VOLVIENDO A GALILEALectoras y acólitas.

Pablo Garrido Sánchezenero 12, 20218 min
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El lunes , día once de enero, el papa Francisco promulgo un motu proprio, por el que da acceso de manera oficial a las mujeres al ministerio del lectorado y del acolitado. De esta forma queda modificado el canon doscientos treinta, del Código de Derecho Canónico, que sólo permitía a los varones ejercer estos ministerios. San Pablo sexto, en su día en el momento de la reforma litúrgica, del año setenta y dos, después del Concilio Vaticano II, no dispuso que las mujeres fueran ministeriadas en el lectorado y el acolitado, pues consideraba que estos ministerios debían reservarse a los que se encaminaban hacia el sacerdocio. Pero en los cincuenta y cinco años posteriores al Concilio, la mayor parte de los obispos en sus diócesis han dado por hecho que las mujeres ejercieran en la práctica de lectoras en la Santa Misa, y en muchas ocasiones actuaran como ministras extraordinarias del Sacramento de la Eucaristía. Estas funciones propias del acolitado, están siendo realizadas en muchos lugares por mujeres con todo el derecho que les respalda proveniente del sacerdocio bautismal.

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El papa Francisco con las disposiciones de este motu proprio vino a dar carta de oficialidad, a lo que la práctica eclesial ha estado realizando con toda naturalidad, pero no deja de ser un motivo de alegría para una gran parte de católicos, que algo tan evangélico entre de forma oficial dentro del sentido común eclesial. Resultan conocidos los pasajes evangélicos, en los que las mujeres que acompañan a JESÚS y los discípulos, colaboran en la evangelización, como dice el evangelista san Lucas, en su capítulo ocho. Pero son menos conocidos los casos de Febe, la diaconisa que lleva la carta de san Pablo a las comunidades de Roma. Febe era diaconisa y responsable de las comunidades en Cencreas, el segundo puerto más importante después del de Corinto, en la región de Acaya. Parece que Febe era una persona con recursos, lo mismo que Lidia en Filipos, que acogió a Pablo en su casa con los discípulos Silvano y Timoteo. Distintas mujeres son mencionadas por san Pablo en las despedidas de sus cartas, donde queda reflejada también la misión evangelizadora que ellas realizan. De forma especial siguen la trayectoria paulina, Priscila y Aquila, un matrimonio que sale de Roma, en la persecución de Claudio, y encuentran a Pablo en Corinto, para reencontrarse en Éfeso; y coincidir de nuevo en Roma. Priscila y Aquila constituyen un ejemplo sobresaliente de un matrimonio evangelizador, que por lo reflejado en los textos podría deducirse que era Priscila, o Prisca, la que ostentaba el liderazgo en el campo evangelizador. Los nombres aquí reflejados son una pequeña muestra del protagonismo de las mujeres en el Cristianismo naciente, cuyas funciones iban mucho más allá de unas lecturas en la liturgia o la distribución del PAN eucarístico consagrado para los enfermos. Es una lástima que no se haya mantenido vigente con todas sus consecuencias la declaración de san Pablo, en la carta a los Gálatas: “ya no hay ni griego ni judío, ni hombre ni mujer, ni esclavo ni libre, sino que todos somos uno en CRISTO JESÚS. Cuántos errores y disparates se hubieran evitado a lo largo de los siglos, si hubiera permanecido el sentido auténtico de los textos de nuestro Nuevo Testamento.


 

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Pero no faltarán, también ahora, los cazadores de herejías y los nuevos jansenistas, que renieguen de cualquier acción eclesial normalizadora de lo que sale al paso en las mismas Escrituras. Claro que es preciso mejorar muchas cosas en nuestra Iglesia, y el Papa, en este caso, ha dado un paso en esa dirección. Son tiempos difíciles los que tendremos que afrontar, y en eso coincidimos muchos, por lo que debemos caminar dentro de la Caridad, que en palabras de la carta a los Colosenses, “es el ceñidor de la unidad consumada”. Hay muchas posturas rígidas, intransigentes y enfrentadas, que sin duda buscan lo mejor; pero no pueden enarbolar continuamente la amenaza de la división, la ruptura y el cisma. El protagonismo de la VIRGEN MARÍA aparece en Pentecostés como una referencia imprescindible para la Iglesia, que no se eclipsa, sino todo lo contrario, por la actuación de las mujeres en la participación en la Iglesia como Cuerpo de CRISTO, con sus dones, ministerios y carismas propios.

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