CULTURA RELIGIOSAFORMACIÓN RELIGIOSAEn Adviento

ACNdiciembre 12, 2020

La oración

Lo mismo que una dieta equilibrada debe aportar proteínas, azúcares, grasas e hidratos de carbono, en la debida proporción; así también la oración tienen que formar parte de la vida del cristiano junto con la lectura y meditación de la Palabra de DIOS, la Misa o la Fracción del Pan y las acciones creadoras de lazos de comunión y solidaridad (Cf. Hch 2,42). Todo en el tiempo de Adviento tiene un tono de esperanza, que mira al futuro con alegría. La oración nos dispone a exponer o formular distintos contenidos provenientes de la reflexión o de la intuición, de la mente o el corazón, y se los dirigimos a DIOS. La oración es un breve enunciado que dirigimos a DIOS, al que los sentidos físicos no perciben, creando un cierto inconveniente, dificultad o barrera insalvable. JESÚS aconsejó, que para la oración no se utilizaran  muchas palabras ni discursos brillantes, pues el PADRE sabe de antemano todo aquello que necesitamos (Cf. Mt 6,8). También indicó, que nos conviene un cierto grado de aislamiento y soledad para entrar en la percepción de la otra dimensión en la que DIOS se hace presente y tangible: “cuando vayas a orar, entra en tu aposento, cierra la puerta y ora en lo secreto; y tu PADRE que mora en lo secreto te recompensará” (Cf. Mt 6,6). Bien mirado, JESÚS ofrece una clave fundamental para tener una experiencia de encuentro  con DIOS dentro de la oración. Nuestra existencia se compone de pequeñas cantidades de muchas cosas. En todos los órdenes precisamos de algo de todo aquello que nos rodea. Entiéndase bien lo anterior: no necesitamos algo de cinismo o de odio; pero necesitamos algo de instinto por la supervivencia o cierta perspectiva ante el cínico, sin caer en su misma actitud. Según esto es conveniente mantener la secuencia diaria de oración para vivir, porque el “ingrediente DIOS” no puede faltar para un equilibrio personal. Algo de soledad y silencio interior es muy saludable en todos los sentidos para rehacernos del gran desgaste propiciado por el sinnúmero de estímulos recibidos a lo largo de una jornada. No se trata exactamente de relajación, ensimismamiento, bloqueo de los sentidos y pretender la vía del nirvana como antídoto frente al dolor y al mundo circundante. El consejo de JESÚS es más inmediato, simple personal y eficaz: cierra por unos momentos la puerta de tu habitación y queda fuera de los estímulos de la jornada para establecer un diálogo real con tu DIOS, que viene a ti en el mismo instante que lo busques. Para que se realice este sencillo o gran milagro es preciso concederle a DIOS su condición omnipresente y esencialmente amorosa. Parece que esta simple premisa es costosa de establecer para el hombre  tecnificado, que observa por otra parte la instantaneidad de una operación realizada por el espacio radioestésico. Instantáneamente percibimos la imagen o sonido generado en el otro extremo del planeta, y esto sucede por medio de unas ondas que se mueven entre cuantos de energía. ¿No será el ser espiritual de DIOS infinitamente más sutil que estas ondas radio que nos conectan a miles de millones de personas, a miles de kilómetros de distancia? El salto cualitativo entre las ondas electromagnéticas y el mundo espiritual puede ser una consideración válida para aproximarnos intelectualmente a la omnipresencia de DIOS, que debemos complementar con la percepción justa de su amorosa paternidad: DIOS es PADRE, que nos ama entrañablemente y espera con ardiente misericordia la vuelta de cada uno de nosotros (Cf. Lc 15,31-32). Al hombre de Fe, que considera el rostro amable de DIOS, no le importa que su buen DIOS tenga presente hasta los mínimos detalles de su vida, como refiere JESÚS: “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados” (Cf. Lc 12,7) DIOS no quiere imponerse a nuestra percepción como la mirada inquisitiva que todo lo ve, juzga, escruta y sanciona; pues de proceder así se rompería cualquier posibilidad de relación basada en la libertad y el Amor entre nosotros y DIOS.

