Del primer Adán nos habla la Biblia en los capítulos iniciales del Génesis. Del segundo Adán, se trata en el Nuevo Testamento, y remite a la persona misma de JESUCRISTO. Nuestra vida personal realiza el recorrido, que se establece entre el primer Adán y el segundo. El primer Adán es tomado de la tierra (Cf. Gn 2,7); y el segundo Adán viene del Cielo (Cf. Rm 5,12-21).”Así también está escrito: El primer hombre, Adán fue hecho alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida(1 Cor 15,45). Lo que está previsto que lleguemos a ser, lo encontramos plenamente realizado en JESUCRISTO y lo recibimos como don gratuito. Sin embargo, a todas las afirmaciones anteriores es preciso añadir distintas matizaciones, pues lo que debemos recibir por Gracia no significa absoluta pasividad e ignorancia. También, los que están destinados a la Salvación no viven preservados de los riesgos, incertidumbres y oscuridades propias de la condición humana. No olvidemos que nuestra Salvación definitiva fijó su presencia en el mundo con una  componente de fracaso personal, en la línea del Siervo de YAHVEH. El segundo Adán no estuvo privado de las brumas que acechan el paisaje de la condición humana. La existencia conflictiva y traumática de los hombres no puede alejarnos de contemplar las dos escenas de forma simultánea: el proceso de fracaso humano, que conduce a la muerte en la Cruz, y la Resurrección. El segundo Adán vino del Cielo, pero este mundo no fue un cielo para ÉL.

El realismo del Génesis

La mirada del hombre moderno pretende ver la realidad sin la dimensión trascendente que le corresponde, y lo que se consigue es una fragmentación, que nos devuelve al caos. Precisamente es lo que algunos pretenden, pero trae muy malas consecuencias. Al final del Año Litúrgico, en este mes de Noviembre, fijamos la atención en las realidades, que inician su tránsito definitivamente por la eternidad. Pero todo eso, para nosotros, comienza en lo prosaico de nuestro mundo. En el primer libro de la Biblia encontramos la génesis de las cosas previstas por DIOS y los modelos, que  marcan el mapa providencial por el que discurrirán las acciones de los hombres y las intervenciones de DIOS. Los episodios del libro del Génesis no son narraciones con el objetivo de entretener a los niños para que se duerman, aunque esa sea una magnífica manera de acompañar los últimos instantes de la jornada de un hijo. Los cuatro capítulos iniciales de este libro sagrado señalan el profundo misterio de la persona humana, y constituyen una fuente de luz permanente para reconocer las dimensiones personales, que nos caracterizan. Damos un gran salto y nos encontramos con Abraham, que es el prototipo del hombre de Fe. El ciclo dedicado a Esaú y su hermano Jacob está lleno de constantes, que se repetirán a lo largo de la Escritura envueltas en otras circunstancias. Este es un libro bíblico, que termina con una alta cota de conducta moral, al narrar la reconciliación de José con sus hermanos, que lo habían vendido como esclavo a unos mercaderes que se dirigían a Egipto.

La Historia de la Salvación

Todo transcurre bajo la mirada providencial del DIOS trinitario, que deja sus huellas en la Historia de la Salvación. Lo que estaba en germen, con el paso del tiempo se  definió en su crecimiento. La Historia de la Salvación transformó los clanes familiares en Pueblo de DIOS; la tierra de Israel, en el Pueblo de las promesas para todos las naciones: “Te hago luz de las naciones” (Cf. Is 49,6). La Historia de la Salvación prepara los caminos para que aparezca “el sol que nace de lo alto” (Cf. Lc 1,78). Todos nosotros en cada singular historia reflejamos la providencia de DIOS, que da cuenta de la obra al final. La vasija de barro o cerámica muestra el resultado al final, cuando el alfarero o el artista la dan por concluida. Es posible que los últimos retoques lleven tiempo, aunque la obra parezca terminada. No sabemos la calidad artística que DIOS pretende imprimir en la humanidad, haciéndola semejante al barro inicial del alfarero o al material dispuesto al que se dispone a expresar su arte en una obra de cerámica. Estas metáforas se repiten en la Biblia, y atañen al mismo hombre surgido del barro de la tierra (Cf. Gen 2,7) En el principio está la potencialidad de las cosas y al final lo que era posible que llegaran a ser. Pero aquí se hace complejo el proceso, pues el final no es exactamente un tiempo determinado. La finalidad, término o acabamiento es un estadio que trasciende lo temporal y se encuentra en DIOS mismo, independientemente de la época y circunstancias en las que viva el individuo particular. DIOS planifica a su hijo, en el que pensó desde siempre, cuando llegue su momento; pues DIOS nos reconoce santos, perfectos e inmaculados en su HIJO, JESUCRISTO (Cf. Ef 1,4-5). La historia de los hombres es una historia de Salvación desde el primer momento en el que DIOS imprime esta ley en la condición humana: “creced y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla. Dominad sobre los peces del mar , las aves del cielo, las fieras y los ganados” (Cf. Gen 1,28). A partir de ese punto, DIOS entra en el mismo campo de juego dado al hombre, pues todo poder y dominio viene de ÉL. Han pasado siglos desde el registro de este don divino, y los seres humanos nos debatimos entre la autonomía del poder recibido y la atribución a DIOS del mismo.  Mientras tanto vamos escribiendo una Historia de Salvación con grandes intervenciones de DIOS, y notables fracasos humanos, que no logran alejarnos de la acción misericordiosa de DIOS por su Amor siempre dispuesto a ser providente.

