Poder amar

Hazlo por mí.
ACNoctubre 25, 2020

Quien dice esta frase evidentemente confía en que le importa a otra persona lo suficiente como para pedirle que haga algo que por otra razón quizá no haría. Y por lo general quien la pronuncia está aludiendo no al poder, no al dinero, no a algún tipo de presión violenta sino al amor. ‘Hazlo por mí’ suele ser sinónimo de ‘hazlo por el amor que me tienes’. Y es que el amor es un motor muy poderoso. Por amor somos capaces de vencer el individualismo, el miedo, la inercia, la pereza, y esforzarnos al máximo en dar mucho más de lo que normalmente hubiéramos dado.

Parecería que por amor podemos darlo todo, pero la realidad es que humanamente hablando solemos poner límites a lo que damos por amor.

Nos limita, por ejemplo, el cálculo acerca de si la otra persona lo merece o lo aprecia; nos limita el resentimiento; nos limita la mezquindad, el miedo a dar demasiado.

Así pues, lamentablemente aun el más grande amor humano se topa tarde o temprano con una barrera tremenda que no lo deja crecer, avanzar, expandirse.

¿Qué hacer ante semejante obstáculo? Echarlo abajo, desde luego. ¿Cómo? Nos lo dice el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 22, 34-40). En él afirma Jesús que “Amar al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente…es el más grande y el primero de los mandamientos” (Mt 22, 37-38).

¿Qué significa esto?, ¿por qué nos manda Jesús amar a Dios con todo nuestro ser? No es, por supuesto, para exigir una especie de pago por habernos creado, y mucho menos por razones de ego, sería un disparate creer eso; nos lo pide porque de ello se obtiene un grandísimo bien, el de romper los límites de nuestra capacidad de amar. Veamos por qué.

En primer lugar cabe establecer que amar a Dios consiste antes que nada en dejarnos amar por Aquel que, como dice San Juan, “nos amó primero” (1Jn 4,19). Abrir nuestro corazón a Su amor y dejar que nos lo inunde tiene dos implicaciones sobre las que vale la pena reflexionar:

1.La primera implicación, es que sólo podemos amar realmente a Dios con el amor con que Él nos ama. Y aquí es oportuno aclarar que amar a Dios no consiste simplemente en ‘sentir amor’ en el sentido de experimentar sentimientos bonitos hacia Él o pensar que lo queremos mucho; ni siquiera consiste en sentir arrebatos místicos o suspirar en medio de palpitaciones y éxtasis. No. El verdadero amor a Dios se manifiesta en vivir cada instante respondiendo amorosamente a esta continua y silenciosa petición Suya: ‘Hazlo por Mí, hazlo todo por Mí’.

En su recomendabilísimo libro ‘Introducción a la Vida Devota’ dice San Francisco de Sales que el verdadero amor a Dios se llama ‘devoción’, y no sólo hermosea nuestra alma, no sólo nos da fuerzas para obrar bien, sino para hacerlo con cuidado, frecuencia, prontitud y alegría.

Quien ama a Dios, quiere hacerlo todo por Él, y traduce ese deseo en vivir su vida cotidiana procurando agradar a Dios en cada cosa, por sencilla e insignificante que sea, ofreciéndole, por amor y con amor, pensamientos, palabras, acciones, alegrías y sufrimientos. El que ama así a Dios descubre que hacer de ese amor su norma de vida llena su alma de una paz y un gozo inigualables.

2. La segunda implicación es que cuando nos abrimos al amor de Dios, somos colmados de una gracia sobrenatural que además de saciar nuestra más honda necesidad, nos permite superar las barreras que limitan nuestro modo de amar y nos hace capaces de cumplir a cabalidad otro mandamiento que menciona Jesús, el de amar al prójimo (ver Mt 22,39).

Queda pues claro que el Evangelio dominical nos está invitando a abrirnos al amor de Dios porque sólo si dejamos que Él nos llene el corazón seremos capaces de despojarnos de egoísmos, tacañerías y resistencias, y amar de veras, sin limitación.

Con información de: Alejandra María Sosa Elízaga

ACN

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