 

El río Jordán, un lugar de oración

Orar es hablar, de ahí que el significado de este término sea polisémico y abarque distintas acepciones. Nos puede ayudar la recomendación que san Pablo realiza al finalizar la mayor parte de sus cartas en cuanto a la oración: “presentad vuestras oraciones y súplicas con acción de gracias” (Cf. Flp 4,6). No se trata de una petición cualquiera, sino de realizar una oración con una profunda actitud de súplica, pues no podemos acercarnos a DIOS con postura exigente, negociadora o chantagista. La súplica es la oración del hombre débil, pobre y realista. La muerte que es la quiebra definitiva de todos los aderezos humanos, tiene sus precursores, como la enfermedad, el infortunio y el fracaso. ¿Queda ante DIOS otro recurso que no sea la súplica? La súplica más escuchada en el Jordán estuvo en la petición de perdón de los propios pecados: “eran bautizados por Juan y confesaban sus pecados” (Cf. Mc 1,5) Estas súplicas movidas por una sincera actitud de conversión, eran sin duda correspondidas por la oración de Juan el Bautista como instrumento de DIOS para el Pueblo encargado de mitigar la ira inminente, el fuego de fundidor y la lejía de lavandero (Cf. Mt 3,7; Lc 3,7; Mq 3,2). La corriente del Jordán se convierte en el símbolo del pecado del mundo que discurre por él. A punto estaba de producirse otro acontecimiento en el Jordán con la presencia de un penitente especial: JESÚS de Nazaret. Mientras oraba, al salir del agua, se abrió el Cielo y el ESPÍRITU SANTO descendió y reposó sobre ÉL (Cf. Mc 1,9-11; Lc 3,21-22). Una oración distinta, porque AQUEL que la realizaba era singular, pues abrió en el mundo una nueva presencia de DIOS. Juan estaba siendo testigo de unos hechos que empezaban a desbordar su previsión. La súplica de JESÚS por el perdón de los pecados del mundo comenzaba a poner una manifestación plena de perdón  y reconciliación.

 

El ESPÍRITU SANTO prepara el camino al SEÑOR

Juan Bautista lleva el título de Precursor, porque “prepara el camino al SEÑOR” (Cf. Is 40,3), según testificaban las lecturas del domingo anterior. Pero la acción preparatoria principal es la que realiza el ESPÍRITU SANTO con antelación. Sabemos que a Zacarías el Ángel Gabriel le anuncia el nacimiento de Juan y le avisa de lo excepcional de aquel niño, que va a ser ungido por el ESPÍRITU SANTO en el seno de su madre (Cf. Lc 1,41). Los hechos así lo corroboraron y Juan ofreció un carácter especial a lo largo de todos los años de vida. Fue un caso especial de nazirpermanente y atestigua su unción cuando reconoce la presencia del ESPÍRITU SANTO descendiendo sobre JESÚS. Sólo quien posee al ESPÍRITU SANTO es capaz de percibir su presencia. Juan es un profeta carismático caracterizado por una vida marcadamente ascética, que atrae las miradas de todos en Israel y levanta adhesiones y múltiples suspicacias, pero no es el MESÍAS. El texto perteneciente al profeta Isaías, que viene como primera lectura de este domingo, hay que atribuírselo directamente a JESÚS, y viene a confirmar la teofanía trinitaria, que se va a producir en JESÚS, de la que Juan será testigo.

 

Isaías 61, 1-2

“El ESPÍRITU del SEÑOR está sobre MÍ, en cuanto que me ha ungido YAHVEH. Y me ha enviado a proclamar el Evangelio a los pobres, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad. A Pregonar el Año de Gracia de YAHVEH, día de venganza de nuestro DIOS consolar a todos los que lloran”. Juan Bautista tuvo seguidores como nos muestra el evangelio de san Juan (Cf. Jn 1,35); y en ese sentido hay un comienzo de la acción liberadora del ESPÍRITU SANTO, que prepara a las personas de buen corazón para recibir el Evangelio. Pero Juan está en la línea de frontera entre el tiempo propio de la Ley y la absoluta novedad del Evangelio. La Ley manifiesta lo que DIOS quiere, y el Evangelio predicado por JESÚS muestra lo íntimo del AMOR de DIOS, que se trasluce en MISERICORDIA. Cuado el hombre de bien se acerca a DIOS desea ser juzgado por ÉL, que lo hará como buen PADRE Misericordioso.

