EL MUNDOFORMACIÓN RELIGIOSALa debilidad de Dios ante los nuevos Herodes.

Las mismas políticas que socavan a la familia con legislaciones perversas agitadas por catervas de nuevos Herodes que destruyen la vida constituyen el mayor impulso de descristianización en Europa.
ACNenero 2, 2021

Nietzsche dijo que, aunque la «noticia» tardaría en producirse cientos de años, el cristianismo que ha dominado Europa se extinguirá. Henchido y lleno en un tiempo, «el Mar de la Fe», como lo bautizara el poeta Matthew Arnold, se retira hoy de la marca de la pleamar. Hace unos días, una eurodiputada española mostraba su indignación ante la hostilidad que existe en muchos lugares hacia toda figura religiosa cristiana en el espacio público, lamentándose del esfuerzo realizado desde las más altas instituciones por reescribir la influencia del cristianismo en la historia de Europa. El Parlamento Europeo se negaba a poner un Belén en su sede porque «podía resultar ofensivo». «¿Es ofensivo recordar a los europeos que el 25 de diciembre lo que se celebra es el nacimiento de Jesús de Nazaret?», declaraba la eurodiputada, recordando la compatibilidad entre la separación Iglesia-Estado con el reconocimiento a las raíces cristianas de Europa y reivindicando algo tan sencillo como el legado histórico de Europa.

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Existe un pensamiento persistente durante décadas cuya apropiación alcanza el ámbito político: el ideario progresista de que la tradición y el relato cristiano es el enemigo a batir, una estrategia de censura que encuentra en la ideología identitaria una sucesión y suplantación generalizadas. Facciones cada vez más ofendidas abjuran de los fundamentos espirituales de la civilización occidental, pretenden abolir a la Iglesia de la esfera pública, regida únicamente por la normatividad secular. Una sociedad individualista y hedonista, subyugada por la exaltación de los derechos individuales y la autonomía, por un profundo emotivismo y una aterradora volatilidad, dispuesta en manadas resentidas por años de involuntario cautiverio, ejerce violencia institucional y un ejercicio de histeria colectiva sobre cuanto contradice sus comportamientos narcisistas y sectarios.

Hay una incuestionable explicación ante semejante actitud de hostigamiento hacia el cristianismo, estudiada con acierto en la obra de la ensayista estadounidense Mary Eberstadt: en una época en que muchas personas viven de manera contraria al código moral cristiano, la mera existencia de ese código se convierte en un objetivo para la exclusión y la crítica. La «década bisagra» de los años sesenta y el debilitamiento de la familia natural explica la colisión de muchas personas en Occidente con ciertas enseñanzas fundamentales de la fe cristiana. La proliferación sin precedentes de familias naturales debilitadas contribuye a una mayor resistencia ante un código moral cristiano, aportan el material emocional para construir toda una barrera contra la fe cristiana. El declive del cristianismo significaría una hostilidad cada vez mayor hacia la mera existencia de las creencias cristianas porque la familia en la actualidad está siendo vapuleada. El cristianismo se apoya en la familia para continuar la transmisión del mensaje cristiano, necesita la analogía de la familia para contar su historia fundamental, la encarnación del Hijo de Dios, la debilidad de Dios que se encarna en un admirabile commercium para darnos parte en su divinidad.

Las paradojas del panorama religioso europeo actual, donde se acrecienta el fenómeno de «creer sin pertenecer», abogando por una situación que sostenga unos valores que no se observan y aprovechando las funciones públicas de las iglesias sin sentirse concernidos por su doctrina, tiene como causa adyacente a una Iglesia católica domesticada y débil, abrumadoramente mediocre, que se quiere reformista, preconizadora de un cristianismo más inclusivo, desfigurando así con su carácter modernista todavía más el cristianismo y la familia natural, el verdadero cimiento donde se basan las Iglesias. En el esfuerzo por atraer al disidente y al diferente se desprotege a las bases, a las familias con hijos, capaces de transmitir la fe y de hacer comprensible la historia irreconocible de la Sagrada Familia. No puede haber una Pastoral Social que considere un «don de Dios» la diversidad de orientaciones sexuales en su seno invocando para su defensa una injusta discriminación hacia ciertos colectivos. Lo apremiante es promocionar la afligida familia, presente en el designio de Dios, sin exaltar el identitarismo sexual ajeno a la Creación. La vitalidad en el seno de la Iglesia está en los hijos y no en la dislocación impulsora de políticas identitarias. La noción de don es ajena a la búsqueda frenética de la identidad.


 

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La familia es la base de la vida pública. A medida que la familia se transforma, todas las estructuras construidas sobre esta base se precipitan de manera estrepitosa. La metamorfosis de la familia transforma la política y la sociedad, y por eso mismo disminuye la práctica del cristianismo, dificultando la respuesta que la religión cristiana ofrece al hombre de convertirse en un hijo de Dios. Las mismas políticas que socavan a la familia con legislaciones perversas agitadas por catervas de nuevos Herodes que destruyen la vida constituyen el mayor impulso de descristianización en Europa. El caso francés en el siglo XVIII, donde se evidencia que la caída de hijos se traduce en una mayor decadencia religiosa; el ejemplo de Gran Bretaña en la actualidad, donde más de la mitad de los niños nacen fuera del matrimonio; o el más reciente y estridente de Irlanda, golpeada con gran intensidad por el laicismo bien entrado el siglo XX, acompañada por la «católica» España, amenazada por una irrefrenable erupción de políticas de acoso y derribo, manifiestan la vinculación absoluta en Europa entre el declive religioso y el declive de la familia, el factor de la familia como la causa del declive de la religiosidad.

El drama sigue vigente más de dos mil años después: «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron». Pero la esperanza crea una fuerza y una misión mayor: «a quienes lo recibieron les da el poder de ser hijos de Dios». La plenitud del hombre radica en la acogida del don de Dios en el Verbo encarnado, el misterio de la eternidad en el tiempo, el lugar donde «se esclarece el misterio del propio hombre». La belleza de la Navidad es que la debilidad de Dios, lejos de crear resistencia, se pone ante el hombre haciéndose Niño para ser amado. Lo que hace importante a la rosa, dirá Antoine de Saint-Exupéry en El Principito, es lo que tú te sacrificas por la rosa. Lo que hace importante al Niño Dios para ti no es sólo su entrega, el perdón de nuestros pecados, la perspectiva de la vida eterna, sino también lo que tú haces por Él, tu adoración, tu amor por el Creador y las criaturas, la acogida de la Palabra eterna en la forma de un Niño. ¡Santa y feliz Navidad!

Con información de InfoCatólica/Roberto Esteban Duque

ACN

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