DESTACADOSIMPACTO PALABRANecesidad de una salud integral

Mons. Rutilo Muñoz Zamorafebrero 13, 20218 min
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En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: Sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”. Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes (Mc. 1, 40-45).

Cuando nos enfermamos buscamos lo más pronto posible recuperar la salud, no nos quedamos indiferentes. De ordinario se va al médico, general o especialista, para que, habiendo hecho el diagnóstico, nos pueda dar el tratamiento requerido y así lograr superar la enfermedad. Esto es en relación con la enfermedad física y psicológica. Nos admira que actualmente ha avanzado mucho el desarrollo de la medicina. Sin embargo, nuevas enfermedades van surgiendo, como hoy tenemos la crisis sanitaria causada por el Covid-19, la cual está causando muchos estragos en el mundo. Es una carrera interminable entre el avance de la medicina y el surgimiento de nuevos males que nos mantienen en una situación de inseguridad.

Podemos preguntarnos: ¿por qué la enfermedad, ¿cuál es su sentido en nuestra vida? ¿Por qué Dios la permite?

Nos ayuda a entender este problema lo que nos presenta el Catecismo de la Iglesia Católica. La enfermedad y el sufrimiento han estado siempre entre los problemas más graves que afligen la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte. La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Pero puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con frecuencia, la enfermedad lleva a las personas a una búsqueda de Dios, un retorno a Él. (Cfr. Catecismo de la Iglesia católica, 1500-1501).

En el texto del Evangelio de San Marcos de este domingo Cristo cura a un enfermo que padecía la enfermedad de la lepra, en ese tiempo incurable. Jesús encuentra una gran fe y humildad en él, de modo que tocando sus manos queda sano. Ante la petición del leproso: “Si tú quieres, puedes curarme”, impacta la respuesta inmediata de Jesús; “¡Sí quiero: sana!” En los milagros de Jesús, la fe es fundamental para poder ser curados. Jesús, sin embargo, no curó a todos los enfermos de su tiempo. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal (Cfr. Is 53,4-6) y quitó el “pecado del mundo” (Jn 1,29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora. (Catecismo 1505).

Así como buscamos de inmediato recuperar la salud corporal, también debemos buscar la salud espiritual. Se trata de lograr una salud integral para que podamos desarrollar nuestra vida humana y cristiana a plenitud. La gente sana puede dar mucho más en todos los ámbitos de la vida a nivel eclesial y social. Para transformar los ambientes del mundo de hoy se requiere de personas fuertes, sanas, física y mentalmente; pero también llenas de la experiencia del amor de Dios, del perdón, de la misericordia. Y para lograr este equilibrio se necesita cuidar tanto nuestro cuerpo como también nuestro espíritu.

Y como creyentes, formando parte de la Iglesia, hemos recibido la tarea del Señor de cuidar y velar por los enfermos de manera permanente. Por ello se debe promover en todas las comunidades parroquiales la Pastoral de la Salud, para lograr la atención integral de los enfermos con los medios materiales y espirituales. Y no olvidemos lo valioso para nuestra salud espiritual la riqueza de los sacramentos, la oración y las obras de misericordia.

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