El atractivo profético de Juan Bautista no representó el efecto de un ilusionista, manipulador de multitudes. Los que escucharon su palabra empezaron a recibir una nueva luz, aunque no era él la LUZ. La palabra de Juan Bautista marcada por la firmeza no producía rechazo de los espíritus nobles, que se hacían conscientes de sus propias cadenas y las prisiones en las que vivían confinados. Los miedos interiores, las culpabilidades o los hábitos nocivos pueden privar de una libertad, que hace asfixiante la vida. En este último sentido las palabras de Juan el Bautista habrían llegado a muchos como anuncios liberadores con la esperanza muy próxima de  encontrar al MESÍAS anunciado. Como hombre de DIOS, Juan Bautista no venía a ofrecer a los hombres un manual de autoayuda, sino la llamada a la conciencia para la apertura interior suficiente, que diera paso a la acción de DIOS. Esta liberación no tiene un carácter sugestivo, sino que trae la salud y la paz al hombre de bien.

Para el profeta Isaías, lo mismo que para Juan Bautista, el “Año de Gracia” estaba unido a la “gran venganza” del SEÑOR. Cuando JESÚS interpreta, según Lucas, este texto en la sinagoga de Nazaret (Cf. Lc 4,19) omite intencionadamente la acción derivada de la venganza de DIOS, que podía asimilarse a una ponderación ajustada del juicio, pero JESÚS se queda en el comentario que llega hasta el “Año de Gracia”, que incluye la amnistía del reo. No sólo está llegando la redención, sino la exculpación para todo aquel que acredite en el AMOR infinito e incondicional de DIOS. El anuncio del Bautista, que hablaba del bautismo en el ESPÍRITU SANTO por parte de JESÚS no incluía esta vertiente de amnistía para los pecadores. Juan Bautista no se atrevió nunca a predecir tal cosa y mucho menos a considerar que eso se fuera a dar como efecto de su predicación.

 

La experiencia religiosa del profeta

El profetismo del Nuevo Testamento tiene rasgos propios debidos a su pretensión de alcance universal; sin embargo la acción profética en el Antiguo Testamento ofrece un carácter más restringido, y se localiza en personas o grupos muy concretos. El gran carisma profético del Nuevo Testamento encierra un compendio de dones dados por la unción del ESPÍRITU SANTO, que caracterizan al poseedor de los mismos como testigo del SEÑOR. Pero ahora tenemos delante uno de los grandes textos de Isaías, que desveló su contenido cuando JESÚS lo interpretó, sin que pierda nada de la importancia referida al propio Isaías en su momento.

Los profetas en sus escritos pueden contarnos el momento fuerte de su vocación y misión; así Jeremías nos relata el designio divino para el desde el seno materno destinado a ser profeta y testigo del SEÑOR en las adversas circunstancias de su tiempo (Cf. Jr 1,5). Algo similar relata Ezequiel o el primer Isaías en el capítulo seis de este gran libro (Cf Is 6,1ss). Al tercer Isaías le toca vivir otra época, y este capítulo sesenta y uno lo acredita como profeta, porque está “ungido por el SEÑOR, pues su  ESPÍRITU reposa sobre él” (Cf. Is 61,1). También a él le corresponde levantar los ánimos de los que sufrieron la gran prueba en el destierro, y devolver la esperanza a los que se consideraban excluidos de la presencia de YAHVEH para  siempre. Se ha proclamado el “año de Gracia” (Cf. Is 61,2); y YAHVEH quiere ofrecer un nuevo comienzo al Pueblo elegido.

