CULTURA RELIGIOSAEL MUNDOFORMACIÓN RELIGIOSAIGLESIA EN MOVIMIENTOEl misterio de los clavos de la Cruz.

ACNnoviembre 19, 2020

En julio de 2020 se publicó un trabajo de investigación firmado por Aryeh E. ShimronYoetz DeutschWerner H. Schoch y Vitaly Gutkin con el estudio petroquímico de los huesos degradados y sedimentos del interior de cuatro osarios (cajas funerarias) descubiertos en lo que posiblemente se cree que es la tumba familiar del sumo sacerdote Caifás (siglo I d. C.) en Jerusalén. Durante el curso de la excavación de 1990, entre otros artefactos, se descubrieron dos clavos de hierro. Uno de los clavos estaba dentro de un osario, el otro en el suelo de uno de los kojim (nichos funerarios). Según la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA, por sus siglas en inglés), todo lo encontrado en la tumba quedó registrado excepto los clavos de hierro «que se han perdido», sin haber tenido la ocasión de ser debidamente registrados o fotografiados por el investigador correspondiente.

El periodista Simcha Jacobovici, por otra parte, creyó haber encontrado estos clavos perdidos en la colección de artefactos del laboratorio de Antropología de la Universidad de Tel Aviv y en 2011 produjo un documental en el que afirmaba su hallazgo. Y la polémica estalló de nuevo, ya que Jacobovici es célebre por hacer afirmaciones como la del hallazgo de la tumba de Jesús de Nazaret y su familia en Talpiot o la cueva donde bautizaba Juan el Bautista en la que, además, hay una posible representación del hombre del río Jordán.

Los investigadores de IAA declararon que los clavos perdidos de la tumba de Caifás no tenían nada que ver con los clavos encontrados en la Universidad de Tel Aviv y que debían de tener una procedencia diferente. Dondequiera que esté la verdad, la presencia de los dos clavos es de profundo interés en Israel, porque en el Nuevo Testamento el sumo sacerdote Caifás fue el responsable de entregar a Jesús a los romanos para después ser crucificado.

Un ejemplo muy vivo de crucifixión se puede contemplar en el Museo de Israel: el hueso del talón y su clavo perteneciente a Yehohanan ben Hagkol, un residente judío de Jerusalén. Este talón perforado por un clavo de hierro es la única evidencia tangible de la práctica de la crucifixión que se ha descubierto en excavaciones arqueológicas. El hueso fue encontrado dentro de un osario en una cueva en el norte de Jerusalén. Está inscrito con el nombre del difunto, Yehohanan hijo de Hagkol, un joven judío de unos 20 años. El hallazgo indica que sus piernas habían sido clavadas a los lados de una cruz, mientras que sus brazos, aparentemente, estaban atados a la viga transversal. Cuando sus familiares lo bajaron para enterrarlo, no pudieron despegar su pie derecho del poste de madera, ya que el clavo fue doblado; como resultado, quitaron parte de la cruz de madera junto con el cuerpo.

Hueso atravesado por un clavo.

Hueso del talón y clavo de Yehohanan ben Hagkol, judío crucificado por los romanos.

Gracias a las fuentes literarias antiguas sabemos que miles de personas fueron crucificadas en el Imperio romano. Sin embargo, hasta 1968 no se había descubierto arqueológicamente ni una sola víctima de este método de ejecución. Yehohanan era de buena familia, y pudo haber sido condenado por un delito político. Vivió en Jerusalén poco después del cambio de era y en algún momento antes de la destrucción romana de Jerusalén en el 70 d. C. Se han encontrado miles de osarios en cementerios alrededor de Jerusalén. Los osarios de la tumba de Caifás son del mismo estilo que el de la tumba de Yehohanan y sabemos que, según la Mishna (Mishna Shabbat 6.10), existían personas que coleccionaban los clavos de las crucifixiones como amuletos y para realizar curaciones mágicas.

Como se puede apreciar, todo lo que rodea los orígenes del cristianismo sigue provocando admiración y controversia. Por ello son oportunas las palabras del profesor Gabriel Barkai en este asunto en una entrevista en el Telegraph en 2011: «No hay prueba alguna de que esos clavos vinieran de la tumba de Caifás. No hay pruebas de que los clavos estuvieran conectadas a algún hueso o que haya algún residuo óseo adherido a los clavos. No hay pruebas textuales de que Caifás tuviera los clavos de la crucifixión después de que la crucifixión tuviera lugar y después de que Jesús fuera bajado de la cruz». El misterio continúa.

Con información de Religión en Libertad/Cayetana Johnson

ACN

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