La perfecta mujer

El libro de los Proverbios termina con un canto de elogio a la mujer casada, que es un ejemplo renovado de la “compañía adecuada” (Cf. Gen 2,20-23) dispuesta por DIOS para el hombre. Para eliminar suspicacias y disipar toda sospecha, hay que considerar  los relatos sobre el hombre y la mujer dados por el Génesis en mutua complementariedad. Según estos dos textos mencionados, el Génesis no establece desigualdad alguna en cuanto a la dignidad entre el hombre y la mujer:  “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza: hombre y mujer los creó” (Cf. Gen 1,26). La compañía adecuada de la mujer con respecto al varón; tiene la misma correspondencia del varón con respecto a la mujer. La mujer elogiada en este libro sagrado se muestra como el centro de gravedad alrededor del cual gira la actividad doméstica, que corresponde a una familia extensa y patriarcal. Tengamos muy presente que la mujer en la Biblia representa al Pueblo elegido con el que YAHVEH se desposa en perenne alianza de Amor: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón, y me reconocerá como su esposo” (Cf. Os 2,16). El protagonismo de la mujer cobra especial importancia en el caso de Ester, Judit o la profetisa Débora, que actúan como verdaderas heroínas y liberadoras del Pueblo elegido. Dos mujeres extranjeras como Rhut o Betsabé resultan claves dentro de la Historia de la Salvación por pura Providencia divina: Rhut fue la abuela del rey David, y Betsabé mujer de Urías el hitita, fue la madre de Salomón el segundo eslabón en la dinastía davídica, que entra de lleno en la genealogía del MESÍAS, JESÚS de Nazaret. Por tanto la pieza del capítulo treinta y uno del libro de los Proverbios no es un testimonio aislado con respecto a la mujer, en su condición de esposa y madre como columna sostenedora del edificio familiar. La mujer casada es perfilada como un ejemplo de perfección en la prudencia y la eficacia. Con toda justicia, estos precedentes femeninos los miramos en la perspectiva del papel realizado por la Virgen MARÍA en la Encarnación, muerte y Resurrección de JESÚS; que completa su actuación y protagonismo con la imprescindible intervención  en el grupo de los Doce a la espera del ESPÍRITU SANTO en  Pentecostés (Cf. Hch 1,14).

Mirada eclesial

La Iglesia de JESUCRISTO es esposa y madre: a la Iglesia JESÚS legó todos los tesoros de la Redención, pues ella es su Esposa (Cf. Col 1,18); y como madre dispensa los tesoros de Gracia a todos sus hijos. En este último punto, pensemos en la fuente sacramental que emana de la Iglesia y en la custodia de la Palabra revelada como fuente permanente de conocimiento espiritual.