El momento de la llamada profética con misiones especiales suele tener un grado de elevación, en el que el profeta contempla algo de la grandeza de DIOS y la misión que debe realizar dentro de su Designio divino. Ocurrió  con Moisés en el Monte Sinaí (Cf. Ex 3,10); o con san Pablo camino de Damasco (Cf. Hch 9,15). El tercer Isaías dice: “desbordo de gozo con el SEÑOR y me alegro con mi DIOS, porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo como novio que se pone la corona o novia que se adorna con sus joyas” (Cf. Is 61,10). La alegría del Pueblo elegido es en primer lugar la alegría de DIOS, que es contemplada por el profeta, y como fruto directo de esa contemplación, el profeta experimenta la alegría divina que no es de este mundo. Algunos profetas muestran el comportamiento de grandes místicos, aunque esto no sea requisito imprescindible para el profetismo, y como personas elevadas a las experiencias espirituales de gran intensidad van a pasar por  tiempos de gran efusión y otros de prueba y desierto, porque siendo grandes almas no están exentos de la vulnerabilidad humana, que aconseja para el momento presente la permanencia en unos niveles de experiencia espiritual cercanos al común de los mortales. Son muy escasas las personas, que el SEÑOR destina por tiempos prolongados a experiencias místicas intensas. El profeta Isaías nos hace partícipe de las consecuencias del “Año de Gracia del SEÑOR”, y completa la profecía que tendrá su pleno cumplimiento en JESÚS de Nazaret, quien tiene la potestad para declarar la amnistía general, la Redención universal y el perdón de los pecados para todos los hombres, porque ÉL pagó por todos con su sangre.

El profeta contempla realidades que desbordan el tiempo que le toca vivir, y continúa  en su lenguaje poético diciendo: “como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el SEÑOR hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos” (Cf. Is 61,11). ¿Estaba el profeta contemplando, sin entender demasiado, el acontecimiento de la Encarnación? También ”Abraham se alegró al ver el Día del SEÑOR” (Cf. Jn 8,56). La tierra dio un brote adecuado en la Virgen MARÍA con capacidad para engendrar como hombre, al que nunca fue creado, el HIJO de DIOS. El profeta ve surgir una nueva justicia por parte de DIOS, pero resulta inaudita: DIOS lo ordena todo de nuevo, haciendo recaer sobre SÍ mismo el peso de la culpa del mundo. JESUCRISTO no sólo murió por todos, sino que, según SAN Pablo, se hizo pecado por todos (Cf. 1Cor 2Cor 5,21). La Misericordia de DIOS va desplegando sus posibilidades y deja a los sabios con pocos argumentos, a los ortodoxos les obliga a replantear sus exactas medidas y a los entendidos en la justicia también les enseña la justicia superior del AMOR que ordena las cosas, restablece el orden, rehabilita a las personas y lo hace todo nuevo. Así los himnos prorrumpirán por todos los pueblos, porque el SEÑOR está realizando todo de nuevo. El profeta y místico es elevado a la contemplación de unas realidades, que chocan con las prosaicas cosas humanas, que camina hacia ese horizonte de perfección con grandes dificultades y no pocos retrocesos. Las extraordinarias visiones del tercer Isaías han tenido que esperar cuatrocientos años para dar inicio a su cumplimiento, y todavía estamos en el proceso iniciado que llamamos de los últimos tiempos. Esta fase tiene como objetivo llevar a término los objetivos que el Plan de DIOS se había marcado. La tensión está servida: nos movemos entre lo que DIOS quiere y lo que hacemos y queremos los hombres.

