo se veían a menudo procesiones con el Santísimo Sacramento.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el obispo local estableció en Brno un colegio católico dirigido por los jesuitas, que también servía de seminario menor para poder iniciar la formación de los futuros sacerdotes de la diócesis. Petr entró en el colegio a los 13 años y, con el tiempo, destacó tanto en los estudios como en los deportes (el fútbol y el atletismo eran sus favoritos).

El 13 de abril de 1950, el gobierno dio la orden de arrestar a los clérigos y los religiosos y enviarlos a campos de concentración. A las 2 de la madrugada, la policía secreta comunista tomó el control de la escuela de Petr y a la mañana siguiente los agentes comunistas sustituyeron a los jesuitas. Cuando se reanudaron las clases, la ideología comunista sustituyó a la enseñanza católica. Los emblemas de la estrella roja y la hoz y el martillo sustituyeron a la cruz.

El obispo Esterka recuerda un episodio especialmente ofensivo cuando un agente comunista entró en la capilla del colegio y profanó el Santísimo Sacramento, esparciendo las Hostias consagradas por el suelo.

La resistencia cotidiana

Los padres de Petr lo sacaron del instituto y lo inscribieron en la escuela de su pueblo, también impregnada de propaganda comunista. La formación jesuita de Petr le permitió sobresalir y se graduó como el mejor de su clase. Tenía la intención de seguir estudiando, pero su solicitud fue rechazada porque él y su familia eran católicos.

El obispo explica: “He vivido la realidad del comunismo. Se dice que todos son iguales, así que en teoría suena bien, pero en realidad el estado comunista es una sociedad de clases. Solo los comunistas pueden triunfar“.

Petr fue finalmente admitido en una escuela de comercio -aunque no era su preferencia- y durante los dos años siguientes los agentes comunistas (a los que tenía que referirse como “camarada”, un título que llegó a despreciar) intentaron adoctrinarle en la ideología comunista. En más de una ocasión Petr se enfrentó al agente comunista de turno que intentaba convencerle de que no había Dios. Sin embargo, las sesiones de lavado de cerebro tuvieron un efecto inverso, ya que Petr se vio obligado a estudiar cuidadosamente su fe para responder a diversos desafíos. Líder nato, convenció a muchos de sus compañeros a ir a misa con él antes de ir a la escuela.

Los comunistas presionaban constantemente a Petr para que comprometiera su fe y se uniera a un grupo juvenil comunista; incluso intentaron convencerle de que dejara de llevar la cruz en la solapa de su chaqueta. Durante algunos años fue el único miembro de su clase que no se unió a los comunistas. Siempre tenía que tener cuidado con lo que decía, incluso en privado, ya que los informantes y los dispositivos electrónicos de escucha estaban por todas partes. Afirma: “Es muy difícil que alguien que no haya vivido bajo la tiranía pueda darse cuenta y entender cómo puede ser la vida cuando debes sopesar cada palabra que digas y cada opinión que tengas“.

Testigos de la Fe

El obispo Esterka compartió la persecución que era el destino común de los católicos checos. Muchos fueron enviados a prisión, otros ejecutados. A menudo, el gobierno declaraba oficialmente como suicidas a los que habían desaparecido. Recuerda con cariño a su párroco, el padre Jaromír Porizek, que se oponía a los esfuerzos de los comunistas por suprimir la religión. El sacerdote fue arrestado y condenado a 15 años de prisión, pero fue liberado 11 años después debido a su débil salud. Murió en un hospital en circunstancias misteriosas.

También recuerda el ejemplo del obispo Karel Otčenášek (1920-2011), de la diócesis de Hradec Kráové, encarcelado por el régimen. Cuando finalmente fue liberado, lo enviaron a trabajar a una granja lechera como un simple obrero. Unos años más tarde, un grupo de turistas de los Países Bajos buscó al obispo y lo encontró, demacrado y agotado, sin ningún símbolo de su alto cargo, pero impertérrito ante los años de persecución. El obispo sorprendió a sus compañeros de trabajo, que vieron cómo los turistas se arrodillaban ante él para recibir su bendición.

Esta persecución tuvo diferentes efectos en la población católica. Algunos, que antes habían descuidado la práctica religiosa, se volvieron practicantes fervientes y resistieron. Otros, que antes se sentaban en primera fila los domingos por la mañana, traicionaron su fe y se convirtieron en informadores del gobierno.

La huida

La fidelidad de Petr a su fe hizo que lo echaran de la escuela y lo enviaran a trabajar a una fábrica. Los horarios eran largos, los salarios bajos y la supervivencia difícil en medio de la escasez y el racionamiento constantes. Una vez más, en la fábrica se daba preferencia a los que cooperaban con los comunistas. Pero Petr no cedía: “Créame, luché en muchas ocasiones conmigo mismo preguntándome si podría haber alguna vez una reconciliación entre mi fe en Dios y la pertenencia al partido comunista. Pero la respuesta era siempre la misma: ambas cosas son incompatibles. No podía ceder”.

Peter Esterka junto con unos amigos.

Peter Esterka, en 1957, posa junto con unos amigos en un campo de refugiados en Austria. Foto: Memory of Nations.

En 1957, a la edad de 20 años, Petr decidió escapar. Había sido interrogado por la policía secreta porque sospechaba que había hablado contra el gobierno, y temía que su detención fuera inminente.

Junto con dos compañeros, Petr se dirigió a la frontera checo-austríaca. Esparciendo pimienta detrás de ellos para que los perros de la policía no pudieran seguir su rastro, el trío se arrastró a través de campos de trigo y remolacha hacia una hilera de tres vallas, una de las cuales estaba electrificada. Las minas eran una amenaza constante. Rezaban continuamente a la Virgen y a San Judas pidiendo que intercedieron por su seguridad.

Se tropezaron con un cohete de señalización y chocaron con una torre con ametralladoras, pero milagrosamente los guardias fronterizos no les vieron. Con ayuda de unas cizallas, atravesaron las vallas y llegaron sanos y salvos a Austria.

Petr Sterka, en 1963.

Petr Esterka, en 1963, poco después de su ordenación sacerdotal. Foto: Memory of Nations.

Tras seis meses de discernimiento, Petr ingresó en un seminario para checos y en 1963 fue ordenado sacerdote. Al no poder regresar a Checoslovaquia por ser oficialmente un criminal y un traidor, buscó otro lugar para comenzar su ministerio. Invitado por un obispo de Texas, partió a Estados Unidos para atender a la creciente población checa de su diócesis (a pesar de no saber inglés). En 1966 regresó a Roma para continuar sus estudios, incorporándose después al profesorado del St. Catherine’s College de St. Paul, en Minnesota. Durante 23 años impartió clases de teología moral, matrimonio y ecumenismo.

En 1993 recibió una invitación para ir a la diócesis de Orange, California, a fin de coordinar la misión católica para los checos católicos en Estados Unidos, Canadá y Australia. (Con su ordenación como obispo en 1999, la misión incluyó también a Europa).

Desde la caída del comunismo en 1989, el obispo ha podido viajar libremente por la República Checa. Lamenta el efecto devastador que los 40 años de comunismo han tenido en la Iglesia; pocos asisten a la Iglesia o conocen su fe y las vocaciones son escasas. Se retiró como obispo en 2013.

 

ReL

Traducido por Elena Faccia Serrano. 

ACN

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