“Una mujer hacendosa, ¿quién la encontrará?, vale  más que las perlas. Su marido se fía de ella y no le faltan  riquezas” (v.10-11). La Iglesia pertenece al Designio Eterno de DIOS, e inicia su peregrinar en el momento mismo de la Encarnación. La iglesia es el Cuerpo de CRISTO, que se inicia de modo real en las entrañas de la Virgen MARÍA.  El Cuerpo de CRISTO no ha cesado en su crecimiento y desarrollo, pues la Iglesia sigue su peregrinaje por este mundo redimido y salvado por JESÚS, pese a las contrariedades, que parecen negar este hecho fundamental. Por tanto al texto de Proverbios debemos darle un cierto giro de la mirada poética a los hechos, pues la Iglesia no fue hallada fortuitamente, sino prevista por DIOS. Apelando a los orígenes y fundamentos, la iglesia es santa; pero, al mismo tiempo, la Iglesia debe ser permanentemente modelada, renovada y sanada en los hijos que la componemos. Esta Iglesia así dispuesta, con todas sus contrariedades, no cesa de aportar beneficios al SEÑOR de la misma. A través de ella alcanzan las fuentes de la santidad a los hombres, y en la medida, que sólo DIOS  conoce, produce sus frutos.

“Adquiere lana y lino, y los trabaja con la destreza de sus manos” (v.13) La esposa tiene la autonomía suficiente para realizar sus compras y transformar la materia  primar en un producto bien confeccionado destinado a una de las necesidades primarias del ser humano como es el vestido. La Iglesia debe reconocer las necesidades de sus fieles y tiene que buscar la mejor forma de asistirlos. El vestido es símbolo del revestimiento moral que procuran las virtudes. Los buenos hábitos humanos y espirituales precisan de la confección adecuada. La iglesia debe aportar los patrones sobre los que ajustar los distintos comportamientos. Sabemos que en la actualidad, de forma especial, el pronunciamiento oficial de la iglesia, es siempre criticado, pero eso no debe retraer. Aunque el pronunciamiento de la Iglesia sea criticado, también es esperado y por un buen número agradecido.

“Abre sus manos al necesitado; y extiende su brazo al pobre” (v.20). Cualquier franja de la Historia de la Iglesia es buena para ejemplificar este hecho: la asistencia a los más necesitados. Frente al reproche actual del poder institucional y las riquezas acumuladas en concepto de patrimonio, la Iglesia podrá presentar con autenticidad el legado de asistencia a los más pobres de este mundo. Es de todos conocida esta acción solidaria y caritativa, aunque eso no valga de nada cuando toca denigrar a la Iglesia en los pecados de sus hijos cuando estos pertenecen al estamento institucional.

El Reino de los Cielos

En torno al Reino de los Cielos giran los evangelios sinópticos y presentan diversas facetas. Nos encontramos con la predicación del Reino de los Cielos por parte de JESÚS en la región de la Galilea (Cf. Mc 1,14-15). Se unen, la persona de JESÚS, la predicación y la tierra de Galilea para ofrecer la doctrina sobre el Reino de los Cielos; y, muy probablemente, la pretensión de JESÚS fuera establecer en aquella región de la Baja Galilea una experiencia piloto de la vida según los parámetros del Reino de los Cielos para trasladarla al mundo entero, como reza en el mandato final del evangelio de san Mateo: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizando en el nombre del PADRE, y del HIJO, y del ESPÍRITU SANTO” (Cf. Mt 28,19). El mandato del RESUCITADO fue el de volver a Galilea, porque fue allí donde se impartió la doctrina sobre el Reino de DIOS y se dieron las experiencias incipientes de la transformación general querida por JESÚS: “He venido a traer fuego a la tierra, y cuánto deseo que estuviera ardiendo” (Cf. Lc 12,49). La mayor parte de las curaciones narradas por los evangelios tuvieron lugar en la Galilea; el Sermón de la Montaña con el pórtico de las Bienaventuranzas, tiene a la Galilea como el sitió donde se anunciaron por primera vez. Los nombres conocidos, de los que iban a formar el grupo de los Doce provienen de la Galilea. No menos importante resulta el hecho de la vida oculta de JESÚS en Nazaret perteneciente a la Galilea. Y el envío para la misión universal, como hemos señalado, parte de la aparición del RESUCITADO en la Galilea.