 

DIOS manda un profeta

El evangelista Juan incluye con todo derecho a Juan Bautista en el Prólogo del Evangelio. Dos grandes verdades se enuncian estos versículos:  el VERBO por quien tenemos la Vida es DIOS junto con el PADRE y su objetivo es hacernos a nosotros  hijos de DIOS por un nuevo nacimiento en el ESPÍRITU SANTO. El resto de los capítulos del Evangelio constituyen el detalle del objetivo principal. Pero en el Prólogo se incluye a Juan el Bautista, porque DIOS cuando tiene que decir algo importante manda un profeta; los hombres, en cambio, en virtud de una diplomacia enviamos un legado con un dossier amplio sobre el asunto a tratar. La contundencia del profeta es una exigencia de su misión; y, en este caso, el profeta tenía que estar a la altura de las singulares circunstancias. El hecho único estaba cifrado en la entrada extraordinaria  de DIOS en la historia de los hombres: “la Ley fue dada por Moisés, la Gracia y la Verdad nos vienen por JESUCRISTO” (Cf. Jn 1,17). Juan Bautista está en la frontera entre las dos Alianzas, y proyecta la tensión que él mismo vive en su persona. A su alrededor se crea una mesianidad sobre Juan, que él tiene que desmentir de modo tajante: “Yo no soy el CRISTO” (v.20) La categoría de Juan Bautista está en proporción directa a su humildad: “es preciso que ÉL crezca y yo disminuya” (Cf. Jn 3,30).

 

Las autoridades quieren saber

Las instituciones religiosas, sociales y políticas gozan de gran estabilidad y fortaleza, pero se sienten amenazadas con facilidad; y, cuando eso ocurre, despliegan sus tentáculos para neutralizar si fuese necesario cualquier movimiento que pudiera poner  en el mínimo riesgo su intocable estatus. Las instituciones son necesarias para articular la vida social incluida la religiosa como bien sabemos. Había que averiguar con cierta precisión qué papel estaba realizando aquel profeta eremita, que movía multitudes, y acudían a él de las regiones limítrofes para recibir un bautismo que  recordaba al régimen de abluciones de los esenios, que concebían la posibilidad de la utilización de la revuelta armada, si tal cosa fuese precisa. ¿Quién era Juan Bautista?

Las autoridades religiosas envían sus legados, Juan responde a tres interrogantes, y el primero de forma más explícita, que los otros dos. Comienza disipando cualquier duda o sospecha: “no soy el CRISTO” (v.19) Sabemos el significado del término: cristo, mesías o ungido que representa la misma condición, en lo que respecta al significado del  término; pero la cosa cambia al entrar en las distintas visiones de aquel momento sobre el MESÁS, que parecía estaba a las puertas. DIOS no podía dilatar más su intervención, según la opinión de muchos, y lo haría a través de su MESÍAS. La percepción no era del todo desajustada, pues DIOS estaba interviniendo de forma extraordinaria, pero por unos caminos distintos de los previstos por los especialistas en las Escrituras: “el MESÍAS está en medio de vosotros y no lo conocéis” (v.26). Aquellas palabras dirigidas a los fariseos enviados debieron sonarles muy preocupantes: el MESÍAS ya estaba entre ellos, no era Juan, y todavía no lo conocían. El perfil revolucionario atribuido al MESÍAS tenía que originar honda zozobra, en los que decían velar por la ortodoxia y las esencias del Pueblo elegido. Estaba previsto que el MESÍAS mostrase su condición en el lugar sagrado, y ese no era otro que el Templo de Jerusalén, pero antes debería ponerse de acuerdo y en contacto con las autoridades religiosas. Las palabras de Juan Bautista debieron crear mucha preocupación en aquellos enviados pues estaban sucediendo cosas, que los sumos sacerdotes y el Sanedrín no controlaban. Si el enviado de DIOS estaba en medio de ellos y no lo conocían, podían verse desplazados de sus cargos de autoridad religiosa en un instante, pues la legitimación del MESÍAS se realizaría de forma extraordinaria y conseguiría de inmediato leal seguimiento del Pueblo.

