CULTURA RELIGIOSAEL MUNDOLIBERTAD CATÓLICAJesucristo es Rey.

ACNnoviembre 21, 2020

La Realeza de Cristo es uno de los dogmas más nucleares del catolicismo. Su afirmación se sigue a partir de una lectura serena de los Evangelios, en particular del cuarto, el del apóstol San Juan. Además de los textos veterotestamentarios y otros del Nuevo Testamento, especialmente las cartas paulinas y el Apocalipsis.

La pregunta que nos hacemos es cómo se explicaría, entonces, que salvo cuando se celebra la solemnidad litúrgica Cristo Rey, poco y nada se oye en las homilías sobre la Realeza de Cristo, su naturaleza y su alcance. Si hiciéramos una encuesta sobre los últimos cinco años –por decir un número–, ¿cuántos fieles podrían afirmar, por ejemplo, que oyeron mencionar, al menos, la carta encíclica Quas primas de Pío XI de 11 de diciembre de 1925, mediante la cual se instituye la Fiesta de Cristo Rey? En las catequesis parroquiales y de los colegios católicos, ¿se habla del asunto? Si se habla del tema… porque no queda otra dado que se acerca el fin del año litúrgico, ¿se lo hace en el mismo sentido que enseñó Pío XI en la Quas primas recogiendo, por otra parte, la doctrina de la Revelación divina cuyas vertientes son la Sagrada Escritura y la Tradición apostólica?

A decir, verdad, si se lee por primera vez o se repasa la Quas primas, Pío XI no busca resultar “original” –como sí tantos neopastores o neoteólogos contemporáneos– al profesar, con toda la Iglesia, la verdad de fe de la Realeza de Jesucristo.

En cambio, sí es original el motivo que argumenta el Papa Achille Ratti para instituir la fiesta litúrgica: “Si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos” (n. 17).

“Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo”, agrega, “con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad.

»Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

»Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar” (nn. 23-24).

En 2025 se cumplirán 100 años de la institución de la fiesta litúrgica de Cristo Rey. Con una mano en el corazón, ¿podríamos afirmar que hoy estamos mejor que en 1925?

En la actualidad, abundan las propuestas de cultura global, política global, educación global, economía global, fraternidad global… Y un largo etcétera “global”.

En realidad, lo que enseña la Iglesia es que cada uno de los hombres y los pueblos necesitamos a Jesucristo, Señor del Cielo y de la tierra, Señor de la eternidad y de la historia. Dado que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes, 22), que Jesucristo es el Redentor del hombre y de los pueblos, ¿para qué seguir perdiendo el tiempo y las fuerzas en proyectos naturalistas que, al fin y cabo, resultan un engaño? Como enseña San Juan Pablo II, el cometido fundamental de la Iglesia “en todas las épocas y particularmente en la nuestra es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús” (Redemptor hominis, 10).

Una de las explicaciones que encontramos a la pregunta planteada al comienzo es que, incluso con buenas intenciones, lo que se busca es agradar al mundo. Y sucede que Cristo Rey desagrada a la sociedad secularizada en la que vivimos. Es un hecho, no una interpretación. Un botón basta de muestra: el certificado o permiso que más de un católico piensa que debe pedir cuando quiere pronunciarse sobre el orden social en general y, en particular, el político. Palabras más, palabras menos: “Voy a hablar de política pero no piensen que quiero que la política sea católica…” Un poco de sensatez: si usted, querido hermano, es católico, ¿cómo puede no querer que la política sea católica? O la economía, o la educación, o cualquier otro ámbito de la vida social.

Basta de pachamamas o extravagancias por el estilo. Lo que le agrada a Dios es que los hombres, cada uno de nosotros, y los pueblos, le rindamos el debido homenaje a su Hijo. La auténtica pastoral social es la que busca la cristianización del orden social. Lo otro –las tres T: tierra, trabajo y techo; el desarrrollo económico, etcétera–, sin dejar de resultar bienes, se convierten en hojarasca si no se ordenan a la cristianización de los hombres y de los pueblos.

Hoy, como ayer y como siempre, “si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los albañiles; si el Señor no custodia la ciudad, en vano vigilia el centinela” (Sal 127). “Por eso, reyes, sed prudentes; aprended, gobernantes de la tierra. Servid al Señor con temor; temblando, rendidle homenaje, no sea que se irrite y vayáis a la ruina; porque su enojo se enciende en un instante. ¡Felices los que se refugian en Él!” (Sal 2, 10-12).

Por Religión en Libertad/German Masserdotti

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