El Reino de los Cielos, crecimiento y juicio

Las parábolas del capítulo trece de san Mateo sobre el Reino de los Cielos indicaban el proceso de crecimiento del mismo y sus consecuencias. Ahora, en el capítulo veinticinco, las tres parábolas atienden de forma especial al juicio, balance de la administración realizada o examen al ejercicio del don recibido de la Caridad. El juicio marca una ruptura con el estado anterior: el Reino de los Cielos entra en otra dimensión. Lo que se había iniciado en este mundo, semejante a un grano de mostaza, que germina y resulta una planta con capacidad para que los pájaros hagan sus nidos; o la levadura que hace fermentar tres medidas de harina. Esa dinámica ha concluido. Los lentos procesos, graduales, propios de este mundo se terminan para el hombre a nivel individual, y para la humanidad en su conjunto. Las escenas de juicio tienen esa doble aplicación: último día y final del mundo. Último día tiene su lugar en el evangelio de san Juan y el final de mundo viene dado en los textos apocalípticos del Nuevo Testamento. Las tres parábolas de san Mateo pueden leerse teniendo en cuenta las dos instancias judiciales: la particular y la final. Estos textos sobre la cuestión del juicio responden a lo que ocurre cuando nos llega la muerte, que de forma inexorable marca el final del tránsito por este mundo. Si hemos caminado según los valores del Reino de los Cielos, de acuerdo con lo comentado anteriormente; entonces, el resultado será una continuidad en un plano de vida  distinto, pero en nada nos será ajeno el Amor de DIOS, la comunión fraterna o el gran principio de la pobreza de espíritu, sin la cual es imposible todo lo que concierne a la vida eterna.

En la primera parábola de este capítulo veinticinco, el SEÑOR adopta la manifestación del NOVIO que se desposa con cada uno de los que el AMOR ha redimido. En la segunda parábola el SEÑOR adopta el papel de un gran propietario que delegó la administración de sus bienes de forma temporal en algunos siervos. Y en la tercera parábola el SEÑOR se reviste de toda su Majestad y se propone establecer un juicio con carácter universal acompañado de todos sus Ángeles.

El SEÑOR es el PROPIETARIO de todo y de todos

No estamos ante un propietario cualquiera: el SEÑOR “ha comprado para DIOS hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación”(Cf. Ap 5,9). En todo tiempo hay que decirlo, pero en estos momentos con cierto énfasis: los poderes satánicos que intentan  subyugar a los hombres no son los propietarios de nada; el único dueño del mundo  es JESÚS de Nazaret, que pagó con su sangre el rescate de toda la humanidad. En los momentos de encrucijada, como son los presentes, esta verdad hay que hacerla resonar con toda la fuerza posible. No son los poderes mundialistas satánicos, que pretenden convertir amplias regiones del planeta en un gulat los amos del mundo, sino que es JESUCRISTO el SEÑOR del mundo y de la historia de los hombres.

La parábola, de los talentos, Mateo 25, 14-30

“Un propietario, al ausentarse reunió a sus siervos y les encomendó su hacienda. A uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno; a cada cual según su capacidad. Y se ausentó” (v.14-15). El valor de un talento de metal noble, oro o plata variaba según fuese uno u otro, y también el peso del mismo, que podía oscilar en una cantidad importante de kilos. El propietario de la parábola muestra una gran confianza en sus siervos, al poner en sus manos muchos recursos. Sabemos que el propietario nos remite al SEÑOR mismo, y su confianza en los hombres se estableció a sabiendas de la incoherencia y negligencia de la condición humana. A pesar de las grandes infidelidades, el SEÑOR consiguió un resto suficiente de fieles, que respondieron de acuerdo a sus capacidades. DIOS no concede la responsabilidad, sin proveer del don. También el que recibió un solo talento fue de acuerdo a su capacidad para  multiplicarlo.

“En seguida, el que recibió cinco talentos se puso a negociar y ganó otros cinco. Igualmente el que recibió dos ganó otros dos” (v.16-17). Con brevedad, el texto indica la diligencia de los dos primeros siervos, que sin pérdida de tiempo buscan la productividad de aquellas sumas importantes de dinero. No sabemos con exactitud el tiempo transcurrido, pero estos siervos doblaron el valor de lo recibido. No se especifica en absoluto como lo negociaron, ni el concepto de los bienes negociados, por lo que se deja un amplio margen de libertad a la iniciativa personal. Contrastan estos dos siervos con el tercero, que adopta una actitud muy remisa y rehuye cualquier riesgo o compromiso.