El profeta Elías al haber sido arrebatado al cielo en el carro de fuego (Cf. 2Re 2,11), quedó envuelto en un halo de misterio añadido, y se le asoció en la literatura apocalíptica a cualquier intervención llevada a cabo por el MESÍAS; de ahí la pregunta inquisitiva de los fariseos: “¿eres tú Elías? Él respondió: no lo soy” (v.21). Los signos ascéticos de Juan Bautista estaban en la línea de Elías con una severidad más acentuada, pues el atuendo de Juan era de piel de camello, que ofrecía una incomodidad permanente y su alimentación estaba fuera del estricto régimen legal: saltamontes y miel silvestre. Pensemos que estaba prohibido comer cualquier viviente marino que tuviese un exoesqueleto, como sucede con todo tipo de marisco; de la misma forma ocurre con las langostas que por aquellas tierras podían asolar, a modo de plaga, las cosechas. Por otra parte la miel silvestre no carecía de impurezas, que la dejaban fuera de la alimentación coser. Todo en Juan hablaba de una vida marcada por la renuncia, la austeridad y la entrega a una misión encomendada por DIOS mismo.

Tampoco Juan se atribuyó la identidad del “profeta”, al que se mencionaba en distintos escritos con atribuciones que satisfacían el imaginario grandioso del Pueblo que  aspiraba a la antigua semblanza del reino de David y Salomón. Juan no es el “profeta” que ellos podrían pensar, y su misión está fuera de sus cálculos; aunque ellos insisten y vuelven a preguntar: “Entonces, ¿por qué bautizas?

 

La voz del desierto

Cuando se entra en periodo de crisis intensa es necesario parar la actividad y ver nuevas estrategias para seguir a delante.  En la persona de Juan Bautista Israel volvió al desierto, para restablecer la Alianza. El profeta en nombre del Pueblo debe recibir una palabra cierta, que lleve a los suyos por la senda segura. Juan termina diciendo a los enviados de las autoridades religiosas: “yo soy la voz que clama, en el desierto preparad un camino al SEÑOR, como dijo el profeta Isaías” (v.27). Como señaló san Agustín la voz llega antes que la palabra, aunque ésta es la que permanece y da sentido a la voz escuchada. Algo así sucedió entre la aparición de Juan Bautista y el VERBO de DIOS, que vino en la persona de JESÚS de Nazaret. La seguridad en la contestación por parte de Juan dando cumplimiento al profeta Isaías debió inquietar  visiblemente a los legados sacerdotales pues se juntaban distintos motivos: el perfil de la propia persona de Juan, la existencia de seguidores, su justificación en los profetas y la práctica de un bautismo, durante el que los penitentes confesaban sus pecados para la conversión personal. El conjunto de todo ello ponía en grave riesgo la autoridad del Templo. El precedente de los esenios de Qumrán, aunque eran muy críticos con las prácticas del Templo, no representaban una preocupación especial para los dirigentes religiosos, dado que estos hombres retirados en el desierto, en vida  de comunidad se movían como una élite religiosa muy selectiva. Sin embargo el papel de Juan Bautista tenía otro carácter, pues estaba al alcance de todas las miradas y su única consigna se cifraba en la conversión o vuelta del hombre a DIOS, dejando la vida de pecado.

 

El bautismo realizado por Juan

El evangelista san Juan recoge en unos versículos más adelante el elemento diferencial que distingue el bautismo de Juan Bautista, del bautismo dado por JESÚS a su Iglesia: “sobre quien veas bajar el ESPÍRITU SANTO y reposar sobre ÉL, ese es el que bautiza en el ESPÍRITU SANTO” (v.33). Juan Bautista era consciente de la distinta entidad de uno y otro bautismo. El Bautista podía mover a los penitentes que se acercaban a confesar sus pecados, pero el perdón de los mismos sólo está en manos de DIOS. Este perdón se lo atribuye JESÚS con todo derecho y autoridad: “para que veáis que existe poder en la tierra para perdonar pecados; continúa diciendo al paralítico: levántate, coge tu camilla y echa a andar” ( Cf. Mc 2,11). A la pecadora arrepentida, en medio del escepticismo circundante, le dice: “mujer, tus pecados quedan perdonados” (Cf. Lc 7,48). Nadie puede perdonar pecados, sólo DIOS es capaz de realizar una acción de ese tenor, como bien concluían los escribas y fariseos que contemplaron la curación del paralítico de Cafarnaum (Cf. Mc 2,5-6). El bautismo de JESÚS socializa la presencia de DIOS en el corazón de los hombres por medio de la efusión del ESPÍRITU SANTO en el Bautismo. Todo esto no lo confería ni la Ley ni el Templo, de ahí que el destino de Juan Bautista fuera también un seguro aviso del destino de JESÚS. Los intereses humanos revestidos de una pátina religiosa quedan  muy reforzados, y dan a las jerarquías una licencia para sus conciencias muy por encima de cualquier otra justificación, pero esos acontecimientos están por venir; y, ahora, nos toca mirar en el plazo medio las manifestaciones que disponen los primeros pasos del VERBO de DIOS hecho hombre en este mundo.

