No había ya otra opción. Si no parábamos, el contagio seguiría creciendo exponencialmente, y después, incontrolable o, por lo menos, más difícil de atender.

La decisión no gustó a nadie, por supuesto, pero no había de otra. Algunas actividades, como las religiosas, son las que más dificultad, desde esta perspectiva, nos cuesta que se hayan detenido. Por dos razones: una, porque para muchas personas se trata de una actividad esencial, con todas las denotaciones y connotaciones que trae el fortalecimiento interior y el alimento de la esperanza, tan necesarios en este momento. Diríamos que la autorización para participar en las celebraciones Eucarísticas hasta podría ser un motivo de conveniencia para las autoridades, para combatir el mal que estamos padeciendo, porque ahí, en las celebraciones religiosas se renueva el espíritu de la persona y, por tanto, su sistema inmunológico. No es broma. Esto que parece una mera consideración piadosa, ha sido avalado por diferentes estudios.

Y la otra razón para que se considerara la apertura (controlada) de templos es que, luego de que se volvieron a abrir, estos recintos son los más seguros. No se tiene registro de que en las iglesias se haya promovido el contagio, porque han asumido, con responsabilidad, los procesos de higiene y sanitización, así como el aforo de fieles, respetando las indicaciones de las autoridades, y porque la estancia ahí es breve. Pero se explica que hayan quedado incluidas en el paro.

Todos debemos aprender a ser responsables ante la situación que, desgraciadamente, muchos todavía no asumen.

No sabemos qué tiene que suceder para que todos nos involucremos activamente en la solución, y no solo critiquemos cada paso que dan quienes nos gobiernan. Cuántos enfermos y, peor aún, cuántos muertos tenemos que sumar para ser conscientes de la gravedad de la situación. Ojalá que, luego de este paro necesario y obligado, tomemos en serio lo que está pasando.

Sin embargo, no toda decisión es perfecta, o por lo menos en todo lo que abarca. A pesar de las disposiciones, ha habido personas, negocios, puestos callejeros, etc., que parece que no escuchan nada. Siguen con su vida ordinaria, sin ninguna nueva normalidad, y no ha habido poder que los convenza o, en su caso, los sancione.

Se explica, porque se necesitarían miles de inspectores que pudieran recorrer las calles de la ciudad; no alcanzan a darse cuenta de los cientos de ambulantes y no tanto que, sin acatar el botón de emergencia, siguen provocando que se aglomere la gente.

Y por otra parte, cuando sea publicada esta edición de Semanario, donde esperemos que haya sido modificada la disposición es en lo que se refiere al transporte público. Se notó que quienes hicieron el planteamiento del servicio de camiones fueron personas que no los usan, que afortunadamente tienen automóvil propio, porque los trabajadores y, sobre todo, el personal médico, cómo le batallaron el fin de semana pasado.

Si no queremos que esto vuelva a suceder, apretar el botón, tenemos muchas cosas qué mejorar en nuestra nueva rutina, antes de que el virus nos controle todavía más.

Con información de ArquiMedios/Editorial

ACN

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