“En cambio el que recibió un talento se fue, cabó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor” (v.18). No se debe hacer ostentación de lo propio, pero tampoco se puede ocultar lo que el SEÑOR confiere para el servicio y bien de la comunidad. De la misma forma que es necesaria la humildad, también es posible la falsa humildad, que viene a ser una forma sibilina de soberbia. Esta ocultación bajo tierra viene a representar la negación de la existencia, más grave aún que el ocultamiento de cualquier don o virtud. Enterrar un don que entraña relación de convivencia y solidaridad es lo mismo que enterrar la vida. El talento podía haber producido al ser visto por los demás y haber animado a su desenvolvimiento, pero fue enterrado y negado. La sepultura de un don surge también cuando el mismo se le hace cambiar de signo o de propietario. Un ejemplo entre muchos: la inteligencia recibida, que se cultivó y creció en las cosas de DIOS, al cabo del tiempo se dispone en su contra. La mutación realizada deja al sujeto en una situación en extremo comprometida.

“Al cabo de mucho tiempo vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta las cuentas con ellos” (v.19). La tardanza es la sensación temporal, que sentimos los hombres con respecto a los plazos que DIOS se da a SÍ mismo para actuar. Tal cosa ocurrió entre los primeros cristianos y los que habían escuchado sus impresiones sobre la “vuelta del SEÑOR” (Cf. 2Pe 3,9).El SEÑOR trata de ilustrar a los suyos de muchas formas, que la perseverancia es la que ofrece la “virtud probada” (Cf. Rm 5,4). Cada instante de la vida en la Presencia de DIOS le ofrece el carácter de su misma importancia y hondura. El paso de los instantes, minutos, horas y días sin contenido es un abismo que conduce a la depresión, al vacío o la nada. La espera del dueño, o del SEÑOR, es, de suyo, un modo de presencia, que hace vivir la Esperanza, sin crear falsas esperanzas. En la parábola de “Las Diez Vírgenes” se pronuncia una sentencia revisable: las vírgenes necias tendrán otra oportunidad sujeta también a la imprevisibilidad del momento. En esta parábola el juicio del dueño depara el destino definitivo.

“Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: SEÑOR, cinco talentos me entregaste, aquí tienes otros cinco que he ganado. Su señor le dijo: bien, siervo bueno y fiel, en lo poco  has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor” (v.20-21). El juicio para este siervo bueno y fiel cambia de modo radical sus perspectivas. Si lo encomendado se podía considerar como una fortuna, la decisión del dueño es que tenga unas competencias de un carácter desconocido, que pertenecen a un modo de vida superior, en el que se da a entender, que los dolores, las penas y los fracasos, ya no existen: “pasa al gozo de tu señor”. Deberíamos tomar nota de los dos aspectos nuevos, que se derivan como resultado del juicio del señor: unas competencias mucho mayores y el gozo del SEÑOR. Con frecuencia cuando pensamos en la vida que el SEÑOR nos tiene reservada en la casa del PADRE (Cf. Jn 41,1ss) tenemos sólo en cuenta la vertiente del estado de paz, descanso, bienaventuranza o felicidad. Casi podríamos decir que lo consideramos desde una vertiente hedonista. Pero esta parábola nos sugiere que el Cielo, el nuevo Reino de los Cielos, que comenzó a germinar en este mundo, tiene  unas competencias del todo desconocidas, pero que centrarán en gran medida la actividad del más allá, sin perder en absoluto su carácter litúrgico de permanente adoración y alabanza.

“Llegándose el de los dos talentos le dijo: SEÑOR, dos talentos me has dado, aquí tienes otros dos que he ganado” (v.22) Este siervo con dos talentos ganados escucha de su señor la misma sentencia que el primero; y se da a entender que recibirá en la nueva situación unos bienes en proporción a los conseguidos con los dos talentos.    Haciendo la trasposición a lo que nos podemos encontrar en la otra vida es fácil deducir que no existe el mismo rasero en las funciones o las competencias, aunque participemos de la misma Salvación o Bienaventuranza eterna, que es el gozo del SEÑOR. En nada nos debe inquietar tal cosa, pues es propio de DIOS la diversidad, en virtud de la propia relación personal y amorosa que establece con todos y cada uno. Nunca el verdadero amor es uniforme, sino establecido dentro de la singularidad de cada personalidad espiritual desarrollada en esta vida mediante la Gracia. Podemos decir, que a lo largo de la existencia vamos recibiendo talentos por parte de DIOS, que son los dones provenientes a través de su Iglesia, dentro de la cual estos talentos producen  la rentabilidad debida.