 

San Pablo, 1Tesalonicenses 5,16-24

Las recomendaciones recogidas en este texto van en consonancia con el cultivo de la actitud de vigilancia propia de los que esperan la venida y revelación del SEÑOR manifestado en gloria. Ese encuentro apoteósico, en el sentido estricto del término, debe contar con una prioridad especial en todos los actos de los cristianos. La tensión espiritual y ascética recomendada para los momentos últimos es también indicada  en cualquier época, pues cada uno vivirá  el encuentro transfigurador con el SEÑOR en el nivel particular, pero integrado en la universalidad del Juicio, que acompaña toda la acción redentora.

“Hermanos, estad siempre alegres” (v.16) La alegría que nace de la presencia del ESPÍRITU SANTO en el corazón del creyente no descarta la alegría sana creada  para divertir en determinados momentos, o la alegría propia de un encuentro familiar o de amigos. Pero el fundamento de la alegría cristiana está en la fuente misma del ESPÍRITU SANTO, por el que los motivos para la alegría se amplían notablemente. San Pablo señala un grado extraordinario en la manifestación de esa alegría cuando dice: “sobreabundo de gozo en la tribulación” (Cf. 2Cor 7,4). Y corrobora ese estado de ánimo cuando encarcelado escribe a los Filipenses con una exhortación grande para que “estén alegres: “os lo repito, estad alegres en el SEÑOR” (Cf. Flp 4,4). Son muchas las cualidades y condiciones, que deben confluir en el cristiano para esta actitud y condición, y no todos estamos llamados a esas cimas espirituales, pero sí debemos quitar de la religiosidad todo sesgo de melancolía, con la que algunos pretenden vivir mejor su Fe.

“Orad constantemente”(v.17). Es conocida la anécdota del “Peregrino Ruso”, que un día escuchó esta lectura en una misa, y la frase le quedó grabada a fuego, tomándola en un sentido literal. Movido por una convicción profunda de llevar adelante una oración continua, buscó un maestro al que encontró después de un tiempo, y le  instruyó para favorecer un estado de oración permanente. Apoyado en la jaculatoria del ciego Bartimeo, “JESÚS, HIJO  de DIOS, ten compasión de  mí, pecador”,  logró la gracia de encender en su corazón la llama ardiente de una oración continua. Muchos ortodoxos y personas dedicadas a la vida contemplativa se apoyan en jaculatorias de este tipo para favorecer una oración que no debe cesar. San Agustín cifraba la oración continua en el deseo permanente de la persona de estar unida a DIOS. Obviamente, las fuerzas humanas no dan para empresas de ese tenor, pero la transformación  realizada por la Gracia puede llevar a término ese cometido. El solo hecho del intento ya responde a lo que DIOS quiere de cada uno de nosotros, pues la consecución del objetivo es un don exclusivo de su Misericordia.

“En todo dad gracias, pues esto es lo que DIOS quiere en CRISTO JESÚS de vosotros” (v.18) De forma poética, santa Teresa de Jesús lo expresó  muy bien en los versos “¿Qué mandáis hacer de mí?: dadme muerte, dadme vida; dad salud o enfermedad,  honra o deshonra me dad, dadme guerra o paz crecida, flaqueza o fuerza  cumplida, que a todo digo que sí: ¿qué mandáis hacer de mí?

