CULTURA RELIGIOSAEN MÉXICOFORMACIÓN RELIGIOSAReflexión. “Caminar sobre las aguas”

ACNagosto 9, 2020

‘¿Cómo es posible que nos pase esto?’, es la pregunta que quizá no se atreven a pronunciar en voz alta pero que muy posiblemente surge en la mente de los discípulos en la escena que narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 14, 22-33).

Dice San Mateo que Jesús hace subir a los discípulos a la barca para dirigirla a la otra orilla, mientras Él busca un tiempo de soledad para orar. .(Cabe abrir un paréntesis para hacer notar la importancia que da Jesús a buscar el silencio y la soledad para dialogar con Su Padre, para hacer oración). Entonces las olas comienzan a sacudir la barca.

Podemos imaginar a algunos de los discípulos preguntándose qué pasa, pensando desconcertados que si van en la barca porque Jesús los ha subido a ella, es lógico esperar que Él se asegure de que su viaje sea tranquilo, no haya mal tiempo y el viento sople siempre a favor, pero sucede lo contrario.

La escena quizá resulta familiar a más de uno. Es muy común que personas de fe que enfrentan dificultades, grandes y pequeñas, se pregunten qué pasa, cómo es posible que les ocurra eso a ellas que están tratando de cumplir la voluntad del Señor; cómo es posible que Él no se encargue de que todo sea miel sobre hojuelas, por qué no todo se les resuelva fácilmente y tienen que vivir circunstancias que las sacuden, que las hacen tambalearse, temblar…

Cuenta San Mateo que en lo más oscuro de la noche de pronto los discípulos ven a Jesús andar sobre el agua, se espantan creyendo que es un fantasma, y dan gritos de terror.

Algo semejante sucede a quienes, por estar en medio de tremendos problemas, son incapaces de captar la presencia del Señor y se creen en poder de fuerzas malignas; y dicen que les ‘cayó el chahuistle’, que les tocó la mala suerte, que necesitan ‘una limpia’; no se dan cuenta de que todo eso no haría sino aumentar la oscuridad en la que están metidos, oscuridad que les impide distinguir a Aquel que nunca los olvida y que viene a ellos siempre que lo necesitan.

Ante el terror de los apóstoles Jesús reacciona de inmediato diciéndoles: “¡No teman. Soy yo!“, una frase infinitamente tranquilizadora que pronuncia también al oído de quien necesita escucharla. No temas, soy Yo, estoy junto a ti; no creas que estas olas que te zarandean te hundirán; no temas, soy Yo, estoy siempre contigo, no te abandono; no temas, soy Yo, capaz de alcanzarte por encima de lo que te estremece, capaz de llenar tu tiniebla con mi Luz.

Impulsivamente, Pedro lo pone a prueba; le dice: “Señor, si eres Tú, mándame ir a Ti caminando sobre el agua“.

Algo así solemos hacer nosotros: “Si de veras eres Tú, si de veras existes, si de veras estás ahí, dame una prueba, dame ahoritita mismo el poder de salir de todo esto que me asusta y me agobia, haz que cese lo que me atormenta’. Jesús le responde: “Ven” y Pedro baja de la barca.

Quizá supone que milagrosamente se abrirá un senderito seco y firme por el que podrá transitar sintiéndose Moisés por el Mar Rojo, pero hete aquí que las olas siguen y se asusta.

Una vez más el error de creer que por cumplir la voluntad del Señor todo se facilitará. No es así. Al contrario, a veces parece que todo se pone peor. El que decide seguir al Señor se ve muchas veces tentado, zangoloteado verdaderamente por circunstancias que amenazan con hundirlo.

¿Qué hacer? Lo que hace Pedro. Él clama: “¡Sálvame, Señor!” y de inmediato Jesús le tiende la mano y lo sostiene.

Igual que hace con nosotros. Conmueve que no lo deja tragar ni un buchecito de agua para darle una lección por desconfiado, no. Se compadece de su debilidad, de su temor, y lo rescata. Ya después le reprocha su falta de fe, cuando Pedro se siente a salvo y puede reflexionar en lo sucedido y darse cuenta de que en realidad no tenía motivos para dudar.

Ay, ¡cuántas veces en nuestra vida el Señor nos plantea la misma pregunta!: “¿Por qué dudaste?”, ¿por qué te desesperaste creyendo que te había abandonado?, ¿por que durante aquello que te sucedió creíste que no estaba a tu lado, que me había desentendido de ti, incluso que no me importaba verte padecer? ¿Por qué dudaste?

Cuando Jesús y Pedro suben a la barca se calma el viento y todos se postran ante el Señor, reconociéndolo como Hijo de Dios. Claro, estando el mar sereno eso es fácil; ojalá lo hubieran hecho mientras los sacudían las olas: hubieran experimentado entonces la bonanza de ahora, la paz interior de saberse cobijados bajo la mirada y la presencia amorosa del Señor; hubieran vivido el milagro que experimenta quien logra mantener firme la fe en el Señor aun en medio de las más amenazadoras circunstancias: no tener nada que temer, sabiendo que te llama Aquel gracias al cual no importa qué tan grandes o violentas sean las olas que te embisten: tienes Su gracia para poder caminar sobre las aguas…

Con información de Ediciones 72/Alejandra María Elízaga

ACN

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