“Llegándose el que había recibido un talento le dijo: señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste, y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo y escondí en tierra tu talento, mira aquí tienes lo que es tuyo. Mas su señor le respondió: siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías haber entregado mi dinero a los banqueros, así al volver yo habría cobrado lo mío con los intereses” (v.26-27). La postura de este tercer siervo está cargada de matices, que tienen como denominador común los prejuicios y la debilidad humana, que entra por momentos en el campo de la inacción culpable.  Atribuye a su señor unos rasgos, que sólo él concede carta de veracidad: tú, señor eres duro y exigente. El señor, en cuestión, va a juzgar a ese siervo negligente conforme a la imagen preconcebida. Este punto es de máxima importancia, pues  aporta alguna pista al desenlace trágico de esta parte de la parábola. Hemos visto como la ocultación del don recibido está en la línea de hacer inútil la propia existencia, pero ahora añadimos un factor decisivo a esta situación: este siervo considera que no merece la pena arriesgar nada para un señor, que es considerado como un déspota, pues exige lo imposible. Para este siervo, su señor es un individuo terrible que  simplemente le ha dado el talento para tenderle una trampa y pillarle en un renuncio.  Este siervo desconfiaba radicalmente de su señor, y de todos los que pudieran ayudarle a dar un sentido a su vida: no fue capaz de poner su talento en el banco, para recoger el dinero junto con los intereses, cosa que podrían haber realizado sus compañeros, aunque el texto no lo diga. Dado lo dilatado de la vuelta del señor es muy probable que con el talento entregado al banco los intereses hubieran producido más del doble de lo aportado inicialmente. Como los dos primeros siervos, el tercero tuvo la oportunidad de invertir el talento en la misma propiedad del dueño, y de esa forma  contribuir al mejoramiento de la hacienda. Recordamos el caso de Jacob en su etapa en la casa de su suegro Labán, a la cual llegó sin más recurso que su propia fuerza de trabajo. Pasado un tiempo, Jacob había incrementado notablemente los rebaños de su suegro; y aquella situación le sirvió para granjearse el matrimonio con las hijas de Laban, Lía y Raquel. Después de unos años, Jacob deja a su suegro y regresa a su tierra de origen con una verdadera fortuna (Cf. Gen 29,30 y 31). Es posible que a este siervo, ni a los dos anteriores se les pudiera pedir un resultado similar por el fruto de su trabajo, pero el tercer siervo está justo en el polo opuesto de este caso siempre modélico, que  nos relata el Génesis.

“Quitadle, por tanto el talento, y dádselo al que tiene diez. Porque a todo el que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, aún lo que tiene se le quitará.” (v.28-29). La reacción del dueño, o señor terrateniente, es semejante a la descrita por el dueño de la viña. Los viñadores homicidas representaban a la clase dirigente y religiosa del Pueblo, que debía velar por el cumplimiento de las promesas; pero escasos de discernimiento y sobrados de impedimentos internos se volvieron enemigos del Reino de los Cielos, que sería entregado a otros, que produjeran sus frutos (Cf. Mt 21,43).  Estos textos parecen manifestar que el Designio de DIOS se llevará a término, aunque se den fallos humanos particulares como ocurre en el caso del tercer siervo de la parábola. Hay algo de verdad cuando se afirma: lo que alguien deja de hacer, eternamente queda sin hacer; pero esta afirmación no es toda la verdad. Los rasgos particulares que se darían en una presumible acción concreta, quedarán para siempre sin reflejarse; pero en el Plan de DIOS lo fundamental de la obra se llevará a término en virtud de la victoria de CRISTO: “Este es el Plan previsto por DIOS desde siempre: recapitular todas las cosas en CRISTO” (Cf. Ef 1,9-10). La victoria de JESUCRISTO sobre el Mal y la muerte conceden a DIOS toda la legitimidad para actuar en el mundo respetando la libertad de los hombres. La formulación de la Fe en los términos anteriores es de capital importancia, cuando vivimos encrucijadas históricas como la actual. Al decir que JESUCRISTO tiene poder para intervenir y cambiar el curso de determinadas fuerzas operantes, no es una simple adhesión intelectual a una verdad dogmática. Puede ser uno o millones los que hayan enterrado sus talentos, pero el Plan de DIOS se llevará a término con todas las posibilidades de juego en el tablero de la historia.