Esta acción de gracias está alrededor de la Fracción del Pan para el cristiano: se alimenta en ella como en la fuente, pero después sigue un curso ciertamente autónomo. La oración de acción de gracias va rompiendo el tono exigente que presentamos ante DIOS en muchos momentos. La acción de gracias nos hace adultos, porque confirma la condición dependiente, por la que necesitamos de los demás, y principalmente de DIOS. La acción de gracias se vuelve una oración heroica cuando de forma sincera y sencilla se expresa esta actitud en los momentos de prueba, cuando la oscuridad nos oculta el propio misterio de DIOS. La acción de gracias, como actitud permanente, forja el espíritu del creyente.

“No extingáis el ESPÍRITU” (v.19) Cuántas gracias se pierden en la Iglesia por la mediocridad y la envidia, que vienen ligeras en ayuda de la esterilidad. Una de las labores prioritarias del líder religioso, del responsable de la marcha de la evangelización es el aprovechamiento de todos los carismas existentes dentro de la comunidad. Quien cercena un carisma en una persona está maltratando el Cuerpo de CRISTO. La comunidad de Tesalónica no presentaba conflictividad, pero el consejo dado por el apóstol  no dejaba de ser una llamada de atención.

“No despreciéis las profecías. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (v.21). El carisma profético en las comunidades dirigidas por san Pablo era de capital importancia, pues el ESPÍRITU SANTO actuaba a través de los hermanos para instruir con una palabra ungida, o podía manifestar una palabra de conocimiento, que ponía de manifiesto algo importante para la vida de la comunidad. Los mensajes proféticos eran validados por el conjunto de hermanos poseedores de este carisma con el discernimiento conveniente, por eso dice el apóstol: “examinadlo todo y quedaos con lo bueno”. La unción de una palabra profética era el elemento clave por el que la palabra se calificaba como auténtica o desechable. La ortodoxia de cierta manera se estaba forjando y el cuerpo doctrinal cristiano se asentaba en los elementos esenciales. En las cartas de san Pablo y en el libro de los Hechos de los Apóstoles tenemos algo de esta doctrina sobre la profecía y el discernimiento de la palabra profética.

“Que el DIOS de la paz os santifique plenamente, y que todo vuestro cuerpo, alma y espíritu se conserven sin mancha hasta la venida de nuestro SEÑOR, JESUCRISTO” (v.23). Estos versículos constituyen la lectura breve de la última oración oficial de la Iglesia, al finalizar el día de jueves. “Desde donde sale el sol hasta su ocaso” (Cf. Slm 113,3), la Iglesia de JESUCRISTO ora continuamente y lo hace con oraciones comunitarias de carácter oficial: la Santa Misa y la Liturgia de las Horas. Cuando llega la noche del jueves la Iglesia retoma estos versículos y se anticipa a la Parusía, que en palabras de JESÚS llegará “como ladrón en la noche” (Cf. Lc 12,39). La formulación de este texto ofrece una visión del hombre según san Pablo, que constituye toda una tesis a tener en cuenta, pero eso será en otro momento.

 

El Magnificat

Pocas son las palabras que conservamos atribuidas a la VIRGEN; y entre ellas contamos con el Magnificat, que proclama MAÍRA en casa de su prima Isabel. Hoy nos ha servido de respuesta responsorial a la primera lectura, acentúa el carácter jubiloso de  la celebración de este día y enlaza con el próximo domingo, que centra la mirada en la VIRGEN MARÍA de forma principal, recapitulando todo el Adviento. ÉLLA se alegra, porque el PODEROSO hizo cosas grandes en su persona, y el camino de Fe desde Abraham llega a su meta en el “sí” dado para la Encarnación. El Adviento es el tiempo litúrgico propiamente  mariano.

 

Por: Pablo Garrido Sánchez

ACN

Con un equipo de profesionales y analistas en el territorio nacional y el continente INFORMA del acontecer diario más relevante de la Iglesia en México y el mundo.

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