“A ese siervo inútil echarlo a las tinieblas de fuera: allí será el llanto y rechinar de dientes” (v.30). ¿No habíamos quedado en que DIOS es MISERICORDIA? Vale, que le hayan quitado el talento por vago e inútil; pero, ¿era necesario echar al pobre desgraciado a un castigo sin fin? ¿Cómo se conjuga el AMOR incondicional de DIOS con la expulsión a las tinieblas exteriores de este siervo negligente y holgazán? ¿Será que se escapan aspectos de la parábola, a la que debemos considerar teniendo en cuenta el amplio fondo de la Revelación? Sería muy conveniente leer de nuevo y muy despacio los últimos versículos de esta parábola, y podríamos encontrarnos con sorpresas. No nos salimos de la enseñanza oficial de la Iglesia Católica y consideramos real la existencia del infierno, pues Satanás existe como dato de revelación, en la experiencia de la Iglesia y en la doctrina de los últimos papas de forma especial. Reconociendo todo lo anterior, hay que considerar el carácter mismo de las parábolas, dispuestas para trasmitirnos un contenido de revelación, que recoge al mismo tiempo la actitud y apreciación humana sobre DIOS mismo. Algunas parábolas plasman con claridad la proyección personal sobre DIOS, como es el caso de la viuda que va a pedir justicia al juez inicuo (Cf. Lc 18,1-9). JESÚS describe con toda intención la escena de una mujer necesitada, que insiste en la petición, aún pareciéndole que aquel juez carece de empatía alguna. La misma parábola de los dos hijos o “El padre misericordioso” muestra que ninguno de los dos hijos tenía una imagen cabal del propio padre:  uno lo consideraba inmisericorde y el otro no siente la relación paterna de ninguna manera.

Damos por hecho, que el terrateniente de la parábola pretende referirse a DIOS mismo. ¿Qué imagen de DIOS se muestra en la parábola por parte del tercer siervo? La apreciación descrita en estos versículos no se parece en nada a la imagen dada por el Sermón de la Montaña sobre DIOS, “quien hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Cf. Mt 5,45). Tampoco se parece a la imagen de DIOS dada por JESÚS, en la que DIOS perdona siempre: “setenta veces siete (Cf. Mt 18,21-22). Este siervo vago e inútil denigra a DIOS: “sé que eres muy exigente, que siegas donde no sembraste; y cosechas donde no esparciste”. Este pobre inútil se instala en una gran mentira sobre DIOS con rostro de déspota. Ni viendo a sus compañeros que habían tenido un comportamiento distinto es capaz de pedir perdón a su señor. En definitiva, cualquier destino de ultratumba, que no sea entrar en el “gozo del SEÑOR”, como señala la parábola, es una gran pérdida. En la versión de san Lucas, este siervo inútil es condenado de acuerdo a sus mismas palabras: “siervo malvado, por tus propias palabras te condeno” (Cf. Lc 19,22). Este hombre recibe la condena como si se produjera el eco de sus palabras dictando su propia sentencia. De acuerdo con lo anterior, podría ser decisivo la propia imagen sobre DIOS.

La cuestión queda abierta, si el destino elegido es temporal o para siempre. Sabemos que DIOS quiere salvar al hombre hasta el último instante, como fue el caso del ladrón arrepentido (Cf. Lc 23,42-43); pero se vería obligado a respetar la libertad de cualquiera de sus  hijos, que decidiese una separación definitiva.

San Pablo y el Día del SEÑOR, 1Tes 5, 1-6

Da la impresión que el capítulo cuatro y el cinco de esta carta fueron escritos en distintos días con algunos de intervalo, pues de forma esquemática retoma el tema del Día del SEÑOR, de cuyo contenido había expuesto su pensamiento en los últimos versículos del capítulo cuatro. También aquí se une a la trascendencia del Día del SEÑOR y su manifestación la necesidad de llevar una vida virtuosa marcada por la sobriedad. Repite el apóstol la máxima evangélica: “el Día del SEÑOR va a venir como un ladrón en la noche” (v.6). Los cristianos  iluminados por CRISTO no vivimos en la oscuridad (v.4). Por los sacramentos de la Iniciación Cristiana y la práctica de las virtudes teologales, vivimos como hijos de la LUZ alejados de las tinieblas (v.5). Esta vida en DIOS nos hace permanecer en vela a la espera del SEÑOR con la sobriedad del que sabe que sólo en DIOS tiene su fuerza (v.6). Una lectura entre líneas de estos versículos da pie a una visión como la anterior abierta a la lectura personal que cada fiel debe hacer del texto sagrado.

Por Pablo Garrido Sánchez

ACN

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